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Esbós de tres oratoris

Carles Riba
Los tres Reyes de Oriente

[vv. 1-8]
Duermen los tres bajo una misma capa;
han comido, han bebido,
beatamente el sabio corazón ha reído
con mozos y con vagos al fin de la jornada.
Por cada noche, incómodo puente,
pasan a un día nuevo, con regia paciencia;
un poco de su oculta ciencia
cae en el tiempo oscuro que corre bajo el sueño.

[vv. 20-31]
Los tres caminan, solo empero cada uno,
con humanas imágenes que bruscas obsesionan
desde agotados años y dulcemente ceden…
La tierra es árida junto al río profundo.
Los camelleros refunfuñan,
los secretarios abominan
de no saber tanta esperanza a dónde va.
Mas Dios, en cada instante, es puro comenzar.
Lo aprende quien recuerda
camino del nacer, no del futuro
cansado; y no le mueve el recuerdo mohíno conjuro,
sino un sentido que astro y paso concierta.

[vv. 50-90]
Hasta que ya aparece el carrascal
y olivos polvorientos, y alguna torre antigua,
oscura coronando el pueblo y el otero.
La línea de las nieves queda lejos, fantasmal.
Y más allá del opuesto horizonte debe de estar el mar vivo,
según el aire ligero que sopla hasta aquí.
Esperaban hallar gente de imperio,
enterada y abierta, pero no es así;
antes son ellos el misterio,
que cruzaron desiertos para adorar a un niño,
hijo de Rey, libertador
— y quien, guiado, va en su busca, ¿no ha de hallarle al llegar?
Muchos se turban, otros ríen a hurtadillas;
ya un secretario anota — y aprieta la cursiva —
que el viaje ha sido un fracaso.
Y en la noche del suburbio ladrador, mientras huelga,
por la taberna y el burdel,
la turba de su séquito, ellos, los tres,
consejo habido del manto que los cubre,
entienden que es de ley
que sobre hijo de Rey, a Reyes, sea el Rey
quien procure noticia.
Y se la sirve el Rey, con tan rico soporte
de profetal informe
que ellos no ven malicia

Delgada es la postrera tarde y sin sol. La estrella
transluce, ya sin cielo apenas
para su declinar. Forman los tres la caravana:
han comido, han bebido,
en la mesa real cortésmente han reído.
Se ofrece el campo, abierto en dulce medida humana.
Ya atardecido, se acercan al pueblo.
Sobre una casa se detiene la estrella: es la casa:
entre el campo y un callejón estrecho
la designa el quieto resplandor de la alta brasa.
Junto a la casa, bajo el estallido de brotes
de rozagante higuera hay un pozo; y una mujer sacando agua
que a todos mira y ve de una sola ojeada,
acogiendo con puro lenguaje que no suena.
Se va adentro sin prisa, sale llevando al Hijo;
se sienta en el umbral. ¡Ha sido todo tan sencillo!

[vv. 114-144]
Y de las puertas salen niños:
uno a uno y a borbotones,
pero sin empujones,
discretamente; y por las tortuosas sendas
del campo, suben otros; y también las ciudades
otros envían, y los demás países;
y del fondo desnudo de los tiempos que aun no fueron contados
otros acuden — rostros de antemano precisos —
desnudos o vestidos
como príncipes de pinturas.
Los hay blancos, mulatos; bien formados, derechos,
y otros que encoge la futura giba;
amarillos de hambre, o relucientes como los animales
cebados para la cuchilla.
Están los de Judea, y los de todo el mundo
y en un rincón, con su bello hablar, los catalanes.
Todos los niños, en círculo inmenso,
cual de nuevo alumbrados por esta Madre niña;
todos rodeando el tesoro
para compartirlo con el Hijo, que se inclina
hacia el perfume y las piedras y el oro.
Y aquel niño de los ojos graciosos que yo fui, también estaba;
y me acuerdo de todo:
cómo gusté con ellos, curioso a quien le cogen la palabra,
la mirra amarga, de aroma extranjero.
Y tengo recogida — pero perdí la llave —
una turquesa dura, única por su azul;
y un rubí, igual a una chispa
de una sangre divina; y, ahora que me hago viejo,
nunca lo miro, rojo sobre el guardado anillo,
que no vierta una lenta lágrima taciturna.

Traducido por Rafael Santos Torroella, Paulina Crusat i Alfonso Costafreda
Carles Riba, Los tres Reyes de Oriente. RIBA, Carles. “Los tres Reyes de Oriente” [Els tres Reis d’Orient], a Obra poética: antología [edició bilingüe]. Madrid: Ínsula, 1956, p. 223-229.
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