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Aloma

Mercè Rodoreda
Aloma (Español)

Miró la casa de Coral desde el otro lado de la calle: los balcones con una bola dorada en cada punta; los visillos, tan blancos. En cuanto hubo entrado en el portal le dieron ganas de volverse. Le había costado mucho decidirse, pero no vivía tranquila pensando en aquella tarde en la que su hermano había llegado a casa tan enfermo. Las lámparas en forma de flor colgadas de las paredes del vestíbulo, la alfombra roja y mullida que subía escaleras arriba, la cohibían. Tenía la sensación de que lo que venía a pedir era absurdo.

Le dio reparo coger el ascensor. «Esta escalera —pensó— Juan debe sabérsela de memoria.» Se apartó para ceder el paso a una señora, alta, muy bien vestida, que bajaba despacio y hablando sola. En el rellano del principal se detuvo. Apenas si el corazón le latía. Alguien subía tras ella. Miró por entre los hierros de la barandilla y no vio a nadie. Cuando llegó al primer piso no supo a qué puerta debía llamar. Escogió la segunda. El timbre sonó muy lejos y Aloma pensó que cuando tendría a Coral frente a ella no sabría qué decirle.

Notó que alguien se había detenido a su lado. Le miró con el rabillo del ojo: era un joven. Del interior del piso no notaba el más ligero ruido. Aquella presencia mejor la molestaba y empezaba a angustiarle. Volvió a llamar. Era indudable que aquel joven también iba a ver a Coral, y esto lo explica todo. Coral no estaría para recibida, era tiempo perdido. Sin pensarlo más, se dio la vuelta para marcharse.

—Si quiere entrar...

La miraba sonriendo.

—Me parece que no hay nadie.

Al ver la sorpresa de Aloma se echó a reír.

—Me habré equivocado de puerta.

—Me gustaría que no se hubiese equivocado.

—Busco el piso de una conocida mía que se llama Coral.

—No, no se ha equivocado. Vive aquí. La esperaremos juntos, ¿no le parece?

Sacó una llave del bolsillo, la puso en la cerradura y abrió.

—Entre.

La luz del recibimiento era tan fuerte que, después de la media luz de la escalera, le hirió la vista. La cabeza le daba vueltas. Apretó los dientes y, retrocediendo, se acercó a la pared y se apoyó con las manos. El aire estaba saturado de perfume. El joven se quitó el abrigo y el sombrero y los colgó como si fuese la cosa más natural del mundo entrar en un piso con una chica a la que no conocía. Se le puso delante y la examinó de pies a cabeza.

—Me parece que tengo la obligación de presentarme: me llamo Joaquín

La mirada se le había puesto tierna, y Aloma, todavía apoyada en la pared, empezó a azorarse. Pero aquel muchacho tenía cara de buena persona.

—Me ha sucedido una cosa muy curiosa: en cuanto la vi entrar no sé por qué, me recordó a Margarita... ¿Sabe a quién me refiero? «Dame la mano para que me convenza de que no eres un sueño.» Y cambiando el tono de voz, añadió: «Puesto que Coral no puede tardar, le enseñaré el piso; desde este momento está usted en su casa..., si es que no le doy miedo... Usted delante.»

Aloma echó a andar por el pasillo, se detuvo un momento ante una ventana que daba a un patio y entró en el comedor, inundado de sol. En el suelo había una alfombra morada de dos dedos de espesor; en el antepecho del ventanal una serie de tiestos bien alineados con flores también moradas. La lámpara de cristal parecía una piña. El muchacho pasó la mano por encima de las flores. Luego se volvió y preguntó a Aloma:

—¿De quién lleva luto?

Aloma había permanecido al lado de la mesa. La pregunta le sorprendió, pero dijo en voz baja:

—De un niño.

—¿Suyo?

—No.

—¿Le quería mucho...? ¡Oh!, perdón… Y usted, ¿cómo se llama?

—Aloma.

—No puede ser.

—¿Por qué no?

Estuvo un rato mirándola y, por último, dijo:

—¿Le gustan las flores?

—Sí —contestó Aloma, un tanto forzada.

—Sí, ¿qué?

—Que me gustan las flores.

—¿Todas?

—Todas.

—Si me da usted sus señas, haré que mañana le manden algunas.

Traducido por J. F. Vidal Jové
Mercè Rodoreda, Aloma (Español). Madrid: Al-Borak, 1971, 145 - 148.
Mercè Rodoreda, fotògraf desconegut, 1980 (AHCB-AF)
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