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Antoni Maria Alcover

Visat núm. 18
(octubre 2014)
por Jaume Guiscafrè
Antoni Maria Alcover i Sureda (Manacor, 1862 – Palma de Mallorca, 1932) es, sin duda alguna, una de las figuras más complejas y poliédricas no tan solo de la literatura sino también de la cultura catalana del primer tercio del siglo XX. De hecho, fue durante este período cuando llevó a cabo, con más efervescencia, las múltiples actividades a las que se dedicó a lo largo de la vida.

De carácter terco e indomable, Alcover fue un polemista feroz e intransigente que publicó, en El Áncora y en L’Aurora, una cantidad notable de diatribas contra el liberalismo y el movimiento obrero y que mantuvo una polémica muy sonada con algunos de los miembros más destacados de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans, de la que él mismo había sido el primer presidente el año 1911. Asimismo, fue un propagandista y promotor cultural decidido que el 5 de noviembre de 1900 hizo pública la Lletra de Convit, un manifiesto en el que exponía su propósito de elaborar el que tenía que convertirse en el diccionario más grande de la lengua catalana, cuyo primer volumen empezó a publicarse el año 1926 con el título Diccionari català-valencià-balear y que, posteriormente, en 1904, inició los trabajos de preparación del I Congreso Internacional de la Lengua Catalana, que tuvo lugar en Barcelona el año 1906. Como estudioso infatigable y tenaz de la lengua catalana, fundó el año 1901 el Bolletí del Diccionari de la Llengua Catalana, donde publicó gran parte de sus trabajos sobre fonología, morfosintaxis, lexicología y dialectología. También fue un viajero agudo y observador que dejó testimonio de los viajes que hizo en 1907, 1912 y 1913 a Alemania, Austria, Suiza, Italia, Francia, Inglaterra y Bélgica en tres dietarios; el más interesante es el Dietari de la meua eixida a Alemanya i altres nacions durant l’any del señor de 1907. Cabe mencionar, además, que fue una figura clave en la jerarquía eclesiástica mallorquina, en la que ocupó los cargos de profesor del Seminario Conciliar, vicario general y canónigo magistral de la catedral de Mallorca y que destacó, sobre todo, como escritor de raza dotado de un talento extraordinario y de un estilo propio e inimitable.

Su actividad intelectual y su desbordante activismo cultural obtuvieron, como resultado, la publicación de una cincuentena de obras mayores, entre libros y opúsculos, y una treintena de artículos que aparecieron en revistas y obras misceláneas. Eso sin tener en cuenta la cantidad nada menospreciable de originales que dejó inéditos, como Quatre anys de Vicari General (1989-1902), el dietari que jo, Antoni M. Alcover, duc de les coses més notables que em passen des del 27 de juny de 1898, que vaig entrar a la Cúria de Mallorca, que constituyó el primer volumen de sus Obres Completes (Editorial Moll, 2003).

La producción estrictamente literaria de Antoni M. Alcover se reduce a tres títulos. El año 1885 publicó las Contarelles d’en Jordi des Racó. La mayor parte de las narraciones que contiene esta obra de juventud apenas tienen un desarrollo argumental y se centran en presentar, en una especie de cuadros de costumbres de ambiente rural, unos personajes tipo cuyas acciones desprenden una lección moral. En la segunda edición, que publicó aumentada y muy modificada el 1915, Alcover prescindió de algunos relatos e incluyó «Corema, Setmana Santa i Pasco» i «Ses matances i ses festes de Nadal», dos textos en los que combina la investigación etnográfica y la creación.

Entre los meses de marzo y de julio de 1916, publicó en el semanario L’Aurora las quince entregas que constituyen la novela N’Arnau, en la que se describen las peripecias de Arnau, un mal estudiante del que Pau Fora-Embuis, el narrador homodiegético, tiene noticias de modo casual porque escucha una conversación que un grupo de estudiantes mantiene sobre él en un vagón de tren. Atraído por Arnau, el narrador inicia una serie de contactos con una galería de personajes que le pueden ofrecer información sobre el estudiante y, a partir de ésta, construye el relato. Aunque la arquitectura narrativa es mucho más compleja y elaborada, N’Arnau comparte con les Contarelles el costumismo, la preeminencia del diálogo y de la descripción en detrimento de la narración, el recurso personajes tipo absolutamente planos que se presentan como modelos de conducta y el propósito didáctico último del relato.

