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Semana Santa (1971)

por Jordi Cerdà
En el prólogo de Semana Santa, Espriu confiesa la atracción que desde siempre sintió por la imaginería de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En efecto, si hacemos un recorrido por la primerísima obra de nuestro autor nos encontramos, por ejemplo, con el poema «Dansa grotesca de la mort» («Danza grotesca de la muerte»), incluido en Les cançons d’Ariadna, de una temática procesional evidente.

En Laia, Vador, hijo de un padre laico y de una madre católica, vive las incertidumbres y las contradicciones religiosas en la procesión de Semana Santa, que ocupa todo el capítulo XV de dicha novela. Seguramente, Espriu proyectó su sufrimiento en este personaje, que lleva el nombre con el que la madre de Espriu solía llamarlo. El camino amargo, la muerte caminada, es el destino de esta voz desesperada que se pregunta qué hay más allá. «¿Qué veías en el camino?», también se lo preguntará en el poemario Semana Santa con gran dramatismo, un tema que está omnipresente en gran parte del resto de su obra.

En 1963 Salvador Espriu da a conocer una suite de nueve poemas en «Setmana Santa», un opúsculo anual que publicaba la Ilustre Cofradía de San Magín, Mártir, una cofradía que desfilaba y desfila aún únicamente en la procesión de Viernes Santo en Tarragona. En 1971 aparecieron los cuarenta poemas que integran Semana Santa en «Quaderns de Poesia», de Edicions Polígrafa. Esta colección la dirigía el amigo de Espriu y también poeta Tomàs Garcés, quien le había solicitado un poemario para iniciarla. A partir de la suite de 1963, Espriu escribió treinta y un poemas más durante el otoño de 1970, que sumados a los nueve previos alcanzan la cuarentena definitiva que conforman el libro. Los cuarenta poemas son de una complejidad formal destacable y no sufrieron prácticamente ninguna corrección en posteriores ediciones. Una vez más, Espriu se revela como un poeta de etapas creativas muy intensas y a quien la solicitud externa marca el impulso creativo.

Mucho se ha escrito sobre la influencia de la mística judía en la obra de Espriu, influencia que en el bello e importante prólogo de Semana Santa él mismo lo confirma sin darle importancia. Sin embargo, querría insistir en algo que, aunque parezca obvio en un libro como el que es objeto de mi aproximación, a veces queda relegado a un segundo plano: Espriu es un poeta con una arraigada cosmovisión cristiana, lee la Biblia seguida por la liturgia cristiana, y su pensamiento considera un Dios tripersonal. Incluso me atrevería a decir que la mística cabalística con la que especula también pasa por un insoslayable tamiz cristiano. Insisto: el cristianismo conforma principalmente su cultura y su obra es un reflejo de ella. Evidentemente, algo muy distinto fueron sus convicciones más íntimas, la fe, una cuestión sobre la que siempre se definió como un «agnóstico reverente» (con toda la problemática, que no es poca, que el propio Espriu introdujo en esta definición).

Espriu señala en el prólogo de Semana Santa que toma por guía de fondo la «Pasión» según San Marcos. El evangelio marquiano se inicia, después del encabezamiento, con una cita de Isaías y en un lugar preciso: Galilea. El profeta apunta en la imagen del camino la idea de la salvación como un nuevo éxodo, tema fundamental de toda la segunda parte del libro del profeta. El evangelio de Marcos se caracteriza, desde el principio, por la actualización que ofrece del motivo del camino, tanto en la literatura profética como, de hecho, en todo el Antiguo Testamento. Realizando un recuento y valoración de la palabra camino en Semana Santa, nos damos cuenta de que Espriu también ha intentado, ya sea reproduciéndolas o bien sirviéndose de expresiones semánticamente relacionadas —como por ejemplo, el sintagma muerte caminada de la siguiente tanka, que es extraordinaria—, repartir a lo largo del poemario ciertas unidades léxicas que, como ésta, funcionan a fuerza de repetirse como si fuesen ejes de sujeción que aseguran la estructura global, sólida y unitaria del poemario.


