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Los jugadores de whist (2009)

por Sara Serrano Valenzuela
Los jugadores de whist (Etiquetas: Vicenç Pagès Jordà, Figueres, 2007, boda, depresión, crisis de los cuarenta, redes sociales) mezcla novela generacional, exploración del yo, procesos emocionales de una sociedad entregada a Internet, realismo referencial y literatura antiépica en quinientas páginas de zapping.

El 21 de abril del 2007, Jordi tiene que asistir a la boda de su única hija con un inútil. El lector deberá arreglarse —escoja el vestido o la americana adecuados porque la ocasión lo merece— para participar en esta ceremonia casi como un personaje más, siendo testigo de los diálogos, de los colores, de la banda sonora, de la tarta y, sobre todo, de los recuerdos de infancia, adolescencia y juventud que han llevado al padre de la novia a ser quien es hoy en día. Ya en la primera página tenemos un buen resumen de Jordi Recasens: un hombre que se frota el cráneo con minoxidil por miedo a quedarse calvo, profesionalmente frustrado, que se pasea de noche por los Fotologs de las amigas de su hija y que vive en un garaje convertido en loft como resultado de una erosión matrimonial que le da pereza romper. Con este personaje como columna vertebral de la novela, Los jugadores de Whist (2009) persigue a tres generaciones que conviven entre los años 1970 y 2007: una generación de posguerra, trabajadora y con espíritu de progresión social (los padres de Jordi); una generación asentada en la transición que va de la última represión a la primera permisividad (él mismo y sus compañeros de whist) y una generación Fotolog (Marta, hija de Jordi, sus amigas y su reciente marido), totalmente liberada, extravagante, postmoderna.

Ahora bien, entremos en detalles. Nuestro hombre, que vegeta por Figueres, es un fotógrafo de bodas fuertemente marcado por un accidente de la infancia —«Antes del 77 no tenía dolores de cabeza, ni insomnios, ni obsesiones.» (p.21)— que quiere luchar contra el paso del tiempo y contra lo absurdo de la existencia. Jordi (generación de la transición) es el hombre estándar que, incumplidas sus esperanzas de realización, ha puesto en su hija todas las posibles expectativas de futuro. No obstante, ella, a los veintiún años, está a punto de casarse con un indeseable que se gana la vida conduciendo una retroexcavadora. El individuo se hace llamar BadBoy y Marta no solo firma, así, su propia sentencia sino también la de su padre. BadBoy (generación Fotolog, no es en balde que estos personajes queden bautizados por sus nombres de usuario en Internet) es, precisamente, el ejemplo de consecuencia defectuosa de esta nueva era. Por su parte, Halley (una amiga de Marta que pertenece a la misma generación) es la antítesis de este pobre chico y el prototipo de la perfección de la juventud. Sabe lo que quiere, es guapa, inteligente, híper moderna y «una utopía sentimental» (p. 403) para cualquier hombre y, sobre todo, para el padre de la novia. Ya lo hemos dicho, Jordi huye del envejecimiento y del tedio y Halley es la personificación del «reto de excavar un túnel que lo pusiera en contacto con un mundo perdido» (p.?402). A través de la red, nuestro hombre es capaz de romper el abismo generacional que hay entre estos personajes y de sentirse conectado con la galaxia de una generación nueva y, sobre todo, joven. La ludopatía internauta le causa insomnio pero le permite desconectar de la realidad y conectar con un mundo paralelo: «Con aquellas imágenes, Jordi accedía sin filtros a ese mundo que ya se había resignado a ignorar» (p. 178). Este es uno de los grandes descubrimientos de Los jugadores de whist, que resigue con profundidad el desarrollo de los procesos emocionales que vivimos cuando sometemos nuestras relaciones a Internet. La espera delante de la pantalla, que alguien publique una foto o una frase esperada o la citación de una película recomendada previamente son, en definitiva, guiños constantes que Jordi dejará en manos del destino.

Vicenç Pagès Jordà ha escogido Figueres como telón de fondo de esta historia. Hay quien podría pensar que la ciudad ideal para la trama era Barcelona pero consideramos que el autor ha acertado, también, con esta decisión por diferentes motivos. En primer lugar, debemos tener en cuenta que tan solo se puede describir una ciudad minuciosamente si realmente se conoce, si se ha vivido entre sus calles. Además, desde la escuela hasta el castillo de Sant Ferran, pasando por pubs, comercios, calles, plazas y aceras, Pagès Jordà no ha plasmado Figueres como un decorado, sino que ha creado un medio y un elemento emocional de la novela que nos enseña que las historias locales pueden ser las más universales del mundo y este último detalle es otro punto fuerte de la novela. Centrémonos en uno de los escenarios más importantes para demostrar la función del espacio: el castillo de Sant Ferran o la belle inutile. «Concebido como obra de la razón, con el tiempo se ha convertido en un monumento a la contradicción y a la ruina»?(p.?49). En esta masa enorme de piedra tuvieron lugar los Hechos de 1977 —el mismo año que la transición política—. El castillo, que nunca ha llegado a ejercer su función, es la metáfora de lo absurdo o, en términos estrictamente whistianos, una cermeñada «enormes dispendios de energía desprovistos de cualquier consecuencia positiva» (p. 88). Sant Ferran es un símbolo más de la existencia, porque, ¿qué resultado han tenido los enormes dispendios de energía de Jordi a lo largo de su vida? ¿Qué sentido tienen las cosas para una generación sin épica que vive a caballo entre el heroísmo fallido de los padres y el escepticismo despreocupado de los hijos?

