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Barcelona, mapa d'ombres

Lluïsa Cunillé
Barcelona, mapa de sombras

ÉL – Yo también quiero darte algo. (Saca una cosa del cajón de la mesita y se la da a Ella) Es una guía de Barcelona, un poco antigua sin embargo. Uno de los primeros empleos que tuve fue ayudar a confeccionar esta guía; yo y otros como yo íbamos por toda Barcelona señalando las calles que había entonces. No era fácil, porque había muchas barracas y algunas calles no se sabía si lo eran en realidad, y la gente a veces nos tiraba piedras.

Pausa.

ELLA – ¿Por qué está toda rayada?

ÉL – La rayé luego. Un verano que hacía mucho calor y trabajaba cobrando recibos de la luz, marqué aquí todas las aceras donde daba la sombra. Los números de arriba son las diferentes horas del día, porque las sombras se mueven con el sol, nunca están quietas.

ELLA – ¿Y por qué lo hiciste?

ÉL – Pensé que el verano siguiente con la guía iría más rápido y no pasaría tanto calor, pero no me sirvió de mucho, porque enseguida entré a trabajar en el Liceo.

Pausa.

ELLA – Es como un gran mapa de sombras.

ÉL – Sí, se podría llamar así. Te la quería enseñar hace tiempo, pero se me olvidó. (Pausa) El Paseo de Gracia no está.

ELLA – Sí, ya lo he visto.

ÉL – Arranqué todas las hojas donde salía.

Pausa larga.

ELLA – ¿Qué pasa?

ÉL – De repente me ha parecido extraño verte así.

ELLA – ¿Y antes no?

ÉL – No.

ELLA – La verdad es que esta ropa da un poco de calor.

ÉL – A mí me aprietan los zapatos. (Se los quita)

ELLA – Mañana los llevaré al zapatero.

ÉL – El zapatero ha cerrado.

ELLA – Pues iré a otro.

ÉL – ¿Sabías que mi abuelo era zapatero?

ELLA – Sí, ya me lo dijiste.

ÉL – ¿Y sabes cómo murió?

ELLA – ¿Cómo?

ÉL – Abrasado.

ELLA – ¿Abrasado?

ÉL – Una noche, mientras dormía en la cama junto a mi abuela, empezó a arder.

ELLA – ¿Qué quieres decir?

ÉL – Su cuerpo se encendió solo. Se llama combustión espontánea.

ELLA – Eso es imposible. Nadie empieza a arder así de repente.

ÉL – Estaba aún más gordo que yo, y también bebía.

ELLA – Tú hace mucho que no bebes y no estás tan gordo. Además, es imposible que nadie empiece a arder así de repente.

ÉL – Sí que es posible. Yo sé cómo se hace.

ELLA – ¿El qué…?

ÉL – Cómo quemar algo sin encenderlo. Puedo prenderle fuego a las cosas si quiero.

ELLA – ¿Tú?

ÉL – Sí.

ELLA – ¿Cómo?

ÉL – Con el pensamiento.

ELLA – ¿Con el pensamiento?

ÉL – ¿Ves ese pañuelo de papel? (Hay un pañuelo arrugado sobre la mesita) Hace ya un rato que lo pienso, que pienso que se calienta hasta que llegará un momento que empiece a arder.

ELLA – ¿Hablas en serio?

ÉL – Sí. (Ella mira el pañuelo y se dispone a tocarlo) ¡No lo toques!

Pausa.

ELLA – No parece que arda de momento.

ÉL – Cuesta un poco, porque está húmedo y no tengo práctica, hace mucho tiempo que no lo hago.

ELLA – ¿Y has quemado algo de ese modo?

ÉL – Sí.

ELLA – ¿Qué?

ÉL – Al principio quemaba cosas pequeñas como el pañuelo, hasta que un día quise probar algo más grande, entonces me asusté y ya no lo hice más.

ELLA – ¿Qué es lo que quemaste?

ÉL – El Liceo.

ELLA – ¿Qué?

ÉL – Yo quemé el Liceo.

 

 

 

Traducido por Lluïsa Cunillé
Lluïsa Cunillé, Barcelona, mapa de sombras. Madrid: Autor, 2007
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