¿Quién pedía
hoy unas palabras
que lo acompañasen?
Luces en este cortejo
de la muerte caminada.

(Semana Santa, XI)


Marcos sitúa su evangelio en la perspectiva de las categorías fundamentales del Antiguo Testamento, en la memoria del Éxodo y la Alianza. La palabra camino subraya esta intencionalidad. Concretamente, enraíza con dos experiencias definitorias: la liberación de Egipto y la lucha por la justicia de Dios. Este ponerse en camino se traduce por parte de los seguidores de Cristo en angustia, miedo y huída (o cobardía). Uno de los momentos más destacados de esta tensión puede que sean las tres negaciones de Pedro, a las que Espriu se refiere constantemente en su poemario:


Han ofrecido
al miedo
que se reanime
junto a teas
recién
encendidas.

Preguntado
por tres veces,
el espanto niega
palabras y tratos
con el hombre
rebelde.

Desde lo alto
le hiere
la mirada.
Al rayar el alba
cantaban los gallos.

(Semana Santa, XXI, v. 31-48)


El desierto tampoco es especialmente un lugar geográfico, sino una actitud, muy presente en gran parte de la obra de Espriu y sobre todo en Semana Santa. En hebreo, desierto es «midbar», una clara alusión a «dabar», que significa palabra. Desierto, pues, sería el lugar de la palabra, un estado de conciencia en el que se está particularmente abierto a la experiencia del Dios de la Promesa. El camino es dejar lo que es viejo para encontrarse a la intemperie, es el movimiento, la necesidad de abandonar la tranquilidad de la casa y situarse «en el demente / mundo sin ley» (Semana Santa, II, v. 5-6). Dicho de otro modo en la primera pieza del poemario, el paso del «desnudo alcor del cántico», del estatismo del último verso de Libro de Sinera («torno la dura voz en desnudo peñasco del canto», XL, v. 8), a la transitividad, al incierto camino en el que se inicia Semana Santa:


La verdad nos parece una fábula,
se quiebra en el desnudo alcor del cántico.
En troceados vientos del espanto
danzamos dos, el loco y la ramera.
Libertados, nos hemos entregado,
bajo podridos dedos de leproso,
al baile de los crímenes. Voltea la veleta,
jamás paramos, porque el amo es ella.

(Semana Santa, I, v. 5-12)


Sin lugar a dudas, una de las características esenciales del evangelio de Marcos es el final: la escena de la tumba vacía. «Las mujeres, al ver el sepulcro vacío, huyeron como sobrecogidas que estaban de pavor y espanto; y a nadie dijeron nada en el camino, tal era su pasmo» (Mc 16, 8). Ante la reacción tan humana de los personajes de la escena, Marcos interpela al lector para motivar en él una respuesta activa, el seguimiento. Aparece Galilea, el lugar teológico, donde el evangelista había iniciado su relato. Parece, pues, que hay una intencionalidad autoreferencial en la propia narración: termina donde empieza. La voluntad implícita es que, terminada la lectura, se inicie de nuevo, se haga una lectura en espiral. El secreto mesiánico, tan insistente en el relato marquiano, ha de entenderse a partir de la asunción del mensaje. La paradoja, que podríamos calificar de extremadamente radical, es que la esperanza cristiana tiene como fundamento la cruz y la tumba vacía.

Entre la palabra evangélica a la que el creyente intenta responder y su respuesta hay una distancia, una gran distancia; no hay correspondencia posible. Las mujeres valientes y fieles corrieron al amanecer para visitar el sepulcro donde Jesús debía yacer, depositado como objeto y como signo. Descubrieron una tumba vacía y sintieron miedo. La soledad del caminante ante la propia tradición está muy alejada de la solidaridad. También nos puede recordar a la experiencia de Job, tan apreciada por Espriu. Los amigos le hablaban acerca de la verdad, algo que Job contrastaba con un despojo radical. Las palabras (quebradizas y vanas) de los sabios y de los eruditos decepcionan, porque no son proporcionales al interrogante que nos abate. Pocos versos muestran de una forma tan desgarradora esta rotura, la de María Magdalena, y también la de Espriu:


Inmóviles del todo, con espanto
miran, escuchan y después
ya regresaban a ciudad.
Pero la que no quiere más
siente un brusco dolor sutil
cuando pierde, viéndolo ante ella,
finos alambiques de soledad.

