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Camí de sirga

Jesús Moncada
Camino de sirga (1988)

II

Entornó los ojos a causa de la polvareda, no reparó en los guardias civiles con los capotes agitados por la ventolera, que cruzaban la plaza sujetándose los negros tricornios de charol. Le mortificaba la leve ironía de la mirada del cafetero al cobrarle la copa de ron. Estanislau tenía razón cuando tiempo atrás le había insinuado que sería mejor olvidar aquello, sepultarlo con cuatro paladas de tierra: no tenía solución, cuanto antes se lo quitara de la cabeza mejor. Pero el viejo Nelson no podía renunciar a ello. Caviloso, llegó al final de la Cuesta de los Carreteros y de repente se encontró ante la desolación.

Desde el comienzo de las destrucciones había ido restringiendo casi sin darse cuenta sus movimientos dentro del perímetro de la villa. Huía de los puntos donde las demoliciones se hallaban más avanzadas; si se desviaba del itinerario habitual, el corazón se le encogía. Desgraciadamente, el trayecto del Café del Muelle al taller del talabartero era uno de los más consumidos por aquella lepra implacable.

Llegó a la talabartería, tomó lo que necesitaba, charló cuatro palabras con el menestral −siempre sobre el tema eterno que les obsesionaba a todos desde hacía más de diez años− y se fue. De bajada, la visión del desastre acabó de abatirlo. Caminaba sin tropezarse con un alma, anonadado por el silencio. La memoria poblaba inevitablemente los escombros, levantaba de nuevo las casas caídas, trazaba calles, reconstruía plazas, las llenaba de gente, pero el viejo Nelson se daba cuenta de que el recuerdo no le obedecía con precisión. Tanta ruina acababa por confundirle. La villa que reedificaba con el pensamiento no era la de antes. Congregaba familias en lugares erróneos, se desorientaba a causa de los montones de ladrillos, vigas rotas, marcos astillados de puertas y ventanas, hierros de balcones o galerías. Confundía numeraciones de casas y letreros de establecimientos: convertía una tienda de ultramarinos en una sastrería, una bodega en una barbería; transformaba el taller de un cestero en una oficina bancaria o metía los trullos de la vieja almazara de la calle del Timón dentro de la tienda de ropa de la Subida del Castillo. Tanto o más que la ubicación de los edificios, le costaba resucitar y encajar los ruidos (canto de gallos, paso de caballerías, motores de tractores y de camiones del carbón, alboroto de navegantes en los muelles, bullicio del mercado, barrenos de las minas) que componían antaño el rumor habitual dividido por la sirena del mediodía, silenciada asimismo desde hacía muchos meses. No volvería a oírlos jamás. Aquella ausencia le daba la medida de un desastre cuyo comienzo y magnitud había pillado a la villa por sorpresa.


***

Los primeros rumores provocaron una cierta agitación −recordaba el viejo, parado sobre los escombros de la calle de la Muralla− pero nadie se los tomó demasiado en serio: una tormenta de verano sin consecuencias. Se hablaría de ello durante unos meses, de la misma manera que se había hablado antaño otras veces, habría un poco de ruido y el estrépito volvería a atenuarse hasta la siguiente reaparición. Sin embargo, aquella vez la predicción resultó falsa. Los rumores se hacían insistentes, los diarios comenzaban a hablar de ello, la inquietud creció y, ante la estupefacción de todo el mundo, un día de los carnavales de 1957, en medio de la euforia de bailes y pasacalles, comenzó la invasión.

Los camiones cargados de gente forastera llegaron por la carretera de Lérida, los potentes motores silenciaron el alboroto festivo y muchas caras se horrorizaron detrás de las máscaras. Los vehículos no se detuvieron en la población; siguieron un par de quilómetros Ebro arriba por el camino del Riber pero su paso había dejado un rastro de inquietud. Las máscaras se dispersaron y la negrura húmeda que sucedió a un día de densas nieblas en que las melancólicas caracolas indicando la posición de los barcos habían sonado sin parar, mezcladas con los gritos de las gaviotas más allá de las aguas humosas de los muelles, fue la primera de las noches de angustia que debían jalonar el futuro de la villa.

Llegaron camiones durante días y días; el muro del Ebro vibraba a su paso. El tiempo de los rumores había terminado: iban a cortar el Ebro con dos pantanos enormes. Uno de ellos, río arriba, a escasa distancia de la villa; el otro agua abajo, en Ribarroja. El segundo debía sepultar Fayón y la villa bajo las aguas.


