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Ausiàs March

Visat núm. 6
(octubre 2008)
por Hans-Ingo Radatz
La literatura catalana medieval debe, sin duda alguna, sus obras clásicas más importantes al antiguo reino de Valencia. En el campo de la prosa, Joanot Martorell destaca con su Tirant lo Blanc, una magnífica novela de caballerías sorprendentemente moderna, mientras que en lírica, no existe en literatura catalana nada comparable a la obra poética de Ausiàs March, en cuanto a sustancia, calidad e innovación. March es un autor de tal categoría que en el dominio de habla catalana se han bautizado con su nombre centenares de calles, escuelas, plazas e institutos.

Gracias a las famosas versiones musicales del cantautor valenciano Raimon, Ausiàs March no comparte el mismo destino que muchos poetas medievales, cuyos nombres suelen ser conocidos, pero no su obra. Por lo menos mediante las canciones de Raimon, los catalanes cultos conocen un buen puñado de sus poemas más importantes. March es el gran clásico de la literatura catalana moderna y su influencia se percibe en todas partes, ya sea en Pere Gimferrer (quien tradujo la obra de March al español con el mismo talento), en Vicent Andrés Estellés (cuya obra está llena de lemas ausiasmarquianos), en Josep Piera o en muchos otros.

El hecho de que no se mencione a Ausiàs March junto con Petrarca o Villon en el estudio de la literatura universal, no se debe al significado literario de su obra, sino tan solo al destino histórico de su comunidad de hablantes. Poco después de que March llevara a la lírica catalana hasta límites insospechados, empezó la larga época de la Decadencia del catalán como lengua literaria, lo cual distanció al autor de su público. Por este motivo, fue solo gracias a escritores catalanes en lengua española como Juan Boscán (Joan Boscà) que Ausiàs March consiguió ganar reputación en la literatura española del Siglo de Oro. En las obras de Garcilaso de la Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Gutierre de Cetina y Fernando de Herrera, conde de Villamediana, entre otros, se encuentran fragmentos que revelan una cierta intimidad con Ausiàs March, por lo que, en algunos aspectos, su influencia en la poesía española de aquellos siglos se podría comparar con la de Petrarca. Debido a esta relación, a partir de entonces la acogida que tuvo March se vio alterada durante mucho tiempo, ya que se le consideraba como un trovador, entre otras cosas. La visión de que la lírica de March representa un género sui generis se extiende más allá del dominio catalán de forma lenta pero constante, lo cual se refleja sobretodo en una intensa actividad traductora.

El poeta March

March es el primer poeta en lengua catalana. Para comprender lo que esto significa, hay que tener en cuenta que la mayor parte de la lírica catalana de la Edad Media se vio profundamente influenciada por la lírica trovadoresca de los vecinos occitanos (lo que hoy en día sería el sur de Francia); una influencia tan importante que hasta bien entrado el siglo XV, pese a que se utilizaba el catalán para la literatura en prosa, se seguía empleando el occitano para la poesía. Ausiàs March es el primer poeta catalán que rompió con este automatismo y, consecuentemente, renunció a «refinar» sus obras mediante el uso de una lengua poética seudotrovadoresca tan alejada del habla cotidiana. Escribe lo que realmente lo motiva y lo escribe en su propia lengua. Este uso consecuente que March hace de la lengua catalana se puede entender como un abandono de la concepción poética de su tiempo, que consistía, sobretodo, en el cumplimiento artesanal de normas que se adquirían con la ayuda de libros de texto especiales. March rompe con esta traducción didáctica y concentra toda su atención hacia los aspectos de contenido de sus poemas. Mientras que los trovadores habían experimentado con complejas estrofas i métricas variadas, March, en la mayor parte de su obra, simplemente apuesta por el verso más corriente de la época: el decasílabo con cesura regular en la cuarta sílaba.

