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Isabel i Maria

Isabel y María
Maria quiso seguir los consejos estúpidos que le daba mi hermano, que en paz descanse, cuando era pequeña. ¡Que los siga! Lo único que yo le pido es que nos deje tranquilos. Por su culpa, Isabel ha hecho algo que no tenía derecho a hacer. Si estamos en la clínica, es por culpa de Maria. Si no me hu¬biera robado el reloj... No es que me duela y que ande refunfuñando por el valor que pudiera tener el reloj; es el hecho en sí. El cinismo con que me miraba desde la ventanilla del tren era una mezcla de odio, de ironía. ¡Cómo debía de estar riéndose por dentro!... No tendría que haberle dado la satisfac¬ción de verme correr como un desesperado. El tiem¬po me ayudará, y la veré volver mansa como un pardillo. « ¿Qué estará haciendo ahora Maria?» «Tú no tienes talento -le dije-. París lo gana quien tiene talento. Te engañas. Tú y tu madre os engañáis. Yo sí tengo los pies muy plantados en el suelo. Lo que te pasa es que eres joven y tienes ganas de ver mundo; disfrazas las ganas de ver mundo con las pala¬bras "vocación", "ideal", "la gloria". Tu lugar está en casa, al lado de tu madre. Pinceles y pinturas los hay también en Barcelona.» Realmente, es difícil. No puedo pensar en eso. No es por el valor que pu¬diera tener un reloj viejo, sino por el hecho en sí. ¡Con qué cara de rabia me miraba desde la ventani¬lla del tren! ¡Y cómo se debió de reír luego!... No tendría que haber ido a la estación. No tendría que haberle dado la satisfacción de verme correr deses¬perado. En definitiva... ella va a perderlo todo. Aho¬ra que... no lo entiendo. ¿Cómo es posible que esta chiquilla, a quien nunca he molestado, a quien no he hecho nada que pudiera atormentarla, me tuvie¬ra ese odio? Últimamente, con sólo oírme la voz pa¬recía que se volviera loca. Acepto que sea lunática, extraña, que me detestara. Pero que detestara a su madre... porque se casó conmigo... Isabel siempre había oído decir que su hija no la quería. Pero si ha¬cía ya tantos años que mi hermano estaba muerto... Si de todo lo que pasó hubiera que echarle la culpa a alguien... Oh, no, claro, para justificar el odio de María olvido el mío. Olvido el pasado. Pero hay que reconocer que yo, con Maria, me he portado bien, desde siempre. Desde cuando ella era pequeña, des¬de cuando iba a verlos. Yo era el tío de los domin¬gos, que a veces pasaba el día refunfuñando. Isabel, aunque no lo diga, cree que ha habido algo entre Maria y yo, que alguna vez le he explicado cosas que habría tenido que callarme. Pero Isabel se equivoca. Si Maria nos ha dejado, yo no tengo la culpa. Me opu¬se a este viaje hasta el último momento. Me opuse porque, por desgracia, he tenido siempre un sentido muy agudo de la realidad. Algún día se acorda¬rá, cuando sea demasiado tarde, porque yo no per¬dono. Desde ahora, desde el día en que me robó el reloj, María no existe para mí. Se han salido las dos con la suya, pero yo voy a salir ganando. Maria está muerta. Muerta como una piedra. ¿Quién iba a imaginársela así, cuando era pequeña? ¿Cuando, to¬dos los domingos, me daba un abrazo y un beso en la mejilla? Cuando estaba tan contenta de verme, y más que nunca aquel año, cuando por Reyes le re¬galé veinticinco duros, y gritaba: «¡Los reyes del tío Lluís!, ¡son los reyes del tío Lluís!» y puse los duros desparramados por los peldaños de la escalera de la azotea, y salió al jardín, y le dije yo que subie¬ra a la azotea, que iba a llevarse una sorpresa. Y mientras iba cogiendo los duros estaba pálida. «¿Po¬dré comprarme juguetes?» «No. Son para comprar cosas útiles: vestiditos, para que vayas bien gua¬pa...» y me parece oír aún a mi hermano burlándo¬se de mí: «No guapa. Son para meterlos en una bol¬sita y que se llenen de verdín...»
Traducido por Basilio Losada
, Isabel y María. Barcelona: Seix Barral, 1992. (Biblioteca breve), pp.22-24.
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