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Màrius Torres

Visat núm. 2
(octubre 2006)
por Margarida Prats Ripoll
El 29 de diciembre de 1942 murió Màrius Torres, médico enfermo, melómano y buen lector, en el sanatorio para tuberculosos de Puig d’Olena. Hacía siete años que había sido ingresado, justo cuando empezaba su labor como profesional de la medicina en la ciudad de Lleida, donde había nacido el 30 de agosto de 1910. Aunque ya había empezado a escribir poemas durante su adolescencia, fue a lo largo de esos seis años de aislamiento en el sanatorio cuando fue tomando consciencia de que él era "esa cosa absurda, un poeta lírico" y escribió la mayor parte de su obra poética, que dejó preparada para su publicación.

La escritura de esa obra coincide con una etapa vital del poeta repleta de cambios personales y sociales que llevaron a Màrius Torres a comenzar de nuevo la aventura de vivir. Dejó atrás la profesión médica y su hogar familiar de Lleida y, desde el sanatorio de Puig d’Olena, fue un testimonio pasivo y angustiado de la Guerra Civil; tuvo que vivir la separación de la familia y de muchas amistades que tuvieron que emprender el camino del exilio, y vio cómo se trastocaba el sistema de valores ―nacionalistas, republicanos y democráticos― en el que había sido educado. Sin embargo, la obra que nace de esa experiencia no es tenebrosa ni pesimista, sino luminosa como el alba de abril y clara como un atardecer de octubre.

Màrius Torres sabe transformar el documento vital en una obra de arte, donde la fragua humana de vivencias queda destilada de todos los rasgos particulares. En esa destilación, el poeta revela el trazo de quién ha hecho suyos esos rasgos de la tradición literaria que, más allá de modas y de "ismos", conjuntan con el propósito de sus poemas y donde muestra sus habilidades artísticas: sabe encontrar la palabra adecuada, la estrofa correspondiente, la imagen más sugerente. Y así consigue crear una obra donde se superpone sensación y memoria, idea y sentimiento, con un tono de confesión, a media voz; el mismo tono en el que se hacen las confidencias y los secretos, sin retóricas vacías.

La voz del poeta fluye melodiosa y, a partir de un ritmo que se nos lleva como la música de Mozart, nos acerca a temas como el eterno ciclo de la naturaleza, donde se entrelazan la vida y la muerte; la soledad de los humanos, por muy acompañados que estén; el amor y la amistad, los recuerdos y la voluntad de sobrevivir como un miembro de un pueblo ante las maldades históricas.

Màrius Torres ha sido, junto con Bartomeu Roselló-Pòrcel, ambos muertos de tuberculosis en plena juventud, uno de los mitos de la poesía catalana de la segunda mitad del siglo XX. La buena recepción de su obra ―ha sido incluido en la mayoría de antologías, se le ha tenido en cuenta en la selección de obras representativas del siglo XX, se le ha dado noticia en las historias de literatura y en los estudios sobre poesía y ha sido valorado como una de las voces más representativas de las tierras de poniente― no siempre ha ido acompañada de un reconocimiento sin recelos sobre su valor literario.

La muerte del poeta tuvo lugar en uno de los periodos más oscuros de la historia del país, el de la "Cataluña española", un tiempo en el que el uso de la lengua catalana quedaba reducido al ámbito familiar. A pesar de que su obra fue inédita durante cinco años, después de los cuáles fue publicada en Méjico por su amigo Joan Sales, una parte de sus poemas habían sido leídos y valorados, gracias al trabajo de difusión del padre del poeta, en el núcleo de exiliados en Prada de Conflent y Montpellier, entre los que se encontraban Pompeu Fabra, Pau Casals, Carles Riba, Clementina Arderiu y Antoni Rovira i Virgili.

En 1950 su obra poética fue publicada dentro de la colección de poesía más emblemática de la posguerra: "Els Llibres de l’Óssa Menor", y algunos de sus poemas como "Dolç àngel de la Mort..." y "La ciutat llunyana" forman parte de la mayoría de antologías de poesía catalana. Su obra penetró en Cataluña de la mano del grupo de Quaderns de l’Exili, que la utilizó como bandera y la introdujo en el escultismo.

La recepción de la obra poética de Màrius Torres ha sido sometida a altibajos desde el inicio de la posguerra hasta principios del nuevo milenio. El paso de los años permite observar, por un lado, el mantenimiento de unas constantes en la valoración de la obra, como la musicalidad de los versos, la nobleza de la lengua, el tono de confesión, una profunda espiritualidad, interpretada por las diferentes idiosincrasias propias de cada lector, y un arraizado sentido cívico. Por otro lado, el decurso temporal muestra un avance lento en su valoración literaria y la coexistencia de lecturas que subrayan la calidad lírica de la obra, junto con otras que revelan diversas reservas sobre esa calidad, de las que la mayor parte han ido evolucionando con el paso de los años hacia valoraciones más positivas.

En ese sentido, es emblemático el proceso lector de Joan Triadú. Este crítico ha pasado de valorar a Torres como un poeta en formación, "peligrosamente retórico, pero de noble contenido", en la antología de 1951, a considerarlo como la adquisición poética más importante del periodo 1939-1950, después de J. V. Foix, en la antología de 1963, y a situar su obra "en en lugar irreductible de la poesía catalana del siglo XX", cincuenta años después de la muerte del poeta de Lleida.

La vigencia de esa obra no caduca, sino que, como los metales preciosos, se revaloriza con el tiempo. La aventura de adentrarse en la obra poética de Màrius Torres ofrece muchas gratificaciones a los lectores: los poemas desvelan aquello que antes no era visible, nos invitan a compartir sentimientos que no habíamos experimentado, nos muestran una visión emotiva de la naturaleza: cuando habla de las nubes, habla de "somnis d’aigua" (sueños del agua), y cuando se refiere al viaje transoceánico de las golondrinas, nos dice que llegarán "xopes de blau" (caladas de azul). "J’aimerais tant arriver à être un poète qu’un autre siècle pût lire avec plaisir!", escribió Màrius Torres a su amigo y editor Joan Sales, en la posguerra inmediata, cuando la lengua catalana estaba prohibida incluso en la correspondencia privada. A principios del siglo XXI, no parece atrevido afirmar que se ha cumplido el anhelo del poeta; porque leer, hoy, a Màrius Torres permite vivir una aventura literaria y humana que no deja indiferente.


[Véase la obra de Màrius Torres traducida a otras lenguas en el apartado de bibliografía]

Traducido por Úrsula Fontana
Màrius Torres
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