***

Recordaba el desastre: máquinas y gente entraban en las fincas sin permiso; los topógrafos se esparcían por el término municipal con sus aparatos, medían cotas y levantaban planos; los obreros montaban barracas prefabricadas de madera donde meterse en las orillas del Ebro mientras la población intentaba defenderse de la brutal agresión, calculada para crear el desánimo y evitar cualquier intento de resistencia.

−Quieren hacer electricidad −exclamaba Joanet del Pla en el café del Muelle, recogiendo al pie de la letra los comentarios que estallaban continuamente en cualquier punto de la villa.
−Sí, a nuestras costillas…
−Dos pantanos.
−Y nosotros en medio.
−¡Qué cabronada!

Aquello era ilegal −murmuraba con rabia el carpintero de ribera Forques, soltando el argumento esgrimido sin descanso por el vecindario ante la administración en quejas estériles para conseguir la paralización del desastre: las obras todavía no habían sido aprobadas por el gobierno−. Y Estanislau Corbera le daba mentalmente la razón en los largos insomnios que debía sufrir a partir de aquel momento. Pero los aplastarían, no tenían nada que hacer. La empresa que construía los pantanos era del mismo Estado, de los que mandaban. Y los que mandaban, no era preciso recordarlo, eran los que se habían sublevado contra la República en 1936, los responsables de la escabechina de la guerra… ¿Quién se atrevía a hablar de legalidad? El mostrador del café era la escollera donde rompían las angustias: expropiarían las tierras, las minas, las casas; inundarían la villa… E inmediatamente surgía la pregunta: ¿cuál sería el futuro de todos ellos? ¿Adónde irían? ¿Qué harían? Pero ¿por qué se preocupaban, por qué se angustiaban? ¿Acaso no había dicho textualmente el señor gobernador de la provincia que ya estaba hasta los huevos de las protestas de aquella pandilla de rojos y que, si no dejaban de jorobar, los cargaría a punta de fusil en camiones para llevarlos al norte, a las minas de Asturias? Como decía Horaci Planes, quien, debido a su trabajo de sereno, sufría los insomnios de día, la solución estaba en chinchar un poco más al ilustre funcionario hasta que reventaran sus excelentísimos huevos (¿de pichón, de codorniz, de gorrión, de mirlo?, dudaba la parroquia) y la amenaza se hiciera realidad. Por lo menos sabrían algo seguro, no vivirían, si aquello era vivir, en la incertidumbre… Mientras tanto la villa se llenaba de gente. La primera oleada de la invasión apenas fue un avance del alud enorme que desbordó las posibilidades de la población de absorberlo. Ni los que recordaban el hormiguero de la cuenca minera cuando la guerra del 14 habían visto jamás algo semejante, una riada tan formidable de personal. La mayoría, una masa patética de pobre gente venida de todas partes a arañar unas pesetas y enviarlas a sus familias. En el mostrador del Café del Muelle y en los restantes locales de la villa, se alineaban caras y se escuchaban las hablas de todos los rincones de España. Cada puerta se convirtió en una tienda, una taberna o un bar. Los billetes corrían pero −como rezongaba Estanislau Corbera durante sus exasperantes horas de insomnio−, pese a la multiplicación de la parroquia, aquélla era una riqueza traicionera, una prosperidad efímera a cuyo calor pululaban los gusanos de la podredumbre.

***

No sospechaban que la mayoría envejecerían, que muchos iban a morir con aquella angustia metida en el alma; no sospechaban que tenían ante sí trece años de lucha incierta, atrapados en aquella ratonera. Estanislau ignoraba que podía disponer de miles de noches de insomnio para rumiar y asentar en la memoria las amargas estaciones del calvario durante el cual la villa, tenaz en su defensa, había conseguido irritar, comenzando por las del gobernador de la provincia, las bolsas testiculares de toda la jerarquía estatal: las apolilladas de los funcionarios polvorientos y pálidos; las reblandecidas con agua bendita de los politicastros tecnócratas y devotos; las empapadas en alcohol de los espadones sangrientos; las momificadas, con una esvástica cosida a la piel, del elegido de Dios retratado en las monedas… Un largo camino hacia la desolación que el viejo Nelson cruzaba aquella tarde de 1971 mientras bajaba por el callejón de las Animas.

Traduit par Joaquín Jordá
Jesús Moncada, Camino de sirga (1988). Barcelona: Anagrama, 1989
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