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Mercè Rodoreda

Visat núm. 3
(abril 2007)
por Carme Arnau
Mercè Rodoreda (1908-1983) es la novelista más importante de la literatura catalana y también la más traducida, sobre todo su obra La plaza del Diamante (1962). Nacida en Barcelona, vivió en diferentes ciudades europeas, en París y Ginebra, de manera especial, y fue testimonio de los sucesos históricos capitales del siglo XX, de dos guerras: la Civil en Cataluña y la Mundial en Francia. La primera representó un largo exilio, que abarca la mayor parte de su vida, la segunda, una experiencia dramática. El conjunto de estas experiencias hizo que alcanzara una profunda madurez humana y, además, literaria; de hecho, su vida no es del todo la de una novelista –ella afirma haber vivido como hay que vivir, peligrosamente.

Mercè Rodoreda pertenece plenamente al siglo XX, calificado de tinieblas, con guerras, exilios y regimenes totalitarios, que se reflejan en su producción de una forma esencial; se trata de una narrativa que se centra en la vida interior de sus personajes, siguiendo la línea de los novelistas europeos que siempre admiró, de Tolstoi a Proust, pasando por Virginia Woolf y James Joyce, entre otros, una línea que actualizó e hizo personal.

De la producción de antes de la guerra, Rodoreda sólo aceptó Aloma (1938), que reescribió en 1969; se trata del retrato de una adolescente sensible y solitaria, una figura absolutamente convincente, porque Rodoreda es una hábil creadora de personajes. De forma semejante, se retrata una Barcelona –escenario de casi toda su producción- llena de atractivo, pero de un tiempo histórico ya conflictivo, con las calles manchadas de sangre, que anuncian una guerra cercana. De hecho, en el prólogo de su última novela, de título suficientemente explícito, Cuanta, cuanta guerra... (1980), Rodoreda destaca que, alrededor de su generación, hay una intensa circulación de sangre y de muertos y que, por este motivo, la guerra siempre aparece en sus novelas. Es el caso de las más reconocidas, La plaza del Diamante y Espejo roto (1974); en esta última, obra de gran complejidad, la Guerra Civil pone punto y final, tan abrupto como trágico –con fuego y llamas, literalmente-, al rico entramado de personajes y de historias; se trata de una especie de retablo de la Barcelona burguesa, que abarca la época comprendida entre el final del siglo XIX y la Guerra Civil. La autora, con un profundo conocimiento de la vida y de los repliegues más escondidos del hombre –con el relieve del inconsciente y de los sueños-, demuestra que domina con pericia los recursos y las técnicas narrativas más diversas –también la del folletín-, para atraer al lector, sin renunciar nunca a una exigencia literaria que caracteriza su esencial producción.

En cuanto a La calle de las Camelias (1967), resulta también evidente la imprenta de la guerra, con una protagonista sin nombre, que tiene que dedicarse a la prostitución para sobrevivir en la Barcelona de la posguerra, con el recuerdo de los muertos y carente no sólo de vitalidad, sino también de identidad. Una vez más, Rodoreda demuestra la verdad y también el valor simbólico de sus personajes, sobre todo femeninos, las grandes protagonistas de su obra. En cambio, la guerra y el amor, sus dos temas centrales, consiguen un valor casi mítico, con una protagonista que se llama Eva, a Cuanta, cuanta guerra..., donde reflexiona, de manera personal y profunda, sobre las nefastas consecuencias de las guerras, unas guerras que dejan una imprenta trágica también en los paisajes por los que pasan, unos paisajes a menudo mágicos; se trata, en este caso, de una obra de tipo fantástico, donde la autora demuestra la amplitud de sus registros, al desplegar una imaginación muy personal, no sólo con ecos clásicos, sino también de la tradición esotérica.

Ahora bien, desde un lado o el otro del espejo, Rodoreda siempre reflexiona sobre la condición humana, una condición trágica, en contraste con la belleza del mundo circundante, captada por personajes de gran sensibilidad.

Rodoreda, hecho no muy frecuente, es, además de novelista destacada, una excelente cuentista, como lo demuestran los diferentes libros de cuento que publicó, des de Vint-i-dos contes (1958), con técnicas diversas, a Mi Cristina y otros cuentos (1967), de gran unidad y originalidad, para desembocar en las prosas poéticas de Viajes y flores (1980). Y siempre el rigor de una autora que se considera, sobre todo, una estilista, y que ha destacado que “una novela son palabras”. De hecho, si en su producción hay el sustrato de los grandes novelistas y poetas europeos, también encontramos el de los narradores catalanes a quien considera sus maestros: Verdaguer, Ruyra y Carner.

Traducido por Guiomar Coll
Mercè Rodoreda, fotògraf desconegut, 1980 (AHCB-AF)
Comentarios sobre la obra
Aloma (1938 y 1969)

por Neus Real
Aloma in the city(1934-1938)
por Anna Maria Saludes
La mort i la primavera (1986)
por Brunella Servidei
Algo más que un capricho 
por Barbara Łuczak
Fragmentos
Aloma (Español)
Català | Deutsch | Français | Italiano
La calle de las camelias
Català | Français | Italiano
Isabel y María
Català | Italiano
Jardín junto al mar
Català | Italiano
Mi Cristina y otros cuentos
Català | Français | Polski
La muerte y la primavera
Català | Italiano | Polski
La Plaza del Diamante
Català | Deutsch | English | Français | Italiano | Ivrit | Polski | Romanès | Serbi
Espejo roto
Català | Deutsch | English | Italiano | Polski | Romanès
Cuanta, cuanta guerra
Català | Français | Italiano
Viajes y flores
Català | Deutsch | Italiano | Polski
«La mainadera»
Català | Hindi
Reseñas
Mercè Rodoreda
por Neus Real
Petita gran llengua
por Òscar Pujol
Pobre Quimet...
por Jana Balacciu Matei
Universalismo del barrio propio


por Barbara Łuczak
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