El año 1880, con tan solo dieciocho años, publicó la primera muestra de su producción cuentística, «Es jai de sa barraqueta», en la revista L’Ignorància. Nueve años más tarde, el verano de 1889, concibió la idea «de hacer un libro, únicamente de cuentos populares vivientes en Mallorca». Este proyecto no se materializó hasta el 1896, año en el que apareció el primer volumen del Aplec de rondaies mallorquines d’en Jordi des Racó. La actividad recolectora, recreadora y editora de Alcover duró, aproximadamente, cincuenta y un años, durante los que, de modo intermitente y en el tiempo libre que le dejaban los demás trabajos y obligaciones que tenía, fue recogiendo versiones orales de cuentos populares y fue publicando las reelaboraciones tanto en la prensa periódica como en forma de volumen. El año 1928 sufrió un primer ataque de apoplejía, que lo obligó a reducir la cantidad de trabajo y a abstenerse del trabajo intelectual intenso, una circunstancia que aprovechó para redactar las versiones de los relatos que todavía tenía simplemente anotados y que constituyeron los volúmenes onceavo y doceavo del Aplec, los dos últimos de la colección, que se publicaron el 1930 y el 1931. Después de su muerte, el año 1932, Francesc de Borja Moll, su discípulo y continuador, retomó la publicación de los cuentos: reestructuró la disposición de los volúmenes y aprovechó algunos cuentos que tan solo habían aparecido en revista y otros inéditos para confeccionar nuevos volúmenes. El 1936 publicaba el primer volumen de la llamada «edició definitiva», que el 1975 llegaría a constituirse en los veinticuatro volúmenes en los que todavía se publica actualmente.

Aunque estén anclados en la tradición oral mallorquina y en la tradición cuentística universal, los cuatrocientos treinta relatos que reunió Alcover bajo el título genérico de Aplec de rondaies mallorquines d’en Jordi des Racó no son transcripciones fieles de las actuaciones narrativas de los informantes sino verdaderas recreaciones hechas desde la aplicación consciente de técnicas de representación literaria a las descripciones de los actos narrativos obtenidas previamente. Esta superimposición estilística da coherencia al conjunto y borra las diferencias que esperaríamos encontrar en una recopilación de transcripciones de textos obtenidos de diferentes narradores. Las virtudes del estilo narrativo de Alcover se manifiestan, sobre todo, en cuatro aspectos: el uso —a veces incluso excesivo— de la expansión como procedimiento de transformación de las versiones orales, que a menudo se concreta en la inserción de pasajes descriptivos y enumerativos en el relato; la combinación efectiva y equilibrada del estilo abstracto —propio, según Max Lüthi, de los cuentos maravillosos, los mejor representados en el Aplec— y del estilo realista, un recurso que según Josep A. Grimalt «debe de ser uno de los secretos que lo hacen un maestro de narradores»; la carnavalidad —en el sentido que Mikhaïl Bakhtin da al término— que refleja en los textos y el despliegue exuberante y la sabia explotación de los recursos lingüísticos y retóricos que derivan de su extraordinario dominio de la lengua catalana y, más concretamente, del dialecto mallorquín.

Josep Pla captó todos los matices de este arte narrativos y por eso afirmó con contundencia que los cuentos mallorquines de Alcover son un «monument de la nostra llengua, prodigi de palpitació popular, projectat sobre un paper amb una vitalitat impressionant, amb un abraonament dionisíac, amb un sabor únic, directíssim» y que, «delicioses d’instrascendència, són de les coses més serioses que poden haver estat mai escrites en qualsevol llengua. Al seu costat, la literatura sàvia, petulant i acadèmica fa esclafir el riure. És el no-res» (Les illes, OC 15, p. 139).

Sería justo que el Aplec de rondaies mallorquines d’en Jordi des Racó tuviese en la literatura catalana un estatus canónico parecido al que tienen en Alemania los Kinder- und Hausmärchen de los hermanos Grimm: que no sea así es imputable tanto a ciertas dinámicas sociolingüísticas e interdialectales propias de la lengua catalana como a la miopía de los canonizadores.

Traducido por Neus Tirado Gual
Antoni Maria Alcover. Institució Pública Antoni M. Alcover de Manacor
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