Facebook Twitter

Llibre dels fets

por Stefano Maria Cingolani
El Llibre dels fets (Libro de los hechos) del rey Jaime I es una crónica bastante excepcional. Pese a haber sido enmarcada en el proceso de difusión de la cultura literaria entre los laicos, fenómeno característico del siglo XIII, y aunque se hayan destacado otras obras historiográficas escritas por laicos y nobles, el Llibre dels fets es un producto totalmente único. Tal unicidad, acompañada por un cierto desconocimiento de la producción historiográfica medieval, lo ha llevado a ser considerado como muy alejado de una crónica o unas memorias, una autobiografía o algo indefinible; e incluso, en épocas no muy remotas, se había llegado a dudar sobre la autoría del rey.

Muy posiblemente es en Valencia, hacia la primavera de 1270, donde el rey Jaime empieza a dictar el Llibre dels fets, en un momento de relativa tranquilidad, aunque de muchas dudas, debido al fracasado intento de cruzada del septiembre del año anterior. El rey tiene sesenta y ocho años y siente que ha llegado el momento de hacer balance de su vida. No pudo ser fácil revivir tantos años de luz y sombras y darles una forma y, sobretodo, un sentido. A lo largo de gran parte de su vida, el rey había meditado sobre quién era y había buscado su lugar en la historia de su propia persona y la de sus familias: la condal barcelonesa y la real aragonesa. Ahora quería entregar al futuro el producto de sus meditaciones sobre el pasado y el presente.

Cuando el rey empezó a dictar el libro solo tenía la ayuda de su memoria —la suya y la de quien le acompañaba— y de la documentación. La rememoración de los acontecimientos significaba revivirlos con el sentido que habían ido adquiriendo con el paso de los años, según la interpretación que el rey les había dado respecto al valor que habían tenido para su vida. La empresa de Mallorca marcó un punto de inflexión importantísimo en la percepción de sí mismo. Los hechos se convierten en palabra escrita, de acuerdo con la interpretación que decidió darles al final de su vida, de acuerdo con la imagen de héroe providencial que había ido elaborando de sí mismo.

El abrumador fracaso de tentativa de cruzada del año 1269 le había hecho reflexionar sobre quién era. No obstante, ahora intentaba hacer un balance global del significado de su vida, y no solamente, como años antes, descubrir la seguridad en sí mismo en las dificultades y frustraciones y la increíble energía mostrada a lo largo de los primeros dificilísimos veinte años de su vida. Además, hubo otro acontecimiento, que tuvo lugar justamente en aquellos años, que lo empujó a la reconsideración existencial y a plantearse de verdad la necesidad de ponerlo todo por escrito, para que sus sucesores y los hombres del futuro supieran quién era y qué había conseguido. Es más que probable que entre 1266 y 1268 leyera (y quizás encargara) dos crónicas: la versión catalana de las obras de Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, y la traducción al catalán de las Gestes dels comtes de Barcelona i reis d’Aragó. No le satisficieron ni la una ni la otra, afirmó. Además, según la ideología castellana del arzobispo, los monarcas de Castilla y León eran los únicos legítimos herederos de la Hispania que habían unificado los godos y tanto los reyes de Aragón como los condes de Barcelona tenían, según el arzobispo, un papel tan solo secundario y marginal. Tampoco en la crónica condal, pese a resaltar la antigüedad de la sangre de su linaje, el rey no estaba satisfecho con el relatos de sus empresas y de la importancia de su persona, ya que en pocas líneas (además, copiadas de Rodrigo) se mencionaban brevemente sus conquistas.

