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Crónica (Libro del rey Pedro)

por Stefano Maria Cingolani
  Bernat Desclot, que desde mediados del siglo XIX goza de la fama de historiador objetivo, proporciona, en su Crónica, una visión laica y caballeresca de la historia de los reyes catalanes de la Corona de Aragón y muestra una notable capacidad de aprovechar leyendas e inventar mitos históricos. Además de la rigorosa utilización de documentos de archivo y de prestar fiel palabra a la publicidad real, su interpretación del rey Pedro III es también a la vez crítica, en algunos aspectos, y contiene una fuerte carga literaria y ejemplar.
 

La Crónica de Desclot fue escrita en dos etapas: entre 1280 y 1286 el cronista da forma a la primera redacción del texto; entre 1286 y 1288 la revisa y corrige, en algunos casos, los planteamientos y la información y, principalmente, añade más noticias, aprovechando los materiales que le eran desconocidos. Sin embargo, esta obra de revisión se interrumpió en el capítulo 130, debido, muy probablemente, a la muerte del autor. Todavía parcialmente inédita la primera redacción, la que es comúnmente leída es la segunda, a pesar de que desde el capítulo 131 hasta el final ambas presentan el mismo texto.

Los protagonistas de la Crónica de Desclot son cuatro: el Buen Conde de Barcelona, Pedro II, Jaime I y, finalmente, Pedro III, entre los cuales los últimos dos monarcas aparecen especialmente destacados. La figura clave para Desclot, en su elaboración historiográfica de un pasado mítico bien disfrazado de histórico, es la del Buen Conde de Barcelona, hábil mezcla de padre e hijo, Ramón Berenguer III y IV, figura que es el capítulo que concluye la historia condal, y el digno fundador de la historia real. El Buen Conde aparece en tres episodios: en el primero, que tiene como tema la obtención de Aragón; en el segundo, que habla de la emperatriz de Alemania; y, finalmente, en el tercero, que insiere cuando, hablando de los preparativos de la expedición a Mallorca de Jaime I, se recuerda la precedente conquista de la isla, siempre por parte del Buen Conde de Barcelona entre 1114 y 1115.

El de Pedro II, por lo contrario, no es un retrato completamente conseguido, no es un rey que se fije en la memoria de manera indeleble, pero es un rey de carácter positivo (puesto que el cronista ha manipulado sus fuentes para acentuar las características caballerescas del rey y difuminar los fracasos o los puntos oscuros), rey que, a pesar de no conquistar nada para sus estados, se comportó de acuerdo con las exigencias de una estirpe real de alto linaje y de conquistadores, nobles y caballeros, que realizaron grandes hechos sobre los sarracenos con la gran victoria de las Navas de Tolosa (el día 16 de julio de 1212), en la que se atribuye casi todo el mérito de la victoria al rey Pedro II.

En la parte central de su texto, Desclot se encuentra delante de la difícil tarea de aceptar el papel fundamental de Jaime I como nuevo creador, como verdadero héroe del casal, y como autoexaltado por el Llibre dels fets (Libro de los hechos). Pero, a la vez, debe reducirlo a las coordenadas más laicas y caballerescas de su crónica —Desclot nunca recurre a la providencia como forma de interpretación general, rasgo que lo distingue profundamente de buena parte de los demás historiadores, sobre todo de Jaime I, Muntaner y Pedro IV. Una manera, esta de Desclot, de aceptar, a fin de cuentas, la visión proporcionada por el mismo Jaime I como impulsor de las nuevas glorias de la monarquía, otorgándole el papel preeminente que efectivamente tenía, utilizando, más que las afirmaciones explícitas y directas, la retórica y los modelos literarios (desarrollando, por ejemplo, la leyenda del nacimiento del rey en sentido novelesco), es decir, ideales laicos, caballerescos y tradicionales (como resulta evidente de la descripción del monarca, única en toda la Crónica, tan influenciada por estereotipos literarios). Nada, en conclusión, ni de la religiosidad que el mismo Jaime se atribuye con la constante protección por parte de la Providencia, ni de su posición de creador del nuevo estado desde la nada. Al contrario, un rey laico y cortés que es eslabón, histórico e ideal de una larga e ilustre cadena, a pesar de reconocer su papel determinante en las conquistas de Mallorca y de Valencia.

