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Jardí vora el mar

Mercè Rodoreda
Jardín junto al mar

La primera vez que vinieron los señoritos fue a principios de la primavera, de recién casados. A él ya le conocía. Le había visto dos veces: cuando vino a ver la finca para comprarla, y otra vez cuando vino a ver cómo marchaban las reformas que había mandado hacer. Esta segunda vez me dijo que me quedara, que yo le iba como jardinero. Habían hecho el viaje de novios por el extranjero y estuvieron sólo de paso. Muchos paseos y muchos ratos en el mirador, contemplando el ir y venir de las olas y el cielo con todo lo que en él se mueve, muy cerca el uno del otro, y a veces abrazados. Si era de día, cuando me acercaba tosía para advertirlos y aun cuando no sea pecado que dos casados se abracen, pensaba que habría de molestarles que los viera. Quima, la cocinera, vino ya por aquellos días. Después cogieron la costumbre de contratarla por la temporada, porque la cocinera que tenían en Barcelona, en verano, iba a ver a la familia. Quima quería que le contara lo que hacían por el jardín y yo le hacía contar lo que hacían por la casa, porque ella sabía muchas cosas por Miranda, una de las doncellas, que era del Brasil. Esta Miranda llevaba un vestido negro, tan apretado al cuerpo, que lo tenía delgado como una serpiente, que más le valiera ir desnuda. Y un delantalito de encaje, pequeño como la mano. Gastaba muchos humos. Lo cierto es que no podían contarme mucho porque ocurría poco. A veces el señorito Francesc ponía una aceituna en la boca de la señorita Rosamaría y ella la cogía con los dientecitos... Por lo visto él estaba como loco. Quima me dijo que, cuando Miranda se lo contaba, ella, que mejor era del color de la regaliz, se ponía blanca. De envidia, según Quima. Se conoce que esas del Brasil son así. Un día que ellos habían salido a pasear en el coche, Quima me hizo subir arriba, y a mí me daba mucho apuro que volviesen y nos atraparan, y me dijo: «¡Verá qué joyas!... El señorito Francesc es uno de los hombres más ricos de Barcelona.» Me enseñó muchas cosas y me dijo que todas eran de brillantes; y un collar, con una pera verde que colgaba en el centro. Gente rica de veras. Y confiada. Por las rendijas de la persiana miramos al jardín. La torre y las tierras de ahí al lado eran por entonces un campo de hierba y lagartijas.

Se fueron y dijeron que, en junio, vendrían con unos amigos. Me dieron las llaves y me dejaron como dueño de la casa que, de vez en cuando, tenía que orear. Cuando recibí la carta en que me decían que volvían, me puse contento. Tal como me encargaban, alquilé a Quima para el verano, que se puso colorada de satisfacción porque, en la carta, el señorito Francesc decía que le gustaba mucho como hacía los lenguados al horno. Miranda vino dos o tres días antes con las maletas grandes y sin abrir boca. Yo, afuera con mis plantas. Ella, dentro con el polvo. Vinieron por mar. A los tres días oímos la sirena del barquito y en seguida vi cómo se iba acercando y, cuando estuvieron lo bastante cerca, descendieron de la motora y se quedaron en la playa porque iban en traje de baño y empezaron a nadar y una de las amigas se puso a patinar por encima del agua como una figurita. Trajeron un profesor que les enseñaba aquello de los patines y la señorita Rosamaría, en broma, me preguntó si me gustaría aprender y le dije que yo ya no pitaba... Me preguntó si tenía alguna flor enferma y le dije que, gracias a Dios, todas se encontraban bien de salud. Cogieron a Mariona de camarera: una chica del pueblo que conocía de vista, muy jovencita, pequeña y limpia como los chorros de oro.

Por la noche, desde el paseo de los tilos y las moreras, miraba a menudo su habitación. Siempre me gustó pasearme por la noche por el jardín para sentido respirar. Cuando me fatigaba, me iba piano piano hacia mi casita y percibía el vivir tranquilo de cuanto es verde y de color cuando hay claridad. Empecé a darme cuenta de que alguien se paseaba por el jardín a altas horas de la noche. Me puse al acecho y vi que se trataba de Miranda. Me molestó mucho porque se paseaba con una ramita en la mano e iba dándoles tabanazos a las plantas. Una noche me dejé ver y le chillé de mala forma.

—No me gusta Miranda —me dijo un día, Quima—. No fíe en la gente que está despierta a la hora de dormir... Lo que Miranda quisiera... pero me parece que el señorito sólo tiene ojos para una cosa... La señorita Rosamaría puede estar tranquila.

—Hay hombres a quienes les gustan las personas que vienen de lejos, y poder pensar en árboles y en plumas de colorines; les sabe mejor... —le dije. Y Quima me dijo que estaba loco de atar y que dejaría de hablarme. No tan loco. Miranda, haciéndose el distraído, paraba trampas.

Traducido por J. F. Vidal Jové
Mercè Rodoreda, Jardín junto al mar. Barcelona: Planeta, 1975. (Autores españoles e hispanoamericanos), pp.9-12.
Mercè Rodoreda, fotògraf desconegut, 1980 (AHCB-AF)
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