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A la Toscana

Sergi Belbel
En la Toscana

ESCENA 3

SANTI: Perdona, te he cortado el rollo. No lo puedo evitar. ¿Quieres saber lo que pienso?: la muerte y el dolor son cosas indisolubles. Como las dos caras de una moneda. No hay muerte sin dolor, propio o ajeno. E, inversamente, no hay dolor auténtico sin la amenaza de la muerte tras él. Por lo tanto es absurdo que te preguntes qué da más miedo, si una cosa o la otra, porque son la misma. Y, perdona, pero decir que quieres morirte en un momento de felicidad extrema me parece una auténtica gilipollez.
MARC: Me da igual. Pensé que me quería morir.
SANTI: “Pensé que me quería morir”. Pero ahora estás aquí.
MARC: Por desgracia.
SANTI: Pues haberte matado.
MARC: ¿Y si lo hubiera hecho? (Pausa.) No me crees capaz, ¿verdad?
SANTI: No. (Pausa.) Ni de hacerlo, ni de pensarlo, ni de decirlo.
MARC: Pues... pensarlo, lo pensé. En la Toscana, hace apenas una semana. Decirlo, también. Te lo acabo de decir ahora, a ti. Sólo me falta hacerlo.
SANTI: Oye, Marc, ¿te pasó algo, allí?
MARC: Sólo me falta hacerlo.
SANTI: ¡...O no!
MARC: Y ese no es el dilema.
SANTI: ¿Ah, no? Entonces, ¿cuál es el dilema?
MARC: El dilema es... “¿Hay dilema o no?” Porque, pensándolo bien... ¿no crees que siempre es más fuerte la vida que ese... “conglomerado” de muerte y dolor?
SANTI: No sé a qué te refieres...
MARC: Todos hemos visto enfermos terminales. Tú más que yo, seguramente. Algunos pierden más la conciencia que otros. Pero todos ellos tienen asumido el qué. Y sólo piden que el cómo sea lo menos violento posible. Y, en la mayoría de los casos, lo más tarde posible. Para hablar de lo que sienten realmente, utilizan metáforas: “dame un sorbito de agua, por favor”, significa “no te vayas todavía, quédate un ratito más conmigo, me gusta tu compañía y ayúdame a pasar lo inevitable con calma y sosiego, y debes hacerlo porque dentro de pocos días dejarás de verme y de tocarme.” Y tú coges el vasito de plástico y miras al moribundo a los ojos y le ayudas a dar dos o tres sorbitos de agua mientras lees en su mirada esas palabras que sus labios no se han atrevido a pronunciar, y te quedas con él unos minutos más, y justo en el momento en que te despides del que está a punto de morirse, te dice: “te quiero mucho”, y caes en la cuenta de que no te lo había dicho jamás, y aún menos con esa simplicidad, con esa contundencia. El “te quiero” que pronuncia un moribundo es la metáfora más absurda y perversa que existe. “Yo te quiero” significa “no quiero morirme”. Y nada más. Ni te quiere ni nada. Sólo necesita saber que no vas a olvidarle. Quiere que al salir de la habitación, te lleves una parte de él en tu mente. Y tú te la llevas. Porque incluso años después, aún perdura en tu cabeza la imagen de sus ojos clavándose en los tuyos mientras se deleitaba sorbiendo cuatro gotitas de agua en un vaso de plástico. Y esa mirada no la olvidarás jamás. Cuando buscas en tu cerebro, las partículas que forman aquella imagen se juntan y aquella persona, de pronto, revive. (Pausa.) Por lo menos, su mirada sigue viva en tu mente. (Pausa.) Por eso no hay dilema. La vida siempre gana.

Traducido por Sergi Belbel
Sergi Belbel, En la Toscana. Traducció de Sergi Belbel. Madrid: Fundación Autor, 2008, p. 10-12.
Fragmentos
En la Toscana
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Caricias
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Después de la lluvia
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Forasteros
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La sangre
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