A diferencia de todas las demás, la parte de la Crónica de la cual es objeto Jaime I está organizada como una verdadera biografía, y creo que esta peculiaridad se debe exactamente a la existencia del Llibre dels fets, que confirma la dependencia, también estructural, de Desclot respecto a sus fuentes escritas.

Un hecho que sorprende, pues, es el del retorno, por lo que respecta a Pedro III, a la ausencia de un modelo narrativo biográficamente estructurado, ya que, por lo que parece, Desclot se vio obligado a organizar su discurso, en buena medida, por la misma evolución de los sucesos, sin poder o querer utilizar ningún modelo. En la segunda redacción, Desclot enfatiza algunos detalles al presentarnos la acción del rey con el objetivo de confeccionar, con más matices i consistencia, la figura de Pedro III como rey modélico. Quizás se tenía que corregir la imagen de rey impulsivo y audaz, imagen que puede que diera una buena impresión cuando era niño, pero que no encajaba nada bien con las responsabilidades de un rey que debía ser sabio y prudente. Se tenía que profundizar, también, en las comparaciones entre Pedro y su padre, que estaba muy dotado de estas mismas virtudes, y que, con mucha autocomplacencia, se había declarado poseedor de estas en el Llibre dels fets. Exaltación modélica del rey Pedro, pues, también en referencia a Jaime I, y a demás elementos para su speculum principium y para la teorización política.

Pero debemos considerar el carácter del rey Pedro y, sobre todo, el tratamiento que hace el cronista, porque podría decirse que buena parte del planteamiento global de la Crónica, particularmente en la remodelación operada en la segunda redacción, proviene precisamente de la necesidad de encontrar una explicación y una razón a este carácter, en especial a un acto del rey, tan incomprensible e injustificable, tanto para Desclot como para sus contemporáneos, como era el desafío de Burdeos. Este episodio, empezado el noviembre de 1282 y que tenía que llevar al rey Pedro y a Carlos de Anjou a enfrontarse en duelo en una liza apareada de la ciudad de Burdeos, parece aparentemente secundario, y, sin embargo, logra un papel central en la construcción ideológica y también literaria del texto.

Por otro lado, el retrato del rey también presenta algún aspecto negativo, como la desidia, en algunas fases, en desarrollar las actividades bélicas contra los invasores franceses; rasgo que Desclot corrige al presentarnos una tendencia del rey a la autocrítica y a pedir disculpas a sus súbditos, y en parte juntamente, con estas, su misericordia. Aspectos que contrastan fuertemente con el carácter del rey que, por lo contrario, desde siempre era lo suficientemente autoritario y confiado, tal como lo podemos imaginar por otras fuentes y por su conducta en las operaciones militares.

En forma de síntesis, debe decirse que, a pesar de no dibujar un retrato completo del rey Pedro, ni organizado, como el de su padre, en forma de autobiografía, dedica mucha atención y cuidado a delinear su personalidad y carácter. Y, esto, más destinado a la construcción de un rey modélico y no a dejarnos una prueba de su verdadera personalidad. Debemos ver, pues, a Desclot no solo como un buen historiador profesional y una fuente de primera importancia por los sucesos que relata, sino también como un gran inventor de leyendas y mitos. Y, de estos, el más importante y duradero de todos es, probablemente, ‘su’ rey Pedro, entregado a la historia posterior en forma de mito, lo suficientemente diferente del rey Pedro histórico.

Traducido por Anna Rosich
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