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Maria Rosa

por Anton Carbonell
María-Rosa es una obra fundamental en el  teatro de Àngel Guimerà. Es una creación dramática que plantea una voluntad renovadora de la escena catalana y, a la vez, logra una verdadera repercusión pública.

Guimerà da forma a un personaje femenino complejo, de una entidad psicológica notable, en sintonía con las tendencias modernas del realismo y del naturalismo. De hecho, la obra nace gracias al estímulo de la actriz María Guerrero, con quien el autor establecerá una colaboración muy productiva que lo hará conocido y apreciado en el teatro español. Así, el estreno tiene lugar el mismo día en Madrid y Barcelona (24 de noviembre de 1894), y la traducción en castellano del original catalán fue realizada por el dramaturgo José Echegaray. El éxito y el impacto es absoluto, hasta el punto de que un espectador de la representación barcelonesa afirma: “Nunca había entrado en el teatro catalán un vendaval de verdad tan fuerte” (Francesc Rierola, Dietari (1893-1898)).


María-Rosa (1894) es esencialmente un drama de pasiones humanas, enfocado desde la perspectiva romántica tradicional del autor, pero con una presencia interesante de elementos realistas y naturalistas. El romanticismo era el terreno en qué se encontraba cómoda la vena creativa de Guimerà. Aun así, es la primera obra en la que el autor se aproxima a una ambientación realista más exitosa. Tras un largo periodo caracterizado por la tragedia romántica de tema histórico, Guimerà ensaya la incorporación de la realidad a través de una práctica costumbrista –el sainete La sala d’espera (1890)- y del planteamiento de conflictos sociales contemporáneos –como el anarquismo en En Pólvora (1890)-. De este modo, se libera del cultivo del verso y parece proponer la introducción de medios verosímiles para sus obras. La utilización de la prosa y de un lenguaje coloquial, el destierro del tipismo rancio en la presentación de un mundo popular, un trabajo selectivo y diversificado en la caracterización de los personajes son algunos aspectos de esta evolución remarcable de su teatro. Aún así, Guimerà no presenta la complejidad de los problemas sociales de su tiempo y siempre apuesta por soluciones sentimentales o providencialistas. En María-Rosa, se centra en el conflicto pasional, aun cuando sus protagonistas son trabajadores que construyen una carretera, en medio de una situación explosiva de pobreza y de carencia de pago del salario. Pero Guimerà diluye la cuestión social y la resuelve con una actitud pactista y paciente, en espera de que los buenos sentimientos y la fraternidad se impongan.


Esta obra, ambientada en “la época actual” y en algún lugar de la Cataluña rural, nos propone, a través de una estructura convencional –tres actos que se corresponden con el planteamiento, el conflicto y el desenlace de la historia-, la experiencia trágica de una mujer, María-Rosa, que ve como su marido, Andreu, es acusado de haber asesinado al capataz y es traído al presidio de Ceuta. Marçal, sin embargo, amigo y compañero de Andreu en la construcción de la carretera, es quien ha cometido el crimen y  urdido la estratagema para que el marido de la mujer que ama sea inculpado. María-Rosa lucha para que se haga justicia y  Marçal espera que todo le sea favorable por conseguir la mujer de su amigo.


El ambiente en qué se mueve la vida de los trabajadores de la carretera es, como hemos dicho, miserable. Las acotaciones hablan de una casa “pobrísima”. Son hombres y mujeres que viven de trabajos eventuales, que no tienen instrucción y que se encuentran sometidos a las arbitrariedades y a los intereses de la empresa que los paga el sueldo (las “quincenas”). El estallido de un posible conflicto social queda diluido a finales del primer acto en una escena brillante. Guimerà crea un contraste de gran fuerza dramática entre, por un lado, los trabajadores ansiosos por cobrar el dinero que los deben y, de la otra, María-Rosa llorando la muerte del marido mientras Marçal ve llegar su hora. A partir de aquí, constatamos que el conflicto dramático pasional será el centro de la obra y marginará cualquier otro núcleo temático. Efectivamente, la huelga o la respuesta airada de los obreros son descartadas y se potencia una actitud de diálogo, a través de la realización de una carta dónde se exponga la situación penosa que atraviesan los trabajadores.


Marçal y María-Rosa son totalmente ajenos al desarrollo del posible conflicto social. Tras la muerte de Andreu, la pasión de Marçal por María-Rosa es clara y definida. María-Rosa se ha convertido en una mujer compleja, que lucha con fuerzas interiores que la atraen hacia Marçal. Experimenta atracción sexual hacia él, pero el recuerdo del marido muerto actúa como freno. A la vez, adivina algo extraño en aquel hombre que la ama. El conflicto dramático se estructura a través de dos fuerzas: el deseo amoroso y la justicia. Ambas son incompatibles, porque la pasión de Marçal se ha fundamentado en el crimen y en el engaño. El deseo que María-Rosa siente por Marçal topa con una voz interior, que le dice lo que ha hecho realmente aquel hombre. La idea de justicia que aparece en esta obra no quiere leyes ni tribunales, actúa con la inmediatez del instinto. Tampoco la pasión no puede ser controlada por las normas sociales. El coro de personajes que rodean a María-Rosa y Marçal intenta que prevalezca la cordura. Pero el deseo se mueve por las sendas de la locura y lo irracional, y el conflicto estalla de una manera que nos habla del sentido trágico de esta obra. En definitiva, el destino que ha conducido a Marçal hacia aquella mujer, le ha puesto en bandeja las acciones posteriores, porque “al mundo vienen las cosas de una clase de manera”.


María-Rosa va más allá de una historia sentimental tópica. Hay una visión del deseo amoroso como vivencia vivida interiormente y sufrida físicamente por María-Rosa y Marçal, que se impone con una fuerza  dramática intensa. Marçal es un personaje torturado y auténtica víctima de una pasión que no lo deja vivir. María-Rosa expresa una sexualidad femenina afectada de desequilibrios nerviosos y de insatisfacción, que no se aleja demasiada de la de ciertos personajes femeninos de la literatura naturalista. Aunque aquello que distancia el personaje del naturalismo se encuentra en el peso de una moral determinada y de un sentimiento de culpa que le hace vivir el deseo como pecado, con la necesidad de expiarlo mediante el hecho de matar a Marçal con un cuchillo.


La introducción del realismo en la obra, obliga a Guimerà a plantearse un nivel de lengua creíble y amoldado a las situaciones que se desarrollan en su drama. Incorpora un léxico y una expresividad lingüística referida al mundo que pretendía describir. Y consigue una síntesis brillante entre el registro coloquial del pueblo y una explotación poética del lenguaje, a partir de imágenes y comparaciones. Estos recursos no son fruto de una elaboración retórica, sino que brotan de la sencillez de la lengua popular: a través de las situaciones y de los objetos que rodean sus personajes, sabe sugerir la poesía  y carga simbólica de las palabras; así, el vino y la sangre que se tornan en un elemento más de la fuerza invisible de Andreu.

María-Rosa continúa teniendo una recepción importante entre la profesión teatral. Si María Guerrero estimuló la creación y el estreno de la obra, en los últimos tiempos actrices como Núria Espert y Julieta Serrano han protagonizado montajes modernos del drama de Guimerà. También otra actriz destacada del teatro catalán, Rosa Novell, ha dirigido una puesta en escena brillante (1997) de María-Rosa, con Rosa Renom como protagonista: se trata de una verdadera revitalización del clásico del teatro guimeranià.
Traducido por Ángel Muñoz Zammit
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