(Semana Santa, XXXVII, v. 11-17)


Se ha dicho que el evangelio de Marcos es la historia de la Pasión precedida de un largo prólogo. En este sentido, la opción de Espriu parece razonada, pues no cabe duda de que el evangelio marquiano es el que centra, como ninguno, el acontecimiento mesiánico en la Pasión. El relato de la muerte de Jesús tiene un tramado temático que corresponde a la teología bíblica del sacrificio del justo, uno de los temas que con más riqueza y profundidad ha tratado el libro de los Salmos: el problema del sufrimiento del inocente. Injustamente perseguido, torturado y asesinado por los pecadores a causa de su fidelidad a Dios, Jesús se someterá al destino más cruel. Por este motivo, debemos tener presente Para el libro de Salmos de estos viejos ciegos, que desde el título hasta parte considerable de la temática expuesta en los haikus, nos remite al salterio y anuncia planteamientos que se desarrollarán en Semana Santa. De este hecho surge la pregunta ¿por qué la lucha por la justicia, la paz, la libertad debe terminar en derrota? Marcos plantea la tesis de que la Pasión es el signo más elocuente de la situación contradictora en la que vive la humanidad sometida, por el pecado, a la tiranía del fuerte. La muerte de Jesús es la muerte del Justo, de su opción libre.

Desde esta libertad insobornable, modulada por un incontrovertible escepticismo, el poeta también se plantea esta cuestión: Semana Santa recorre los senderos que nos acercan al Espriu más comprometido que levanta la voz para denunciar la persistente injusticia; un elemento que la crítica en seguida descartó y que sintonizaba con la figura de un Jesucristo rebelde que, desde las voces más progresistas dentro de la Iglesia o, incluso desde fuera, tomó el protagonismo en el Concilio Vaticano II:


Treinta monedas, en Sepharad,
son una fuerte cantidad.
Te vendo por ellas, y hasta por nada,
no sólo este desnudo preso,
sino nuestra dignidad,
el cielo, los campos, las fuentes, el trigo,
todo el país, de mar a mar,
lenguas, costumbres, pasado, futuro,
el pensamiento, las leyes, el fuero.
Es un buen precio, no te cuesta caro.

(Semana Santa, XX, v. 1-10)


Espriu trabaja sobre la representación escénica de la procesión de Semana Santa. Este escenario a priori estático (como son los pasos, «sustanciales», fotos fijas) se contrapone a la misma voz poética, en camino, consciente de su evidente transformación, coextensiva a la vida de los hombres. La acción escénica que se deriva no puede ser nunca una realidad inmutable, sino una dimensión simbólica que incansablemente apunta a algo situado más allá: «¿Qué veías en el camino?». La pasión de Cristo, justamente por su fijeza narrativa, es un relato eminentemente móvil, con un indiscutible carácter vehicular, porque puede ser el «transporte» (metaphoroi) de las experiencias y de la acción del ser humano. En este sentido, cabe reparar en la gran diferencia que presenta respecto a las anteriores aproximaciones de Espriu, más biográficas o elegíacas, a la temática de la Semana Santa. Este libro asume con todas sus consecuencias la modernidad como categoría de cambio. Desde una perspectiva tanatológica, Espriu siempre tiene en mente la condición de caminante, de movilidad y de transformación. A partir de esta naturaleza de caminante hay una mezcla de libertad (posibilidad), finitud (cantidad determinada de espacio y de tiempo, incertidumbre y angustia) y movilidad (la no-fijación en el marco del mero instinto animal). Tres características que Espriu reivindica ya en el prólogo (y también en los versos): «Creo que nos pertenece el libre, fundamental e imprescriptible derecho de interrogar e indagar, sin rendirnos jamás a la coacción de ninguna pretendida autoridad, sea ésta del color que sea, sobre toda clase de problemas y cuestiones. Y estoy al mismo tiempo convencido de que ni es superior en claridad o agudeza mental el individuo carente del concepto metafísico de la vida, o que lo ha rechazado o ha renunciado a él, ni es mejor el adherido a una u otra ortodoxia o credo, piadoso o no. Contra esta doble falacia, tan primaria como extendida y frecuente entre nosotros, me revuelvo sin vacilaciones, yo, vacilante e inseguro de raíz. Por otra parte, yo soy un simple hombre, pero así y todo un hombre, no una miserable larva o un tímido infeliz dispuesto a lloriquear y autoacusarse en cuanto los unos o los otros de los cínicos y crueles señores del poder de turno manden a sus verdugos que le laven, con cualquier marca de repugnante e ignominioso estropajo, el cerebro».

