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El carrer de les Camèlies

La calle de las camelias

Un día le conté a Paulina que hacía mucho tiempo había visto un caballo con la piel de una anca abierta y con la carne viva comida por un enjambre de moscas. Y que me acordaba porque aquel caballo tenía los ojos tristes. Ella me dijo que nunca se había fijado en los ojos de los caballos, aunque sí en los de las personas, y que si las mujeres no se pintasen todas tendrían los ojos mortecinos. Dijo que un día nos los pintaríamos nosotras y saldríamos a pasear con los ojos bien pintados. Para gustar.

Así lo hicimos un día que la señora Magdalena fue a casa del dentista porque la raíz de un diente le crecía y se le iba metiendo en el paladar. Nos fuimos al cobertizo con un tapón de corcho y una caja de cerillas. Paulina cortó una tira de corcho, le sacó punta como si se tratase de un lápiz, y yo le acerqué una cerilla encendida y quemé todo un lado del corcho. Luego pasamos el lápiz por el tizne, nos pintamos los ojos y nos pusimos las cejas más gruesas. Cuando salimos a la calle, los ojos me estorbaban. Fuimos calle abajo y el corazón me saltaba en el pecho sólo de pensar en la cara que pondría la primera persona que nos viese con aquellos ojos de señora. Fue un hombre que tenía una pierna natural y otra de madera, y pasó por nuestro lado sin miramos siquiera. Luego cruzaron dos señoras cargadas con cestas y una señora muy vieja a la que acompañaba otra más joven: no advirtieron tampoco nuestra presencia. Pero un muchacho, que debía de ser estudiante ya que llevaba un fajo de libros bajo el brazo, se nos paró delante y nos dijo que teníamos que lavarnos la cara. Paulina le dio un empujón tan violento, que los libros se le cayeron por tierra. Subimos por la calle de Verdi, corriendo y gritando, cogidas de las manos. En la entrada de la calle de las Camelias, un niño jugaba haciendo un montón de fango: cogí un puñado y lo estampé en la pared de la señora Rius.

Me acuerdo muy bien de todo esto y lo cuento porque fue el día en que volví a ver a Eusebio. Después de tantos años. Me estaba comiendo una manzana que me había dado Paulina, y de pronto oí un silbido al pie de la verja. El jardín se convirtió en un remolino de ramas y hojas y desde muy lejos me llegó toda una oleada de recuerdos: la rueda, los cohetes, las finas agujas de los pinos esparcidas por el suelo y las bolas de cristal listadas de claro y oscuro rodando por un atajo lleno de piedras y polvo. Hacía dos años que había terminado la guerra y Eusebio, al pie de la verja, alto y delgado, con la camisa desabrochada y el pelo mal cortado, con un rizo sobre la frente, era ya un hombre. Volví la cabeza y me acerqué a la verja casi instintivamente, y sin decir nada pegué la cara a los barrotes. Tocó los hoyitos de mis mejillas. Al cabo de unos cuantos días, empezamos a salir juntos. Por entonces, yo vivía llena de lasitud, sin ganas de meterme en la cama a la hora de acostarme y sin ganas de salir de ella a la de levantarme. Recuerdo un camino de tierra apisonada y una pita con las flores romo faroles y el sol poniente al fondo. Una noche fuimos a su barraca. Su hermano había muerto en la guerra. Ya no volví nunca más a casa. Y era como si la casa y los señores que me habían recogido, con las tazas de tila y el mirador, fuesen uno de aquellos cuentos que se les cuentan a los niños para meterles miedo por las noches de invierno o bien para que estén contentos, según como sean. Paulina nos vio marchar.

Traducido por José Batlló
, La calle de las camelias. La calle de las camelias. Barcelona: Planeta, [1970]. (Autores españoles e hispanoamericanos), pp.54-56
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