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Jaume I

Visat núm. 6
(octubre 2008)
par Stefano Maria Cingolani
El rey Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, Valencia y Mallorca, conde de Barcelona y señor de Montpellier, es una de las figuras más importantes de la Corona catalanoaragonesa. Con las conquistas de Mallorca y Valencia, situó a esta monarquía en el escenario político europeo como una de las potencias de la época. El rey Jaime I es también una figura clave para la historia de la cultura como autor del Llibre dels fets, en el cual nos ha dejado su visión particular de él mismo y de las empresas que llevó a cabo.

Jaime I no fue un hijo deseado, al menos no por su padre, el rey Pedro I de Cataluña y II de Aragón (1196-1213), que lo tenía en poca consideración. Su nacimiento (la noche del 1 al 2 de febrero de 1208 en Montpellier) fue, según parece, el resultado de la única relación sexual que el rey Pedro y la reina María tuvieron en varios años. Esta casualidad afortunada podía ser comprendida como una señal de una distinción y un destino especiales.

A los cinco años y medio, Jaime se quedo huérfano de padre y madre. El rey Pedro II el Católico había muerto en la batalla de Muret el 12 de septiembre de 1213; la madre, María de Montpellier, había muerto en Roma a finales de abril del mismo año, mientras él, el infante Jaime, se encontraba en Carcasona bajo la custodia del enemigo de su padre, Simón de Montfort. Estos acontecimientos le catapultaron hacia el trono de la Corona de Cataluña-Aragón; por eso fue entregado a la custodia de los templarios, que lo encerraron en el castillo de Monzón durante tres años, entre 1214 y 1218. Los primeros veinte años de su vida transcurrieron en unas condiciones nada fáciles ni esperanzadoras.

Su edad era inadecuada para las obligaciones que le esperaban. El recuerdo de las dificultades de los primeros años no le abandonó mientras vivió. Hacia 1270 (cuando empezó a dictar el Llibre dels fets) aún recordaba el día de su coronación, a finales de la primavera de 1214, en Lleida. El arzobispo de Tarragona, Espàreg de la Barca, tuvo que cogerlo en brazos para que los nobles que habían acudido a las Cortes pudieran verlo. Después de la boda con Leonor de Castilla, el 6 de febrero de 1221, tuvo que esperar un año para poder cumplir con sus deberes conyugales. En muchas ocasiones, el hecho de tener pocos años le impedía ejercer el poder de rey, dar consejo o tomar decisiones. En su narración no se olvida de rememorar y destacar todos estos hechos.

Jaime fue un niño y después un adolescente que luchó por sobrevivir como rey, pero en ocasiones incluso su pura existencia física corría peligro. La nobleza catalana y aragonesa, poderosa y rebelde a la autoridad real, le utilizaba en sus luchas privadas. En alguna ocasión, la pareja real fue coaccionada y virtualmente aprisionada para que cediera a las presiones y a la voluntad de un grupo de poder nobiliario.

Convertirse en señor de la guerra en el interior de sus estados no fue una tarea fácil. Entre 1220 y 1227, el rey se enfrentó a más de una rebelión de sus barones, tanto aragoneses como catalanes. Pese a que al final restableció su autoridad, nunca consiguió el completo control sobre sus nobles, que siguieron proclamándose la guerra unos a otros a lo largo de su reinado y, en los últimos años, hasta al mismo rey. Se necesitó la mano dura de su hijo Pedro para resolver el problema, justo después de su muerte; esa mano dura que Jaime I nunca fue capaz de imponer, lo cual criticaban hasta sus propios súbditos. El rey Jaime, impulsivo y, a la vez, calculador, vehemente y paciente, se había retraído más de una vez en el momento de afirmar su poder mediante la violencia, tanto dentro como fuera de sus estados. Era su debilidad y en más de una ocasión pagó las consecuencias de ello, como con el estallido de una guerra civil entre 1274 y 1275, liderada por su hijo ilegítimo Fernando Sanchís enfrentado con su hermanastro Pedro.