Uno de los momentos axiales de Semana Santa se encuentra en las piezas XXIV, XXV y XXVI. Tres poemas, como las tres grandes negaciones de Pedro, encabezados por el mismo verso: «¿Qué es la verdad?» En este caso, la fuente inspiradora no es el evangelio de Marcos, sino el de Juan, cuando Poncio Pilato le pregunta sobre su condición de rey y Jesús responde: «Yo soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz. Dícele Pilato: ¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 37-38). La última pregunta de Pilato quedó en el aire para siempre, o tal vez no. La presencia de Jesús era, quizá, la respuesta: «sólo, quizá, este hombre, / el escondrijo tuyo» (XXIV, v. 4-5).

Ciertamente, la concepción de la figura de Cristo no es ajena a las corrientes y debates teológicos de aquel momento, ni tampoco al campo humanístico y creativo de aquellos años. La cristología tradicional quedó truncada por una teología que, con el evangelio en mano, debía adaptarse a nuevos requerimientos. Lejos quedaba ya una teología postridentina que había encerrado la palabra de Dios en una estructura que tenía la función de tranquilizar, sosegar o eximir de pensar; de sustituir el pensamiento por asociaciones de palabras. La reacción contra esta concepción del cristianismo (y de la cristología que de ella se deriva) se puede contrastar en la lectura de determinados pasajes de Semana Santa. Espriu es constante en la denuncia de la profanación de la palabra, «la queremos pescado con harina» (III, v. 2); y de la amenaza constante que los «velos de secreto» (XXXI, v. 2) o «veleros de engaño» (XL, v. 15) nos eximen del humanísimo «derecho de interrogar e indagar».

Un Cristo reinterpretado tiene, no sólo en nuestro autor, sino en diversos creadores de nuestro país y de todo el mundo, un motivo en el arte de aquel tiempo. Pienso en Blai Bonet y en Miquel Bauçà y también en Krzysztof Penderecki o en Pier Paolo Pasolini. La figura de Jesucristo, desde la perspectiva del creyente o no, interpela contra cualquier supuesta autoridad, contra cualquier refugio acomodaticio. Su pasión ha vehiculado las experiencias de muchos creadores que, como Espriu, se propusieron indagar sobre la verdad del «hombre que tengo ante mí» (Semana Santa, XXV, v. 17).

 

NOTA: Las traducciones de los poemas son de: Semana Santa [Setmana Santa] en la edición de Años de aprendizaje.Obras completas. Traducción de Andrés Sánchez Robayna y Ramon Pinyol Balasch. Barcelona: Edicions del Mall, 1981. Vol. 3, p. 37-131. Y la traducción del prólogo: Semana Santa. Traducción de Basilio Losada Castro. Barcelona: Ediciones Península, 1972.

Traducido por Maria Riera
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