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Tiempo de cerezas (1976)

por Núria Cabré
Las novelas de Montserrat Roig son el reflejo de una Barcelona entrañable. La escritora quiere dar voz a, fundamentalmente, mujeres para que puedan explicar sus vidas, relaciones, aficiones y también la época que les ha tocado vivir. A través de las protagonistas, nacidas y criadas sobre todo en el Ensanche, y de los espacios de interrelación, la escritora nos ofrece el testimonio directo de una ciudad en expansión que ha entrado en decadencia. Este espacio testimonial y el ejercicio de la memoria individual y colectiva se dirigen a generaciones futuras.
La obra forma parte de una trilogía que la autora escribió en la década de los setenta del siglo pasado: Ramona, adiós , Tiempo de cerezas y La hora violeta . En estas obras, Roig nos explica su entorno familiar: las familias Claret y Miralpeix aprenden a sobrevivir en un tiempo marcado por el oscurantismo de la dictadura franquista, sin esperanza de futuro.

Tiempo de cerezas (Premio Sant Jordi de Novela 1976) hace un retrato impresionista de la familia Miralpeix en plena decadencia. El título de la obra expresa el símbolo del paraíso perdido de la niñez del poeta de la Comuna francesa Jean Baptiste Clément: «Quand vous en serez au temps des cerises / Vous aurez aussi des chagrins d'amour.» Los protagonistas se obstinan en encontrar un sentido a la vida, buscándolo en una promesa de la felicidad. Emilio y Natàlia, la protagonista, desean que llegue su tiempo de las cerezas, «la primavera de la felicidad.»

Natàlia vuelve a Barcelona, después de haber vivido doce años en Francia e Inglaterra, pocos días después de la ejecución del activista político Salvador Puig Antich. Este hecho sirve a la autora para explicar la crudeza de la dictadura franquista, caracterizada por la represión de la libertad de expresión, así como por la falta de un pensamiento político e ideológico.

El hilo narrativo de la novela a menudo devuelve al pasado y hace presentes los recuerdos de la familia Miralpeix, desde la generación del abuelo Joan, despótico y frío, hasta los tiempos del bisnieto Màrius, nombre que la autora escoge como homenaje del poeta Màrius Torres.

La novela se estructura en cinco partes y está escrita en tercera persona omnisciente. La acción transcurre en una semana, la del regreso de Natàlia —eje vertebrador de la novela. Gracias a las relaciones que tiene la protagonista con toda la familia Claret-Miralpeix, va retratando unos personajes variados y tristes que se arrastran por la Barcelona de los años setenta, sin ánimo, en un mundo que ha perdido los valores humanos a consecuencia de la guerra y los trances de la posguerra. Natàlia se mueve por este espacio cerrado y estadizo con un miedo irracional que la va consumiendo, hasta que, hacia el final de la novela, puede reencontrarse con el padre y tomar conciencia de su responsabilidad como hija y hablar con lucidez y serenidad, como mujer madura que es.

La primera parte de la novela nos explica las costumbres de la familia. Así, en «Gorgs» nos adentramos en el piso del Ensanche de la tía Patricia. La protagonista tiene su primera gran decepción al ver cómo vive este personaje y como han cambiado la casa y el jardín: «Natàlia miraba hacia la galería, llena de la luz gris de aquel mediodía neblinoso y húmedo y buscó el limonero y las buganvillas. «Y el limonero», hizo unos pasos hacia adelante y se detuvo delante de las cristaleras. ¿Y el limonero? Repetí, ¡qué ha pasado tiita, esto no lo veo igual!» La tía Patricia se vendió el jardín porque suficiente trabajo tenía ya con el piso y, además, el jardín le traía malos recuerdos. Los espacios del Ensanche dependen del nivel económico de la familia. Así, no es el mismo el piso de la Patricia que el de Joan Miralpeix, hermano de la protagonista: «No te pienses, añadió, que aquí vivimos al día. Hemos cambiado mucho. No encontrarás ninguna diferencia con Inglaterra.» Natàlia ha vuelto a Barcelona porque la echaba de menos, pero se decepciona al ver cómo ha cambiado. «Barcelona era un inmenso cadáver despanzurrado», concluye.

Montserrat Roig retrata magistralmente todos los personajes en las primeras partes de la novela: Joan, su padre, locamente enamorado de su mujer, Judit Fléicher, tierna y delicada, obsesivamente trastornada por la muerte de su amiga Kati, la tía Patricia, casada sin amor con el poeta Esteve Miràngels, un poeta nouocentista a quien la autora retrata de una manera grotesca, y amigo y amante del Gonçal Rodés, amor platónico de Patricia, y acaba con la nueva generación, la de Natàlia y Màrius, hijo de Joan, egoísta y triunfador, y de Sílvia, una mujer sin ninguna cultura que vive atada al marido y a la casa y sólo se preocupa de su físico.

Al final de la novela, Màrius y Natàlia pasean por Barcelona y aprenden a quererla porque han entendido «que la ciudad la llevamos adentro.» En su preocupación por escribir, Montserrat Roig reflexiona sobre la ciudad que lleva —como ella dice— en su interior. Roig relaciona la ciudad con un espacio que, al evocarlo, resulta doloroso, pero que hace falta recordar y traducir en palabras. En esta novela nos hace, pues, una crónica de su tiempo. El análisis realista que hace la acerca a los maestros Honoré de Balzac y Narciso Oller, cronista característico del siglo XIX catalán.

El limonero del jardín de la tía Patricia ha desaparecido; pero, aun así, su olor —el aroma del otoño— es el aroma de la ciudad de Barcelona. El limonero, este objeto simbólico, le sirve a Montserrat Roig para evocar, igual que al poeta Gabriel Ferrater, los dramas de la posguerra. En el libro Dime que me quieres aunque sea mentira nos dice que, cuando escribía Tiempo de cerezas , «quería que la señora Patrícia Miralpeix paseara su desesperación por un reducto cerrado y, entonces, sin saber ni como viene ni como va, apareció ante mis ojos el limonero y me llegó su fragancia. Pensé que “el detalle” del limonero era bueno para expresar el tiempo perdido de Natàlia Miralpeix —que no era mi tiempo perdido— y lo elegí expresamente.»
Traducido por Ángel Muñoz Zammit
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