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Obres completes

Joan Maragall
De una tarde de agosto

Como fantasmas traídos por la rueda de las estaciones, cada año, al acercarse el verano, se me representan unas cuantas escenas, unos cuantos paisajes, que entre tantos que cayeron en el caos del olvido, permanecen vivos en mi memoria, pero sólo se animan al brillo de aquella misma luz en que me aparecieron.

Así habréis observado que, en todo vasto panorama que os dé la Naturaleza, hay tal lugar, tal monte, tal pueblecillo lejano, que está como oculto o disimulado todo el día en el conjunto de la extensa perspectiva, todo el día, menos una hora en que, por darle el sol de cierta manera, o serenarse, no sé cómo, el aire en torno suyo, se destaca y brilla, os aparece, por algunos instantes, como si sólo en ellos viviera, y así nace y muere en realidad para vosotros cada día.

Pues así mismo veo yo todos los años por este tiempo tal escena, tal paisaje, en el panorama de mi memoria.

Pero entre estos recuerdos hay uno que se me presenta con singular claridad y con vida más intensa. En un valle estrecho y verde, entre montañas muy altas, fajadas de obscuros bosques y con las cimas desnudas salpicadas de nieve muy blanca ─en aquel valle oloroso fuertemente del heno recién segado y lleno de rumor de aguas─ veo una multitud vestida de alegres colores cubriendo un prado, bajo unos árboles muy grandes, ante una loma también verde, que sirve de teatro a una tragedia antigua. Muévanse allí exóticas las figuras de los actores vestidos a la griega, diminutos en aquel escenario natural demasiado ancho, y sus voces suenan mates y lejanas, como perdiéndose mucho de ellas en la libertad de los aires. El verso decae de su majestad, desvanecida en la simple grandeza de aquellos lugares; la pomposa declamación de los alejandrinos franceses resulta pobre y lastimoso artificio, extraño a aquel ambiente, donde sólo suelen vibrar los rumores de las aguas y el viento, la rústica planta del pastor y el sonoro mugir de los rebaños.

La tarde es húmeda, nublado el cielo altísimo; las inmóviles corifeas tiemblan en sus carnes lánguidas bajo los polvos de arroz y las sutiles clámides de blanco lino movidas por el aire frío: el elegante público de balneario despliega chales y abrigos, arropándose frioleras las mujeres, levantando sobriamente los hombres los cuellos de sus gabanes; a las frecuentes lloviznas ábrense vergonzosamente algunos paraguas; pero toda aquella gente sufre en silencio y calla, esforzándose en comprender lo que apenas oye, ávida de la emoción artística esperada de aquella combinación de elementos, que se quiere sea sublime sólo porque es desproporcionada. Sin embargo…

Sin embargo, de vez en cuando pasa una ráfaga de pasión, y no siempre es por el frío del aire que el público se estremece. Edipo es un gran actor, un gran actor viejo, y en su voz de oro, aunque ya cascada, vibra aún de cuando en cuando la pasión trágica, y el público se estremece silencioso; algunas mejillas palidecen, algunos ojos cobran un leve y repentino fulgor y buscan otros ojos… Como quiera que sea, al paso de la vaga procesión de los alejandrinos difusa en el aire, asoma y se destaca alguna vez, con terrible momentáneo brillo en sus ojos, la máscara trágica.

Pero en seguida desaparece, y la representación se esfuma otra vez, las voces se atenúan y se alejan en una vaga cantinela y las figuritas de los actores bracean allá como marionettes en el escenario demasiado grande de la verde colina, de las augustas montañas que la rodean, del cielo altísimo y nublado que manda indiferente su fría llovizna sobre las corifeas, que vuelven a temblar en sus carnes lánguidas; sobre el público elegante, que requiere otra vez los abrigos a las espaldas y aprieta los cuellos de los gabanes a las gargantas enfermizas.

Sólo hacia el fin de la representación avanza otra vez sobre el público, echándosele encima, agigantada como un cuadro disolvente en su crecimiento luminoso. De la barraca de madera que figura el palacio del rey tebano, sale un aullido de bestia lastimada, y en seguida aparece Edipo tambaleándose, con los brazos extendidos, la faz levantada al cielo, dos grandes manchas sanguinolentas en las cuencas vacías de sus ojos, ensangrentados también la túnica y el manto, revolviéndose como una fiera herida, y precipitándose clamoroso hasta el primer término de la escena, en medio del agitado semicírculo del coro que le rodea horrorizado. También el público se agita y más fuertemente se estremece; algunos vuelven la cabeza para no ver, las mujeres se tapan el rostro; muchos no quisieran mirar, pero sus ojos, fascinados, no pueden cerrarse ni ser apartados de la horrible escena.

