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La mort i la primavera

Mercè Rodoreda
La muerte y la primavera

Comencé a caminar por la hierba blanda arriba, y por detrás de unos matojos, donde acababa la pendiente, apareció el desparramamiento de los planteles. Tenían los troncos tiernos y no tenían hojas, pero todos tendrían su muerto adentro cuando los hubiesen trasplantado al bosque y fuesen unos grandes árboles. Los atravesé y parecían cosas que sólo se ven cuando estás dormido. A la entrada del bosque me detuve, junto al corte que separa el sol de la sombra. Hacía rato que había visto la nube de mariposas. Los árboles del bosque eran muy altos y muy frondosos, con hojas de cinco puntas y, tal como me había dicho el herrero muchas veces, todos los árboles tenían al píe la placa y la argolla. Las mariposas eran blancas y habían millares. Volaban desasosegadas y muchas parecían flores mal abiertas con la parte blanca un poco rota por el verde. Las hojas se movían, de unas a otras saltaban salpicaduras de sol y por entre ellas se veían manchas de azul. El suelo era una capa de hojas viejas muy secas y por debajo de las cuales salía un olor a podrido. Cogí una hoja que sólo era un enrejado de nervios como si fuesen las maderas y las vigas de una casa sin aquello que lo liga todo. Me tumbé al pie de un árbol y miré la nube de mariposas que bullía entre las hojas. Y lo miré por el enrejado de la hoja hasta que me cansé y cuando dejé caer la hoja oí los pasos.

Me escondí de un salto detrás del matorral. Los pasos se acercaban. El matorral tenía una flor amarilla abierta, con cinco hojas brillantes dentro; la abeja estaba refugiada allí y se desempolvaba las patas. Yo estaba seguro de que era la abeja que me había seguido y que había cruzado el río.

El ruido de pasos había cesado. Todo estaba tan quieto y yo escuchaba tanto que me pareció oír la respiración de una persona, y de escuchar y de parecerme que oía se me ponía un estorbo en el pecho: el mismo estorbo de cuando pasaban horas y el pueblo estaba vacío y me costaba vivir encerrado en el armario... Y esperaba... igual. Y no había cambiado nada: las hojas eran las mismas, y los árboles y las mariposas y el tiempo que, dentro de aquella sombra, parecía muerto... Y todo había cambiado.

Los pasos se volvieron a oír, ahora más cerca, y vi un relámpago muy brillante debajo de las hojas. El hombre que llegaba llevaba un hacha al hombro y un horcón en la mano.
Iba desnudo de cintura para arriba y tenía la frente lastimada. Y la piel mal unida de la frente desgarrada en el paso del río no le dejaba cerrar los ojos. Siempre le quedaba abierta una rendija, porque la piel encogida y roja estaba tirante. Tenía un sembrado de pelos negros en el pecho. Y todo él estaba quemado por el sol.

La abeja parecía dormida y la flor también, hasta que vino una bocanada de aire y la flor se sacudió y la abeja voló rozándome la mejilla y en cuanto la flor se volvió a quedar quieta la abeja se metió otra vez dentro de ella. El hombre había dejado el horcón y el hacha al pie de un árbol, se enjugó la boca con el dorso de la mano y lo miró todo a su alrededor, un poco perdido. Tuve miedo de que me viese porque su mirada se había fijado en el matorral. Pero no. Comenzó a ir de un árbol a otro y leía las placas que colgaban de las argollas. Entre un árbol y otro tropezó con una raíz y estuvo a punto de caerse. Después se fue por el bosque adentro. Cuando dejé de verle respiré el aire que el estorbo que tenía dentro del pecho no me había dejado respirar en todo el rato. Pasaban muy poco a poco unos rebaños de nubes; me habría gustado poderlos mandar y hacerlos ir por donde me pareciese... y un grupo de las más pequeñas se detuvo, empotrado justo encima del bosque y estuvo allí tanto tiempo que ya parecía que no quería irse. Cuando el grupo de nubes pequeñas comenzó a huir, el hombre volvió. Empezó a hacer a hachazos una cruz en el tronco de un árbol: la había marcado con una piedra, de arriba abajo y de un lado a otro. Trabajaba maquinalmente y, al cabo de un rato, cayó de rodillas en el suelo y rompió a llorar. Yo no respiraba. Se levantó todavía llorando, se escupió en las manos y las restregó una contra otra. La abeja entraba y salía de la flor. Y el hacha cortaba el tronco e iba abriendo la raya. Con los primeros hachazos, las mariposas se habían alborotado. Dos de ellas bajaron hasta tocar el suelo y se pegaron a la pierna del hombre que abría el tronco del árbol. La abeja chupaba la flor. El hombre descansó y volvió a escupir en sus palmas; mientras se las frotaba, con el hacha debajo del brazo, miró hacia lo alto y se quedó hechizado con el revoloteo de las mariposas. Volvió a su trabajo, más cansado, como si cada vez que levantaba el hacha levantase todo el peso de la vida.

Había pasado mucho rato y el hombre golpeaba ahora en la raya travesera de la cruz. Golpeaba y golpeaba... Las dos mariposas que se le habían pegado a la pierna estaban tan juntas y con las alas tan plegadas que parecían una sola. La espalda del hombre brillaba de sudor; y las costillas; estaba muy delgado. Me dieron ganas de acercarme a él, de hablarle, de decirle que, a veces, junto a la fragua llena de chispas y entre los golpes de martillo, el herrero me había hablado del bosque y de los muertos que había dentro de los árboles.

Mercè Rodoreda, La muerte y la primavera.
Mercè Rodoreda, fotògraf desconegut, 1980 (AHCB-AF)
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