Tampoco fue fácil convertirse en señor de la guerra contra los enemigos exteriores, los musulmanes. Le costó el sonado fracaso de Peñíscola en 1225 y la guerra contra los aragoneses entre 1226 y 1227, hecho al que sucedió la muerte del noble aragonés Pero Ahonés, con el que se había tenido que enfrentar cuerpo a cuerpo por no haber respetado la tregua entre el soberano de Valencia y el rey Jaime. No obstante, al final consiguió imponer su poder.

Reprender la actividad conquistadora a gran escala fue la única manera de solucionar los problemas internos como la inquietud de la nobleza y la necesidad de adquirir riquezas. La violencia debía dirigirse hacia el exterior, había que incorporar nuevos dominios y lograr, pues, nuevas entradas fiscales, enderezar las financias reales y hacerse más poderoso. De este modo podía restaurar también la consideración pública respecto a la Corona de Cataluña-Aragón. Si quería continuar con la ideología del Casal, tenía que superar el ejemplo de sus antecesores.

Hacia la primavera de 1228, antes de responder a la solicitud de ayuda por parte de la joven Aurembiaix, heredera del condado de Urgell, ya estaba todo decidido y en plena organización: la primera conquista se llevaría a cabo en la isla de Mallorca y, a su vez, se debía establecer el plan de conquista del reino de Valencia. La conquista de Mallorca sería rápida y les aseguraría el control del mar con vistas a las operaciones más al sur. Lo más importante era, por encima de todo, llamar la atención de los potentados europeos con una empresa osada y de éxito más inmediato, si todo salía como él deseaba. En una Europa cada vez más interrelacionada, la propaganda y la comunicación pública eran importantes para una Corona de Cataluña-Aragón que no quería quedarse al nivel de una pequeña monarquía local. No obstante, el Libre dels fets presenta los acontecimientos de una manera bastante diferente.

¿Que debió pensar el rey el 6 de septiembre de 1229, viendo al gran ejército que había reunido para ir a la conquista de Mallorca? ¿O el día 1 de enero de 1230, cuando, después de más de tres largos y duros meses de asedio, entró en la Ciutat de Mallorca? Jaime ya tenía veintiún años, había conseguido pacificar sus estados, reunir sus fuerzas y emprender por mar su primera gran empresa. Durante todos esos años seguramente había meditado, a lo mejor obsesivamente, sobre la ideología de una de sus familias, la de los condes de Barcelona, que ya tenía más de cuatro siglos de historia, ideología que le obligaba a seguir los pasos de sus antecesores y, si fuera posible, a superarlos. Años de dudas y de incertidumbre respecto a su figura como rey, hacia su persona, su valor y su destino, y ahora, finalmente, las cosas parecían haber tomado un rumbo distinto.

Sin embargo, el que no corre vuela, y por eso, poco más de un año después, y una vez pacificada la isla y firmado el tratado de vasallaje de Menorca, las operaciones para la conquista del reino de Valencia estaban en plena actividad, y las primeras plazas fuertes, los castillos de Ares y de Morella, este último más importante, cayeron en manos de los súbditos del rey.

De todos modos, no fue una empresa fácil ni rápida. El reino era grande, estaba muy poblado y estaba bien defendido por ciudades y castillos, pese a la escasa respuesta militar que ofrecieron los musulmanes. La innovadora estrategia militar dio resultado. El sistema tradicional de hacer cabalgadas e incursiones para destruir los recursos materiales de los atacados y desanimarlos, había sido sustituido por la ocupación de plazas bien adentradas en territorio enemigo, para así aislar las comarcas enemigas que habían quedado separadas y forzarlas a la rendición. Después de la conquista inicial de Borriana en 1233 y la rendición de la capital el 28 de septiembre de 1238, no fue hasta 1245 cuando el rey, en el Llibre dels fets, daba la conquista por terminada. Y le costó diez años más acabar de reducir los focos de resistencia, financiados por la Corona de Castilla y acaudillados por Al-Azraq. No era tarea fácil conquistar, colonizar y reorganizar, según el sistema feudal, un vasto territorio donde la población autóctona superaba en diez veces a los colonizadores.