Ello no era suficiente para satisfacer la conciencia casi obsesiva de la importancia que el rey debía tener. Tenía que remediarlo y el único modo de hacerlo era que él mismo dictara el relato de su historia. Sólo de esta manera podía estar seguro de que las cosas se dijeran como él las pensaba y las sentía. Escribir un libro de historia conllevaba, de todos modos, hacer una síntesis, escoger qué decir y qué no, y encontrar una manera de contar los hechos y a sí mismo, hallar una conexión entre ellos y un modelo que le proporcionara el lenguaje para expresar de la manera más adecuada lo que sentía que representaba. Tenía que intervenir en la cadena de hechos y de recuerdos para ligarlos y darles sentido. Aquí aparece la Providencia, la voluntad del Señor, pero no en el sentido que siempre se ha aducido, el de un hombre religioso que se inclina a una voluntad superior i sigue sus mandamientos, porque así lo quieren la fe y la interpretación cristiana de la historia. La Providencia es la justificación a posteriori, la única manera de dar un sentido a una cadena de acontecimientos que, en principio, podían parecer inesperados, y la mejor manera para atribuirse un carisma superior. Ser bendecido por Dios, pero no con la humildad de un monje o un feligrés, sino con la altivez de un rey que veía en esta bendición el legítimo reconocimiento de su superioridad. Además, debía encontrarse un momento significativo que sirviera de punto de arranque. La larga y continúa meditación sobre sí mismo y sobre sus familias no debían hacérselo difícil. Él era, por herencia, rey de Aragón y conde de Barcelona, así que, evidentemente, debía empezarse por el primer conde rey, Alfonso I de Cataluña-Aragón, apodado el Casto, su abuelo, a quien se había ido aproximando tanto que había decidido ser enterrado a su lado en el monasterio de Poblet.

Su azaroso nacimiento se convirtió en la señal de su excepcionalidad, ya que tan solo los héroes tienen el privilegio de llegar al mundo en condiciones tan especiales. Fue voluntad de Dios y un hecho maravilloso. Jaime I, en los últimos años de su vida había empezado a creer de verdad en esa imagen de ser del destino, salvador, recreador, mesías de la nueva Corona de Catalunya-Aragón. Esta actitud le comportó muchos problemas en las relaciones con su hijo, el futuro Pedro el Grande, dotado de una personalidad tan fuerte y resuelta, tan seguro de sí mismo como para provocar celos y recelos en su padre. Todo aquello debía plasmarse en la narración. Y su cultura, juntamente con su imaginación, tan solo le proporcionaban un modelo del cual sacar el lenguaje para expresarse: Jesús. De ahí el relato de la presentación a las iglesias de Montpellier donde le acogen cantando el «Te Deum laudamus» y el «Benedictus Dominus Deus Israel», de evidentes implicaciones mesiánicas; de ahí la tría del nombre que hace la madre mediante las Sortes Apostolorum y el hecho de que se llamara como el apóstol de España, pese a que su padre le había llamado Pedro, como él; los parecidos que en más de una ocasión algunos obispos hacen entre él y Jesús; o, finalmente, el poético episodio de la golondrina que había hecho el nido en su tienda, de hecho una alusión simbólica al Libro de los Salmos, donde la tienda es símbolo de la casa de Dios, que, como él, protege a su súbditos.

Todos estos elementos forjaron un mito, mito que el rey quiso construir él mismo para poder estar seguro de la forma y del resultado sin esperar a la sentencia de los descendientes. La narración del Llibre dels fets es dirigida, ante todo con la finalidad de ilustrar el proceso de construcción de su personalidad y de dejar memoria de sus éxitos como rey militar y conquistador, astuto y hábil, incansable y protegido por Dios. En esta lógica narrativa, adquiere sentido el relato de los años de juventud (a menudo marcados por las frustraciones personales y políticas), con el logro final de la autoridad y del poder por encima de la nobleza rebelde, prólogo necesario a la primera conquista, la de Mallorca. Y también, según esta misma lógica, tenemos que interpretar el resto de la narración, centrada sobre todo en las actividades militares: conquista de Valencia y represión de las revueltas musulmanas; conquista de Murcia; proyecto de cruzada y lucha final contra su hijo ilegítimo rebelde Fernando Sanchís, la nobleza catalanoaragonesa y los musulmanes valencianos. No caben, en cambio, su importantísima actividad legislativa ni su vida familiar.

Traducido por Glòria Domènech
Comentarios sobre la obra
Llibre dels fets
por Stefano Maria Cingolani
Fragmentos
Llibre dels fets del rei En Jaume
Català | Català modern (Bruguera) | Català modern (Pujol) | English | Italiano | Japonès | Português
Bibliografía
Otros
Buscador de autores
A-B-C-D - E-F-G - H - I
J - K - L - M - N - O - P - Q - R
S-T-U-V-W-X-Y-Z
Traducciones de la literatura catalana
Pueden consultar más páginas sobre la literatura catalana en traducción en:
Con el soporte de: