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Antígona

Antígona

CREONTE. —Sabías que te destiné a mi hijo y, en cambio, me obligas a librarte a la muerte. ¡Con qué dolor! Si quisieras comprenderlo, ¡con qué intenso, profundísimo dolor! Pero esta fue tu extraña elección, y así será.

TIRESIAS. —¿No notas la helada reprobación que te rodea, rey? Alguien ha dicho ya que tu consejo perdió a la antigua dinastía, desde ahora todos dirán que tu ley hundirá a Tebas.

EURÍDICE. —Compadécete de Antígona.

ISMENE. —Ten lástima de nosotros.

(Creonte, preocupado, vacila.)

CREONTE. —(A los consejeros.) ¿Qué me aconsejáis?

EL LÚCIDO CONSEJERO. —(A su amigo.) No diré lo que pienso y te recomiendo que hagas lo mismo. Los demás sancionarán la condena de Antígona.

CREONTE. —(De nuevo a los consejeros.) ¿Qué aconsejáis? Os exijo una clara respuesta.

CONSEJERO 1º. —Compadezco a Antígona y su suerte, pero no puedes eximir a nadie de las leyes.

CONSEJERO 4º. —Honra la voluntad de los caídos por Tebas.

CONSEJERO 2º. —No salvarás a esta mujer.

CONSEJERO 3º. —No puedes ser misericordioso con aquel que dirige contra ti a los partidarios de Polinices.

ANTÍGONA. —(Con un gran grito.) Sólo tú te atreverías a acusarme de este crimen, del cual sabes que soy inocente. Mi sangre me ordenó arrancar a aquel cuerpo de la profanación, pero no perturbaré esta paz de Tebas, tan necesaria. (A Tiresias.) Que no se cumplan tus predilecciones. (A los consejeros en general.) Calmad al pueblo, que vuelva a sus casas, que cada uno vuelva tranquilo a su hogar. No sé si muero con justicia, pero sé que muero con alegría. Privada de la luz, en una lenta espera, recordaré la ciudad hasta el último momento. Recordaré las calles, la fuente, los campos, el río, este cielo. Que la maldición acabe conmigo y que el pueblo olvide lo que le divide y pueda trabajar. Que el pueblo pueda trabajar, y ojalá que tú, rey, y todos vosotros lo queráis así y lo sepáis servir. (Antígona calla y comienza a encaminarse con Eumolpo, rodeada de guardias, a su destino. Detrás, Creonte sale, al frente de todos los demás personajes. Quedan rezagados el lúcido consejero y su amigo.)

Traducido por Ricard Salvat
, Antígona. Primer Acto. [Madrid], núm. 60 (gener 1965), p. 27-37.
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