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Joan Vinyoli

Visat núm. 14
(octubre 2012)
por Enric Casasses
Joan Vinyoli (1914-1984), aparte de un par o tres conferencias o prólogos sobre poesía, nomás escribió poesía: realidades de vida y sueño empapadas de humanidad. Y la suya es una humanidad aventurada en la relación con los demás, aventurada en la contemplación del mundo y aventurada en conducirse a sí mismo verdad adelante.

Cuando llega a los setenta años, en la cumbre de la cuesta (como se ve en sus últimos libros, A hores petites [En horas de madrugada], Domini màgic [Dominio mágico] y Passeig d’aniversari [Paseo de aniversario]), el poeta ha terminado siendo el mago de pie en lo alto de un peñasco y parece que haya de poder gobernar el viento, la mar y la tierra, pero se limita a mirar: lo prefiere. La magia aquí no es prestidigitación ni el comodín usado a veces para decir que alguien tiene gracia o que sabe seducir: es una de las potencias del alma y tiene su sede en el cerebro; es una forma o manera de la inteligencia: «Furtivament, el mag/ de la paraula, a fosques, ha vingut,/ i s’ha instal·lat en un secret racó/ del meu cervell, on tot el deslligat,/ vague, dispers, en ordre ho ha posat,/ operatiu en la confusió [Furtivamente, el mago/ de la palabra, a oscuras, ha venido,/ y se ha instalado en un rincón secreto/ de mi cerebro, donde todo lo desligado,/ vago, disperso, en orden ha dispuesto/ operativo en la confusión

Vinyoli es absolutamente serio en el no engañarse y el no engañar: sus momentos o años de desolación (presentes entre otros en los libros Tot és ara i res [Todo es ahora, y nada también], Encara les paraules [Todavía las palabras] y Ara que és tard [Ahora que es tarde]), los expresa con una precisión implacable y de una manera tan bella que si lo leeis sabreis y vivireis la desesperación y el daño que causan las tristezas sin recurso. Sentireis el calor de hacerle compañía a un hombre solo. Hablando de él habla de mí, de lo que me ha pasado, de lo que me pasa y de lo que me está a punto de pasar. Es un hombre que entre más viejito se hace, más le bulle la sangre y el espíritu, más cosas ve y con más arte las muestra.

Si en los últimos años lo hallamos exultante en las cimas más altas, a medio camino de la selva de la vida parecía un viejo subiendo penosamente la escalera de una casa vecinal. Los datos biográficos imprescindibles para entenderlo están en su poesía. Si sabemos algo de los juegos que inventaba de niño es porque en algún instante, de grande, le han servido pera iluminar espacios intergalácticos del alma y del mundo. También podemos ver, gracias a sus versos, que de joven quizá no sabía demasiadas cosas y sin embargo intuye ya que ha de ser y seguramente será poeta, y que se entregará a ello en cuerpo y alma. No es que tenga un don de lenguas; es que se busca un destino de hombre. El esfuerzo que le tocará rendir durante toda su vida para conseguirlo irá siendo más y más exigente, más revolucionador de los ingredientes del vivir: se trata de un estudiar y de un trabajo y de una lucha cada día más arriesgada y apasionada. Y para quienes lo leemos, cada día más interesante. Lo que allí se juega es el propio cuerpo y el alma.El campo de batalla, o sea el terreno donde se producen las transformaciones, es uno, pero no lo sé hacer visible sin desglosarlo en tres facetas.

1a: la transformación se obtiene, para decirlo con palabras de otro Joan, Brossa, en el acto de "mirar" y no en la manipulación del lenguaje; claro que en este mirar es importantísima la función de la escritura en tanto sonda lanzada a las aguas del vivir y del mirar; se puede decir que la escritura es el arma que utiliza, la jugada que realiza y el resultado que extrae.

2a: el motor que lo mueve todo se enciende con el reconocimiento del otro, que a la hora de la verdad no es "el otro" sino los otros, desde el viejo desconocido cuyo mero continente le permite intuir la gran canción de amor, la última, la del dominio mágico, hasta la persona con quien camina, huele, toca y resuena, con quien se funde en la amorosa abrazada flamígera dentro del agua y a partir de la cual su canto es canto compartido (como en el libro El griu [El grifo]).

