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Ramona, adéu (1972)

por Neus Real
A través de la historia de tres mujeres barcelonesas que representan tres generaciones de una misma familia, Ramona, adéu proporciona un mosaico histórico y social de la ciudad de Barcelona en el período que abarca de finales del siglo XIX a los años sesenta del siglo XX. Un mosaico que tiene que ver, sobre todo, con la necesidad de Montserrat Roig de recuperar su propio pasado; entenderlo y aceptarlo para poderlo dejar definitivamente atrás: de aquí el “adiós” del título. La centralidad del género, y por lo tanto la versión particular de este pasado que la novela ofrece a través de la experiencia femenina, evidencia los intereses personales y literarios de la autora y la importancia tanto de la representación y la creación de la mirada como de la narración de una mujer en la primera etapa de su producción.

Ramona, adéu se abre y se cierra con un monólogo de Mundeta Ventura que eclosiona su experiencia de mujer embarazada en busca de marido poco después del bombardeo del Coliseum, en la Barcelona de marzo de 1938. Entremedias, la narración alterna la historia de este personaje con las de su madre e hija. Son tres mujeres bien diferentes y de épocas diversas y, sin embargo, comparten cosas fundamentales: el vínculo familiar, el nombre (las tres se llaman Ramona y todo el mundo las denomina Mundeta), la importancia de las relaciones con los hombres, el peso decisivo de los hechos históricos en sus vidas y, sobre todo, el silencio en qué viven y la incomprensión mutua que las afecta. Las tres Mundetas no se conocen realmente entre ellas, no conocen ni sus secretos ni sus sentimientos. Y esta incomunicación explica, al menos en parte, las características de la realidad en qué viven y como la viven.

Mundeta Jover, de posición económica desahogada, elegante y romántica, se casa bien joven con Francisco Ventura. Pero este coleccionista de mariposas mediocre, pusilánime y que le escribe versos malos en castellano, pronto decepciona sus expectativas. A la sazón, la joven se centra en las atenciones que le dedica un estudiante, el encuentro definitivo, estrictamente sexual (y forzado), que le supone un descalabro físico y moral, sumiéndola en la culpa del adulterio (una culpa que expía a través de la religión) y en el chasco definitivo de su ideal sentimental. La niña que tiene más adelante, gris como su padre, no hace sino confirmar el vacío de la vida de Mundeta Jover. El dietario que escribe entre el 6 de diciembre de 1894 (dos días antes de su boda) y el 2 de enero de 1919 (fecha de la muerte de su marido) permito recorrerlo con sus propias palabras medianteel trasfondo de la historia: la bomba del Liceo, la Semana Trágica, la Gran Guerra...

Mundeta Claret, su nieta, es una joven de la Barcelona de los años sesenta que ve su abuela como una persona serena, sabia y fuerte. A pesar de que tiene más oportunidades que las mujeres que la preceden (accede a estudios superiores), de que está políticamente comprometida y de que vive teóricamente liberada de las cadenas tradicionales de su sexo, la existencia de esta tercera Mundeta está igualmente marcada por la infelicidad. No se entiende con la familia (ni con un padre autoritario ni con una madre que encuentra sumisa y poca cosa hasta la irritación), y a la universidad tampoco encuentra el que necesita. La relación con Jordi Soteres, uno de los líderes destacados de la facultad, no deriva en el compromiso que ella querría; y la lucha político-social tampoco la satisface, porque en el fondo defiende teorías que no siente y se da cuenta de que ella y sus compañeros no conseguirán cambiar el mundo. Esta es la razón por la que finalmente lo abandona todo, en una primera comprensión de la realidad muy dolorosa pero, con todo, más honesta.

Su madre, Mundeta Ventura, es una ingenua que no se da cuenta de nada (el día en que se proclama la República, por ejemplo, sólo está pendiente del chocolate con melindros que se está perdiendo). Tímida y vergonzosa, se enamora de un joven sensible y extraño y tiene relaciones sexuales justo antes de que él se suicide, incapaz de soportar lo que ha vivido con los Hechos de Octubre de 1934. He aquí el secreto que somete a esta mujer a la tiranía de Joan Claret, el marido especulador que la anula completamente —justo es decir que con una excepción: los momentos en qué recuerda la guerra y el día que pasó buscándolo entre las ruinas. Que este episodio enmarque la novela de Roig subraya la relevancia de una sensación única en la existencia del personaje, paradigma de un determinado exponente de la condición femenina: la sensación de no tener miedo y de poder respirar libremente, ahora y aquí, en el presente, sin pensar en el pasado ni en el futuro, inhalando la vida que se impone en medio de la muerte y la destrucción.

Traducido por Miguel Ángel Muñoz Zammit
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