Después del éxito de la expedición transmarina, el rey confió en sus propias fuerzas, y así lo mostró más de una vez en su libro, desafiando las dificultades y la opinión contraria de los nobles. Sabía lo que quería hacer y cómo llevarlo a cabo y, pese a las contrariedades, no pensaba detenerse.

El cuarto de siglo posterior a la conquista de Mallorca no fue siempre fácil. La conquista del reino de Valencia lo mantuvo ocupado durante todo el tiempo, la oposición de la nobleza volvió a aparecer e incluso surgió un nuevo adversario: el reino de Castilla. Sin embargo, ahora, no se trataba de encontrarse a sí mismo, sino de afirmar lo que había descubierto que era: un rey que debía revolucionar el legado de sus antecesores. En el lecho de muerte dijo a sus hijos que había aumentado en diez veces lo poco que le había entregado su padre. Esta afirmación, en gran parte exagerada, nos muestra cuál era la percepción que el rey tenía de su persona y de su papel en el acrecimiento, la renovación y el prestigio que había procurado a la Corona de Cataluña-Aragón.

Con una sabia mezcla de fuerza y diplomacia había conseguido imponerse a sus enemigos, tanto en el interior como en el exterior. Tan solo hubo un fracaso sonado: el condado de Provenza dejó de pertenecer a la esfera de poder de los condes de Barcelona debido a la mayor potencia del rey de Francia y el más hábil doble juego diplomático del papa, en una efectiva muestra de esa alianza entre capetos (y angevinos) y el papado que representa uno de los rasgos más destacados de la política europea del siglo XIII.

Esta manera de hacer llegó a un punto de inflexión en 1255. Después de haber organizado una amplia coalición contra Alfonso X el Sabio (Cataluña-Aragón, Navarra, el hermano del rey Enrique y poderosos nobles castellanos rebeldes) y a punto de hacer estallar la guerra, Jaime I se echa atrás y firma la paz en Soria a finales del mes de junio de 1256. A partir de este momento ya no intentó imponerse por la fuerza, sino mediante la influencia. Jaime se siente un monarca poderoso, respetado internacionalmente, como lo demuestra el matrimonio de su hijo, el infante Pedro, con la heredera del reino de Sicilia, Constanza, hija del brillante rey Manfredo. Quiere mostrarse como el rey más influyente del llamado, por algunos historiadores, sistema de monarquías hispánicas.

Solo en este contexto podemos explicar la absurda conquista del reino de Murcia en 1266, generosamente devuelto a Alfonso X sin pedir nada a cambio, o el insensato proyecto de cruzada, hacia septiembre de 1269, que, finalmente, se vio obligado a llevar a cabo, a disgusto, después de haberse comprometido públicamente en más de una ocasión.

Los últimos años del rey fueron turbados por la muerte de su joven amancebada Berenguera Alonso, por una gravísima crisis interna originada en la insegura política que mantenía con los nobles y por los celos que sentía hacia su primogénito, el infante Pedro, y agraviados por su absoluta pérdida de control de la situación. Ante la evidencia de la traición de su hijo ilegítimo Fernando Sanchís y una nueva rebelión de los musulmanes valencianos, tuvo que confiar, finalmente, en el infante.

La muerte le llegó, después de días de enfermedad, el 26 de julio de 1276 en Valencia, mientras volvía de la frontera meridional del reino, ya habiendo abdicado y dejado las operaciones en manos del heredero.

Traduit par Glòria Domènech
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Llibre dels fets
par Stefano Maria Cingolani
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Llibre dels fets del rei En Jaume
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