Y 3a: la vida interior, las bajadas al sótano de uno mismo, las conversaciones con el propio cuerpo, que pueden ser bastante ásperas: este es el camino de la sabiduría práctica y humana, o sea, la sabiduría. Para nosotros sus poemas, más todavía que los resultados de esta búsqueda, son el latir de su presencia que viene a hacernos compañía y nos trae presentes que a veces causan daño de tan reveladores. Porque para él el poema no es sólo el producto sino sobre todo el instrumento de su investigarse, una herramienta que cada poema inventa y construye desde el principio.

Y no son poemas difíciles: la cosa que quiere mostrar es, a veces, compleja, pero el lenguaje no es complicado. Sus relaciones con otros poetas (Riba, Rilke, Shakespeare...) son intensas y significativas, pero él es de los autores que se pueden fruir perfectamente sin necesidad de haber leído a ningún otro. En su obra hay revelaciones que necesitábamos y nos las da clavadas con la palabra exacta. Aunque a menudo ande de noche, siempre escribe con claridad, y de entrada todo parece que se le entiende. Pero tal vez no es tan sencillo: porque si al cabo de unos meses lo vuelves a leer, te puedes encontrar que no habías visto esto que tan claro y evidente expone.

Y es que el fondo de sus poemas es móvil y se adapta a les honduras a que puede llegar el alma del lector. Eso pasa porque trata seriamente de la cuestión más seria que existe, la ética, en la cual hay valores objetivos y bien determinados al lado de otros muy cambiantes, o rapidísimamente cambiantes, y de otros que son imposibles de situar o de medir, y cuyo conjunto es infinitamente más complejo, para nosotros, que el de todos los movimientos de los astros por el espacio, porque la ética no es un suelo por donde se camina sino un campo de fuerzas (magnéticas, eléctricas, gravitatorias) que dinamizan nuestros espacios (espirituales, amorosos, sociales). Un buen número de poemas de Joan Vinyoli son como conmutadores que nos ponen en marcha la máquina de pensar, de sentir y de fantasear. La utilidad práctica de todo eso es incalculable; lo dice él mismo en la nota preliminar a Realitats [Realidades]: la poesía «ayuda al hombre a retornar a sus centros profundos, donde pienso que es bueno para todo mundo perder pie alguna vez porque de allí proviene un saber no desdeñable en ninguna circunstancia».

La evolución de Vinyoli es una obra maestra y sorprende. Comienza a madurar con grandes palabras a la manera de aquello a lo que se llama poesía simbolista: Orfeo, el domingo, el ángel, lo callado y su cuasivoz, pero cuando intenta ir todavía más arriba y más allá (a partir de Realitats) descubre que se le ha enronquecido la voz y que no vuela: va a pie; y ahora nos lo podremos encontrar en la calle, de madrugada, fascinado por unas bragas descoloridas tendidas en los alambres del balcón de una casucha, o acaso solo bajo el sol de agosto oyendo la carpintería que late con chillidos estridentes: situaciones concretas que se convierten en paisajes urbanos, montañescos o marinos pintados con uso magistral y casi violento de los colores, un poco en la línea, dirá él mismo, de van Gogh, pero que con frecuencia tienen la fuerza de otro Joan, Ponç (como en las pinturas morales, hechas de palabras simples, de Vent d’aram [Viento de cobre]).

Y después, ya en sus últimos años, arriba por el camino difícil de las realidades, al dominio mágico de las visiones del paisaje interior y exterior y del amor y de la muerte de los libros finales. No es un autor de los cuales se dice que tienen un gran dominio de la lengua. Al revés: tiene un gran dominio, en la lengua, de las realidades que nos quiere hacer vivir. Con palabras cuidadosamente escogidas y casi sencillas, entra en cuestiones que no pueden ser reducidas a conceptos y deben llegarnos como hechos vividos, sensaciones sentidas y visiones vistas. No da exhibiciones de virtuosismo; es el sillero que cuando hace una silla es para que te sientes en ella, no para que te quedes pasmado admirando su factura. Cuando aparece un poeta así, los filósofos y los pensadores se quitan el sombrero y se ponen las gafas, para verlo mejor. Los simples lectores mortales, cuando encontramos un poeta así, nos vemos en él mejor. Un último detalle: en diversos puntos de este texto he dudado si escribir ver o vivir.

Traducido por Orlando Guillén
Joan Vinyoli al bar El Velódromo, 1978. Foto: Jordi Nebot
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