Después la tragedia se suaviza y enternece. Edipo quiere despedirse de sus hijas, y busca a tientas las cabecitas rubias y las coge llorando entre sus manos… Al fin empuña tristemente el báculo, y con la mano puesta en la espalda de la hija mayor, de Antígona piadosa que le guía, se aleja hacia allá de la verde colina; lentamente se van alejando las dos figuritas como empujadas por la fatalidad hacia lo desconocido. El coro queda agrupado en actitudes de consternación. El público, embebecido, llora…

Pero he aquí que, mientras tanto, el cielo se ha ennegrecido sobre el valle, retumba el trueno entre las montañas y una ráfaga de huracán se precipita, cargada de espesa lluvia y de granizo sobre la muchedumbre del teatro y el público desprevenido. Despavorida la gente, se arremolina y se dispersa y huye en todas direcciones. Las vallas son saltadas primero, después rotas; caen sillas y bancos y tablones, y a los pocos momentos queda el prado desierto y como sembrado de ruina, entre sus aguas que bajan furiosas y aumentadas, el ruido del viento y la lluvia en los ramajes convulsos de los grandes árboles, el lívido resplandor de los relámpagos, el estrépito de los truenos que reinan clamorosos y el fragor de la tempestad que llena todo el valle.

¡Bella corona para una tragedia al aire libre de las montañas! Mejor no pudo desearla el genio secular de aquel Sófocles tan presente y tan lejano; ni a aquel público elegante convenía otro fin de fiesta más suave para sellar el gran recuerdo de aquella tarde memorable.

Así, cuando, recogida en el hotel la frágil turba jadeante y conmovida, toda amontonada en el peristilo, contemplando entre aterrorizada y jubilosa la tempestad aún en furia, pregunté al frívolo grupo de damas por las molestias sufridas, hubo alguna que con toda su alma pudo responder:
–¿Qué importa?

Después he vuelto a ver aquellos prados desiertos en un mediodía asoleado; he paseado solitario por aquellos lugares de verdor, animados solamente por la suavidad del viento y el rumor tranquilo de las aguas; pero ya no he encontrado en ellos la pura paz de los campos, sino que me ha parecido haber quedado allí, cerniéndose, el sacro terror de la tragedia antigua; y los he sentido invisiblemente poblados por las gentes que una vez contuvieron congregadas, dispersas ahora ya sobre la tierra… y debajo de ella. En la desierta colina me han aparecido otra vez las órbitas de Edipo ensangrentadas; el rugido de la pasión ha quedado inmanente y difuso en aquel aire, y el público de las almas ha vuelto a estremecerse en torno mío al acento desgarrador de aquella voz áurea y cascada, al grito de pasión del actor viejo, que ya debe de estar muerto…

Bajo este árbol palideció de emoción el adolescente enfermizo que fue mi amigo tres semanas; arrimado a esta rústica valla el noble anciano rumió, bajo su recio abrigo, la imprudencia de haberse expuesto al caprichoso rigor de una tarde de agosto pirenaico; allí el grupo de elegancia que formaron las señoras se agita aún frívolamente entre la lluvia y la tragedia: a la sombra de aquel roble centenario, la única entre ellas levantó el brillo de sus grandes ojos pardos, ávidos de sentimiento, bajo los rizos de su cabeza pensativa… ¿Dónde están?

¿Dónde está todo esto?  En mí está, al menos, que vago solitario por el prado desierto, evocando el alma de aquella tarde inolvidable, tarde de pasión, tarde romántica de agosto, que no podrá morir mientras yo viva.
En mí está todavía ahora, tan lejos del tiempo y del lugar, que brillan, sin embargo, en mi recuerdo y siempre con nuevos resplandores. Y aquí quedarán aún después de mí, en estas letras que les consagro. Aquí vivirá la tarde de agosto pirenaica; la tragedia antigua menguando y creciendo sobre la verde loma bajo el cielo gris y la tempestad inminente, la multitud elegante sobre el prado bajo los grandes árboles, con su frivolidad, su inquietud y sus estremecimientos de frío y de emoción momentánea, y aquella súbita palidez del amigo adolescente, y el fulgor sentimental de aquellos ojos ávidos…

Aquí vivirá todo esto latente y escondido, quizá por muchos años, hasta aquel día en que, revolviendo distraídamente papeles viejos, una mano cogerá éste, amarilleado ya por el tiempo, y unos ojos se posarán al azar sobre estas líneas, y el corazón de quien está aún por nacer volverá a latir al compás de aquellos que en aquella tarde latieron, y entonces habrán cesado de latir ya desde mucho tiempo.

¿Qué importa el tiempo? Cuando el remoto Edipo gimió bajo su trágico destino, ¿dónde estaba todavía Sófocles? Y Sófocles ¿qué sabía de la tarde de agosto pirenaico ni de nuestra emoción ante su obra? ¿Ni qué saben estas líneas, que por ella se han formado, del corazón que harán latir más apresuradamente un día? Y, sin embargo, para que este corazón se conmueva de un cierto modo, fue preciso el parricidio y el incesto y la expiación de un oscuro Rey de Tebas, el genio de un Sófocles que resucitara y una tarde de pasión en los Pirineos, con millares de años entre estas cosas que vivirán en él juntas y confundidas en un instante de emoción fortuita.

No hay lugar, no hay momento ni ser diverso; nada valen tiempos ni distancias, ni la muerte; sólo el espíritu vive siempre y resplandece, y todo lo demás es sombra.

Joan Maragall, De una tarde de agosto. Barcelona: Selecta, 1947, 844-847
Joan Maragall
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