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Aloma in the city(1934-1938)

por Anna Maria Saludes
El rasgo más relevante de Aloma es su fuerte carga autobiográfica, ya que casi todas las experiencias de la protagonista se pueden documentar con la trayectoria personal de la autora: desde su primera salida, cuando sube al ferrocarril de Sarrià y baja en Barcelona a comprar las cortinas para la ventana de su cuarto, hasta la pérdida de la casa con jardín de San Gervasio, que la chica siente como una desgracia irreparable.
Hace exactamente cuarenta y un años, Mercè Rodoreda, en una entrevista aparecida en Tele-Estel (4.11.1966), respondía a la pregunta que sobre la visible filiación que presentaban los títulos de dos de sus novelas, La plaza del Diamante (1962) y la entonces recién publicada La calle de las Camelias (1966) con un punto de ironía: «Estoy dispuesta a agotar la toponimia urbana…». La escritora reconocía así su fidelidad a sí misma y a la narrativa ambientada en Barcelona. Continuaba afirmando que esto persistiría en futuras obras, y recordaba: «Con todo, los años que he sido alejada de Barcelona es probable que hayan originado un fermento nostálgico que me haga descubrir un gran encanto en estos títulos de libro que evocan rincones de mi ciudad. No hay ningún inconveniente en que una próxima novela (que está por escribir), se titule El Putxet, por ejemplo.» La definición de los escenarios de su escritura son transcritas también por las páginas del semanario barcelonés: «Un paisaje es un estado de espíritu, dicen. Tal vez. Pero también podemos decir que es el estado de espíritu el que inventa el paisaje. Yo, en todo caso, soy de esta segunda filiación.»

En 1976, cuando se publicó el primer volumen de las Obres completes , la autora rechazó oficialmente las primeras cuatro novelas: Sóc una dona honrada (1932), Del que hom no pot fugir (1934), Un día en la vida d'un home (1934) y Crim (1936), recientemente editadas por la Fundación Mercè Rodoreda y el Institut d'Estudis Catalans, a cargo de Roser Porta (entre 2002 y 2006). Es, pues, la primera novela —opera prima—- por voluntad de Mercè Rodoreda. En realidad se trataba de un quinto ejercicio narrativo de altas miras.

Aloma es, sobre todo, un camino trazado al que la autora permanecerá fiel a lo largo de su carrera. Inaugura una ficción ambientada en la capital catalana, Barcelona. Los lugares emblemáticos estratégicamente escogidos no solo delinean una historia narrada, sino también los estados anímicos de la primera heroína rodorediana bien parecida. Las flâneries de la protagonista adolescente describen una Barcelona que anuncia itinerarios o espacios que representarán para la escritora una topografía literaria imprescindible.

En su posterior obra, la topografía literaria se acopla a los otros rasgos recurrentes que configuran su narrativa. Es decir, que nos encontramos con una protagonista femenina del siglo XX, con una casa casi siempre con jardín y con simbólicas descripciones del mundo botánico. Las flores son el hilo conductor de la acción descrita y muestran el crecimiento y perfeccionamiento del ciclo vital de la protagonista. Una serie de pruebas impuestas por la vida conducen a la protagonista a la madurez. El desenlace comporta la concienciación (o el reconocimiento) de la propia identidad. Todas estas acciones transcurren siempre dentro del marco de la ciudad de Barcelona.

Mercè Rodoreda definió Aloma en una entrevista televisiva (1980) como una obra menor, de juventud, con respecto al resto de sus escritos. No obstante, aun así, representa un hito imprescindible para comprender toda su producción. La autora la escribió dos veces. La primera salió en abril de 1938 y la segunda —revisada en Ginebra— se publicó el junio del 69.

Mientras esperamos una edición de las dos variantes de Aloma , podemos emprender nuevos recorridos dentro de esta obra poco contemplada. Otras incursiones son posibles y pueden llevarse a término porque las obras de Mercè Rodereda, a cada nueva lectura, ofrecen la posibilidad de una interpretación diferente y enriquecedora.

Rodoreda emprestó el nombre de Aloma al personaje femenino de la novela Blanquerna de Ramon Llull. Con este detalle de capital importancia, la escritora confirmó la vocación de continuidad histórica dentro las letras catalanas a la cual se adscribía ampliamente a partir de la reanudación republicana. Actualmente, toda la creación artística de Mercè Rodoreda se ha convertido en un clásico, tal y como había sugerido en 1962 Armand Obiols, compañero de su vida en el exilio. Después de una lectura «a chorro» de La plaza del Diamante le aseguró en una carta que era una obra que podía competir en categoría con la prosa de Bernat Metge o de Ramon Muntaner, incluso con algunos fragmentos de Tirante el Blanco .

Aun así, el rasgo más relevante de Aloma es que muestra una fuerte carga autobiográfica. Casi todas las experiencias de la protagonista se pueden documentar con la trayectoria personal de la autora, desde la primera salida de Aloma, cuando sube al ferrocarril de Sarrià y baja en Barcelona por comprar las cortinas para la ventana de su cuarto, hasta la pérdida de la casa con jardín de Sant Gervasi, que la chica siente como una desgracia irreparable.

La novela se editó en 1938, en plena Guerra Civil, gracias sobre todo al prestigio que significaba haber ganado el premio Crexells del año anterior, y representó una revelación —y el nacimiento de un best-seller. Con los años, ha ido desapareciendo el recuerdo de las discusiones entabladas por algunos miembros del jurado, que veían un cierto atrevimiento en algunos pasajes de la novela. Aloma tuvo una gran profusión de reseñas, incluso antes de que el libro saliera. Algunas eran entusiastas y reconocían que la autora era una verdadero descubrimiento; otras, moralizantes, con toques de recriminación; aun otras, humorísticas, hasta el punto de publicar chistes con imágenes referentes a la novela en más de una revista.

Mercè Rodoreda marchó al exilio como una promesa literaria indiscutible, y, pese a las dificultades que tuvo que superar, no renunció nunca al oficio que más le gustaba. Se afirmó en aquella condición de flâneur que le había permitido, de buen principio, elogiar una Barcelona dónde había nacido y que amaba. De esta manera, participó en un filón exterminado de la literatura que escribe a partir del genius loci . Desde sus inicios, Mercè Rodoreda escribió a través de los ojos de una adolescente embriagada de sueños que pasea febrilmente por las calles y por las plazas de su ciudad. Desde la novela Aloma, y casi sin darse cuenta, Rodoreda contribuyó a mitificar Barcelona.
Florencia, noviembre 2006
Traducido por Miguel Ángel Muñoz Zammit
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