A primera vista, parece que los temas de su poesía también se encuentran bajo el influjo de la tradición trovadoresca, puesto que la mayor parte de su obra trata sobre el concepto del amor (cortesano). No obstante, lo que convierte a March en un poeta excepcional no tiene que ver con su calidad de trovador del fin'amor, ya que otras generaciones de poetas ya lo habían alabado antes. Su verdadera grandeza, pues, reside en el hecho de que fue el primero en utilizar sus experiencias más personales como tema. Sus casi interminables discusiones teóricas sobre la esencia del amor van mucho más allá de las convenciones, puesto que el autor nos narra una y otra vez sus fracasos personales al mismo tiempo que su propio ideal. Además, March no es un «trovador del amor cortés», sino un «trovador de la imposibilidad del amor cortés», de la imposibilidad de vivir según el ideal de amor trovadoresco. Mediante la sinceridad poco común del poeta, quien admite sus propios fracasos, lo que de otro modo podría parecer un teorema exangüe se convierte en un componente digno de crédito en su drama interior.

Ante esta nueva reivindicación de la verdad se establece un paralelismo importante y sorprendente entre March y sus más o menos contemporáneos Oswald von Wolkenstein, Geoffrey Chaucer, François Villon y Dafydd ap Gwilym (para nombrar solo algunos), quienes desarrollaron los nuevos mecanismos de la lírica moderna en sus culturas respectivas. También cabe mencionar la importancia de la entrada de la realidad cotidiana en la poesía. Sin embargo, mientras que Villon y los demás introducen la realidad social i externa en su lírica, lo que diferencia a March de sus antecesores y modelos es, sobretodo, la realidad psicológica de su autoanálisis.

Mientras que los poetas contemporáneos próximos a la escuela de Tolosa de Lenguadoc producían una cantidad ingente de poesía religiosa dedicada a la Virgen, las referencias cristianas en Cants d’amor son mínimas. No fue hasta el segundo periodo de su creación en que la temática de su poesía se trasladó del amor hacia el ámbito de la filosofía, y, tanto en Cants morals como en Cant espiritual, el poeta inclinó definitivamente su interés hacia problemas morales y teológicos.

De hecho, las frustraciones de March no se refieren tan solo a las relaciones amorosas, sino que se extienden a su relación con Dios. En cuanto al amor, penetró hasta el más mínimo detalle del ideal de amor cortesano de una forma filosófica y teórica y lo afirmó como racional e ilimitado, aunque en la práctica fracasó una y otra vez. Asimismo, en el campo de la teología se sitúa completamente a la altura de su época y muestra una gran familiaridad con el sistema de la teología escolástica. No obstante, aquí también fracasó en el intento de llevar su vida en acorde con lo que se entendía por correcto des del punto de vista intelectual (Cant espiritual).

Es precisamente este desgarro lo que recorre su obra y otorga a March su desasosiego característico, porque su personalidad orgullosa y confiada no le permite simplemente obviar estos conflictos internos o refugiarse en mentiras de su propia vida. Como auténtico filósofo le es imposible renunciar a sus convicciones morales solo porque sea demasiado débil para vivirlas y, en cambio, como verdadero poeta no puede difundir sus elevados ideales y así silenciar sus propias frustraciones. La orgullosa confianza que el poeta tiene en sí mismo se puede reconocer en toda su obra: «A temps he cor d’acer, de carn e fust. / Io só aquest que em dic Ausiàs March!» (A veces mi corazón es de acero, de carne o de madera. / ¡Yo soy aquel a quien llaman Ausiàs March!). Y es este orgullo lo que infunde la verdadera grandeza literaria al conflicto de March, puesto que él mismo se obliga a soportar sus contradicciones y a resolverlas siempre de nuevo. Su conflicto interior tan solo puede llegar a una especie de reconciliación provisional a través de la expresión artística, aunque en última instancia, se mantiene indisoluble. Siempre encuentra nuevas imágenes para su alma maltrecha, visiones apocalípticas de una fuerza primaria, que en sus mejores momentos, se libera de toda ansia por complacer, y cautiva al lector mediante su franqueza expresionista y los detalles tan realistas que perturban.

El dilema de March quizás se puede explicar mediante el encuentro de dos visiones incompatibles del mundo que, sin que él lo hubiera sabido, eran opuestas. Por una parte, se encontraba profundamente ligado al pensamiento medieval cerrado de la escuela escolástica, aunque por otro lado, ya había absorbido gran parte de la visión antropocéntrica del Renacimiento, como si aquello pudiera proporcionarle la seguridad que él anhelaba.

