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Jacint Verdaguer

Visat núm. 10
(octubre 2010)
por Toni Sala
El año 2002, la celebración del centenario de la muerte de Verdaguer promovió una relectura y puesta al día de la obra de dicho escritor. La categoría de Verdaguer se había ido encogiendo por culpa de unos prejuicios antirreligiosos inversamente proporcionales al conocimiento de sus escritos. En la mismísima universidad, los profesores te confesaban que se habían sentido con fuerzas de leer L’Atlàntida o Canigó, cuando Canigó era la obra que por aquel entonces se hacía leer en los institutos. Por el motivo que fuera, el centenario sacó del primer plano estos dos grandes poemas de Verdaguer e hizo descubrir a muchos lectores las composiciones cortas.

El centenario también reavivó la popularidad de Verdaguer, que hoy debe continuar más o menos en el punto que estaba antes de las celebraciones. La fama de Verdaguer no la ha superado ningún otro poeta catalán, puede que porque Carner y Sagarra fueron, en el fondo, poetas de ciudad y Verdaguer es un poeta de ciudad, de pueblo y de todas las casas. Pero por lo que respecta a la popularidad, Verdaguer es sobretodo un poeta del siglo XIX, de antes que llegaran los políticos a discutirle a la literatura la encarnación de esta alma en pena, tal como describe Gaziel a Cataluña.

Si tomamos el Calendari Català, parece que el entusiasmo del cronista del concurso Jocs Florals de 1865 intuya la llegada de esta encarnación. Entonces, Verdaguer era un chiquillo vicense completamente desconocido, el pequeño poeta de comarcas que se presenta a recoger un premio menor. No veo que otra explicación puede tener el entusiasmo inmediato de aquella gente y la manera de acogerlo:

«…y al ver que era joven y campesino, al ver colgando de sus brazos la barretina catalana tan querida por nosotros, no fueron unos cuantos aplausos, no, los que se lanzaron al aire, fueron un torrente de gritos de bienvenida y palmas los que fueron a conmover el muy alto artesonado de la histórica Sala de Cent […] Iba avanzando el joven poeta, y damas y caballeros le paraban en su camino, y sabios y letrados se abalanzaban para verle. ¡Oh Verdaguer, tú que de los yermos planos y de los olivares, has venido a Barcelona coger un ramo del árbol de la gloria, vuélvete a tu nido, pájaro que revoloteas en mejor cielo, y como cada año las golondrinas, ruega a Dios que te deje extender las alas para venir a recoger otro ramillete o una nueva hoja […]».

Es como si intuyeran quién tenían delante suyo, en quién se convertiría. Y esta referencia a las alas: ¡cuántas veces las reclamará Verdaguer!

Para la literatura catalana, Verdaguer es tan fundacional como lo fue Ramon Llull. El uno y el otro son hombres de fe, como lo sería más adelante Josep Carner, el único poeta que ha podido comparársele. Sería posible escribir las vidas paralelas de éstos dos fundadores y sus posteridades paralelas. En su momento nada les iguala. En los tiempos de Verdaguer y entre las docenas de poetas de los Jocs Florals de la época estaban Rubió i Ors, un escritor que también pide una actualización, o el Guimerà poeta, que seguramente la soportaría. No es que Verdaguer sea el más grande, es que está hecho de otra materia. Su lengua es tan limpia que no ha pasado ni por la gramática y lo que expresa con ella es igual de puro. Verdaguer escribe con la propia carne, y es esta radicalidad que mantiene vivos sus versos, como un organismo que se auto-regenera.

Soy poeta y layador,
y es tan limpia mi tarea
que layo como un poeta
Y escribo como un layador.

(Traducción de Ricard Torrents. Verdaguer. Un poeta per a un poble, 1995)

El poeta y la carne —el layo— son lo mismo, por eso los prólogos de sus libros son tan esclarecedores. La obra de Verdaguer es una crónica de su vida, y su vida es una crónica de su obra. Sería interesante estudiar que en el mismo momento que Verdaguer, Tolstoi se aboca también a una vida mística, y ver así el efecto que tuvieron socialmente estos dos casos.

Personalmente, leo a Verdaguer como un poeta de orgullo, orgullo campesino, y orgullo significa fe. Sólo con ésta fe se podían acabar uniendo dos caminos, el del poeta y el del sacerdote, que Verdaguer tardó toda una vida en poder encontrar. En una carta del año 1869 aún escribe:

«Por ahora, me sienta muy bien mi nuevo estado y me voy afirmando más y más a la idea que ya tenía, que es lo mejor para quien ama la vera poesía… Ruegue a Dios, si alguna vez se acuerda de mí, que haga un buen cura antes que un buen poeta».

La última frase dice de qué lado le parecía, en ese momento, que andaba más falto. Parece imposible poderse trenzar una corona de espinas y laurel, pero después del vía crucis que él mismo se impuso, con la misma voluntad de martirio y, por tanto, de santidad que Llull, Verdaguer llega a la confluencia de los dos caminos. Una prueba de que lo consiguió es el hecho que titulara su último libro póstumo Al cel, expresando a la vez dirección (hacia el cielo) y lugar (en el cielo).

Traducido por Maria Comas
Jacint Verdaguer, 1883 (ILC)
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