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Guadalajara

Quim Monzó
La literatura
Teclea la última frase con una mezcla de excitación y desconcierto. Es la primera de sus novelas en la que hay, al final, una muerte. El hecho es notable porque, precisamente, la ausencia de muertos en sus libros había sido una constante deliberada, un rechazo de la solución fácil en que caen tantos escritores cuando no saben cómo elevar el tono dramático. Ahora, por primera vez y empujado por la lógica de la narración, se ha visto obligado a alterar esa constante y matar al protagonista. Arranca la hoja de la máquina, la coloca detrás de todas las demás y relee el principio de la novela: «Aquel mediodía, mientras ponía la mesa, el hombre tumbó el salero sin querer y la sal cayó sobre el mantel. Esto le aterró.»
El escritor tiene un contrato con una editorial para escribir una novela al año. Hace diecisiete años que lo firmó y, metódicamente, cada mes de enero entrega la nueva novela al editor. Ha publicado, pues, dieciséis novelas. Escribir una novela no le parece nada especialmente difícil y se burla por sistema de los escritores que tardan diez años en hacer una. A veces queda más satisfecho de ellas; a veces menos. A veces la historia le sale fluida, se apasiona con ella, la escribe casi de un tirón y la corrige con placer. Otras veces la historia es forzada, la escribe como si fuese un castigo (porque, por contrato, tiene que acabarla sea como sea antes de que pase el año) y la corrige poco y sin ganas. Da igual: nadie se queja cuando le sale floja. La exigencia de calidad en su país es mínima, algo tan sabido que incluso sus mismos habitantes se burlan. La constancia, pues, le permite vivir, precariamente pero sin tenerse que levantar a las ocho de la mañana. Lo único que le ruega a ese Dios en quien no cree es no tener nunca un bloqueo ante la página en blanco. No se lo podría permitir.
El día de la presentación del libro, el editor le da una buena noticia: tienen que reeditar su primera novela en una colección nueva; si quiere, como hay que componerla entera, puede releerla e introducirle cambios si cree que los necesita. La relee. Ha escrito tantas novelas que había olvidado el argumento exacto de aquella primera, y sólo recordaba de ella, de manera brumosa, algunos personajes. Sabía que trataba sobre un escritor que escribe una novela, tiene un cierto éxito y esto le permite publicar una segunda al año siguiente y una tercera al otro. Pero cuando la lee de cabo a rabo se queda asustado. El argumento y los personajes presagian detalles concretos y exactos de su vida, sucedidos meses o años después de la publicación. Al cabo de dieciséis años, puede identificar exactamente a aquel personaje secundario del que se enamoraba la mujer del protagonista. Porque, poco después de haber publicado aquella primera novela, conoció a un personaje igual, y la mujer que se enamoró de él fue la suya. Y la lucha del protagonista contra la presión ambiental es la lucha que él mismo tuvo que mantener contra la presión ambiental que recibió a partir de aquel primer éxito.
Picado por la curiosidad, lee sus demás novelas, una tras otra, por orden de redacción y publicación. Las predicciones se repiten. Reconoce en ellas personas, sensaciones, alegrías, fracasos, redactados siempre con meses de antelación. Ve su vida entera predicha, libro a libro. Presagió los hechos, las circunstancias, las mujeres, los dramas, las alegrías. La omnipotencia del personaje de Verde jara presagia su omnipotencia, poco más tarde. La angustia del protagonista de Pura tierra mojada es el anuncio de la que él sufrió poco después. Y la conciencia del fracaso del músico de Todo el fuego de su gran sol es la suya, al cabo de unos meses. También reconoce en ellas a personas concretas. La mujer de Potros en la estacada es Lluïsa, a quien conoció justo el día en que presentaba el libro. Teresa sale retratada, con precisión fotográfica, en El alma, pero en el momento de escribirla ni la conocía. Sistemáticamente, ha previsto y escrito lo que había de pasarle meses más tarde.
Cuando finalmente le llega el turno al último libro, aquel que acaba de publicar hace unos días, que el protagonista muera lo asusta. Deja el libro encima del escritorio, va a la cocina, busca un bote de estofado precocinado, lo abre, lo vacía en un recipiente y lo coloca en el microondas. En el libro no sabe reconocer ni personajes ni hechos. Por un lado, es evidente que aún no han pasado suficientes meses para que lo que ahí está escrito se haga realidad. Pero, por otro lado, que no reconozca absolutamente nada le hace concebir esperanzas: si también ha de ser una predicción, alguno de los hechos narrados ya se tendría que haber producido. Que no sea así puede indicar que quizá con aquella novela no pasará lo mismo que con las demás. Al fin y al cabo, ninguna ley certifica que la norma tenga que cumplirse eternamente. Piensa todo eso mientras pone la mesa; se da cuenta e intenta evitar lo inevitable.
Traducido por Javier Cercas
Quim Monzó, La literatura. Barcelona: Anagrama, 1997.
Quim Monzó
Comentarios sobre la obra
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Fragmentos
Gasolina
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Mi hermano
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El porqué de las cosas
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La literatura
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Vida matrimonial
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