Ausiàs March y su tiempo

Los datos biográficos sobre March de los que disponemos son todavía muy escasos. Presuntamente nació en Gandía en 1397, hijo del noble de baja casta (y poeta) Pere March (otra teoría sostiene que nació en Valencia en el año 1400). La poesía era una tradición de familia que, aparte de su padre, también siguió su tío Jaume March. Cuando en 1415 el rey Fernando I convocó las Cortes de Valencia, el joven Ausiàs March asistió como representante del orden de caballería con el rango de doncel, que es como se solía tratar al hijo de un caballero en el estamento de caballería. March siguió la carrera típica de un joven de su condición, lo cual le llevaría hasta la corte real y le conduciría a varias aventuras bélicas. En 1420, el sucesor de Fernando, Alfonso V el Magnánimo, emprendió una expedición a Cerdeña para sofocar un levantamiento. Esta expedición recibe una especial consideración en la historia de la literatura, puesto que numerosos poetas de distintas procedencias y hablas tomaron parte en ella, entre los cuales se encuentran el catalán Andreu Febrer y el valenciano Jordi de Sant Jordi. Entre los participantes en esta expedición se encontraba un joven y desconocido caballero valenciano llamado Ausiàs March, que llegó a adquirir fama militar durante el transcurso de la campaña.

Para mostrar su gratitud, el rey le concedió la soberanía de los pueblos de Beniarjó, Pardines y Vernissa y la cesión del derecho de impartir justicia civil y criminal en estos pueblos a él y a sus descendientes. En 1426, Ausiàs March fue nombrado halconero mayor del rey, un puesto que ocupó, al menos formalmente, hasta su muerte. March pasó varios años en la corte de Alfonso V el Magnánimo, quien todavía no se había trasladado a Italia y convivía estrechamente con los poetas catalanes y castellanos. Los años en la corte fueron una breve experiencia para March, aunque seguramente marcaron el desarrollo de su carrera literaria, si bien se supone que por aquel entonces todavía no había empezado a escribir. En 1428 March abandona la corte y vuelve a vivir a Gandía, seguramente a petición de su madre enferma, y se establece definitivamente allí para dedicarse a administrar sus bienes. Fue probablemente por aquel tiempo cuando March empezó su actividad literaria.

En el año 1437, a la edad de cuarenta años, March contrajo matrimonio por primera vez con alguien que le proporcionó grandes ventajas económicas. La novia fue Isabel Martorell i Palau, hermana del coautor de Tirant lo Blanc, Joanot Martorell e hija de un caballero adinerado. Sin embargo, Isabel Martorell murió tan solo dos años después y legó a March las posesiones de Ráfol de Jalón, Traella y Cuca, en el valle de Jalón.

En 1443, March volvió a casarse, esta vez con Joana Escorna i Castellà que, al igual que su primera esposa, era muy rica. Parece que el matrimonio fue muy feliz, lo cual puede deducirse por el hecho de que March dispuso en el testamento que, tras su propia muerte, el cuerpo de Joana fuera enterrado junto a él en el panteón familiar de los March. Según nuevas elucubraciones, March podría haber escrito los fantásticos seis Cants de mort con motivo de la muerte de Joana. Si este fuera el caso, se trataría de una ruptura con la lírica trovadoresca casi inimaginable, puesto que los conceptos de «matrimonio» y «amor», según la tradición del amor cortés, se consideran tan incompatibles como la combinación de las nociones de «muller» (esposa) y «aimia» (amada).

Después de que March se hubiese retirado de la mayor parte de sus responsabilidades como gobernador y se dispusiera a dedicarse exclusivamente a su obra, el matrimonio abandonó definitivamente Gandía en 1450 y trasladó su residencia a la ciudad de Valencia, en la calle Cabillers. Cuatro años más tarde, Joana murió y Ausiàs la sobrevivió durante nueve años. Finalmente, en 1459 March murió también en Valencia y su sepultura sigue en la Catedral de la ciudad.

Traducido por Glòria Domènech
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