De este modo, los diversos elementos de Los jugadores de whist —relación entre personajes, espacios metaforizados, paralelismos, referencias y estructura fragmentaria— van adquiriendo niveles de lectura que, aunque puedan pasar desapercibidos a primera vista, conforman nuevas dimensiones dentro de una misma historia. La estructura narrativa se podría comparar con un espectador que hace zapping delante del televisor. Cada capítulo es un canal y permite que el autor se sirva de técnicas y de registros de todo tipo —un dietario, entradas de un blog, listas, escenas de la boda, una encuesta o una serie de recuerdos— enriquecidos por una excelente batería de referencias culturales que es, sin duda, otro de los tesoros de esta obra. La música —The Beatles, Elvis Presley, The Ramones, Joy Division, The Who, Janis Joplin, Europe, aunque también Eros Ramazzotti, Shakira, Strombers, Artic Monkeys, Damien Rice o Parálisis Permanente— viste gran parte de las escenas. Los que lo hayáis leído, recordaréis la importancia de While my guitar gently weeps o la exquisita escena nocturna mientras suena Roxanne de fondo. El cine —La naranja mecánica, El padrino, Ironside, Desayuno con diamantes, Mulholand, Drive, Matrix, Amélie, Metropolis y también Gene Hackmann, Laura Linney, Veronica Lake, Wyatt Earp, Angelia Jolie, Harrison Ford o Naomi Watts— está presente en todas las páginas y funciona como elemento descriptivo, tanto para los paralelismos constantes entre momentos del libro y para las secuencias cinematográficas como para las descripciones físicas de los personajes. Los detalles también se materializan con nombres de marcas (libretas Guerrero, ropa de Zara y Uterqüe, pastelitos de la Pantera Rosa y dulces Toblerone, Cinzano, Tulipán Negro, Versace, Sephora, Hello Kitty o Gameboy, con referentes literarios directos o indirectos —Borges, Nabokov, Flaubert, Cortázar, William Foster Wallace— o con el mundo de la fotografía). En conjunto, y cito poquísimos nombres comparados con el total, una fijación enciclopédica muy conseguida que contribuye al realismo descriptivo de la novela y a la complicidad con el lector. Vicenç Pagès Jordà afirmaba en una entrevista que «En Los jugadores hay una parte de laboratorio considerable: preparas dos o tres escenas importantísimas y, para llegar, vas trabajando los personajes […] De una novela, al final, quedan las escenas». El autor también se ha mantenido fiel a este postulado y ha dotado la narración de escenas vibrantes y, a la vez, cotidianas que, sin lugar a dudas, nos dejarán huella. No nos engañemos, este compendio de dimensiones literarias, referencias y escenas nos presenta una historia dramática que podría convertirse en tragedia, aunque no es así como nos la narra Vicenç Pagès Jordà. Naturalmente, hay dramatismo, pero lo encontramos siempre tras un telón de humor ácido y sarcástico. Seguramente, si este drama se hubiese narrado desde una perspectiva trágica,no habría obtenido el éxito que avala Los jugadores de whist.

A pesar de la fragmentariedad aparente, son tres las partes que estructuran los ciento treinta y cinco capítulos que componen Los jugadores de whist: una primera parte formada por la mañana de la boda y los recuerdos que ésta provoca; una segunda, que se alarga hasta la noche del mismo 21 de abril de 2007 y una última, que refleja el tiempo que pasa entre la primavera y el invierno y que contiene dos elementos claves —una revelación y un final— que merece la pena tener en cuenta. Vicenç Pagès Jordà usa una pirueta metaliteraria con la que deja al narrador al descubierto y que un sector de la crítica le ha recriminado —afirmando que parece un poco forzada—, si tenemos en cuenta la calidad de la novela y la coherencia de un corpus literario caracterizado por el cuidado del estilo, la riqueza del lenguaje, el ritmo narrativo y la inventiva estructural.

¿Cuál es el final del hombre que encontramos en la primera página frotándose la cabeza con minoxidil y espiando Fotologs casi a las cuatro de la madrugada anterior a la boda de su hija? Jordi Recasens no se salva del paso del tiempo ni se hunde en la absurdidad de la existencia. Él, en definitiva, encuentra una solución temporal, una salida posible, una tregua. Sin poder llegar a decir que se ha reconciliado con el mundo, el padre de la novia encuentra, en el arte, un remedio para paliar su malestar; más concretamente en el éxito y en la difusión de un fondo fotográfico que retrata, justamente, lo absurdo, lo incoherente, lo irracional. Una tregua que, sin embargo, le permite reencontrarse con Marta, con la que nunca había mantenido contacto más allá de las visitas a su perfil de Fotolog. Vicenç Pagès Jordà nos regala unas escenas fascinantes a la par que cotidianas, unos diálogos reales, una enciclopedia de calle y unos personajes de esos que duele abandonar cuando se llega a la última página. Como decía Joan Sales sobre Colometa, Jordi también es «una de esas figuras inolvidables que, creadas por el talento de un escritor, pasan a tener una extraña vida como si realmente hubiesen existido y todos las hubiésemos conocido».

BIBLIOGRAFÍA:

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Traducido por Neus Tirado Gual
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