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Benzina

Quim Monzó
Gasolina

Cargada con tres bolsas, Helena hacía el mismo recorrido de antes pero a la inversa. Heribert la seguía a una cierta distancia. Había visitado una pastelería, una tienda de ropas y una librería, y en cada uno de los lugares había estado tan poco tiempo como para haberle resultado imposible estar con ningún amante, por muy diligentes que fueran ambos.

Helena buscó las llaves en el bolsillo del abrigo. Heribert la miraba de lejos y, cuando la vio entrar en casa, fue a dar una vuelta, para no entrar en ella inmediatamente. No tenía ganas de caminar. Dudó de si entrar en una taberna. Al final se decidió. Estaba medio vacía, con paredes de madera y espejos, no tanto oscura como escasa de luz. Se sentó en un taburete, se acodó en la barra y, a la hora de pedir, recordó que hacía relativamente poco tiempo (¿hoy?, ¿ayer?: no tenía ganas de calentarse los sesos para recordar exactamente cuándo) había tenido problemas de elección a la hora de pedir una bebida, en otro bar muy diferente de aquél; ahora no quería que se repitiera la situación. Por dicho motivo, cuando el camarero le preguntó qué quería, buscó inmediatamente algo a qué aferrarse y, al ver las palancas de la cerveza a presión, se sintió salvado.

–Cerveza a presión. Una jarra.

Después, al ver las botellas de whiskey alineadas frente al espejo al que se enfrentaba (era muy curioso: tenía un espejo delante de él y no se había visto: desde hacía rato veía en él su cara reflejada y no se había reconocido), pensó que si las hubiera visto antes que las palancas de la cerveza, habría pedido whisky. El camarero le sirvió la jarra. La pagó. Lamió la espuma.

Abrió la puerta de casa y entró. Helena estaba en la cocina. Heribert se metió. Helena levantó la vista de las zanahorias que cortaba.
–No sabía dónde estabas.
–He salido a dar una vuelta. Suponía que no volverías a comer.
–Y tú, ¿comes hoy en casa?
–Sí.

Mientras ella preparaba las zanahorias y las espinacas, Heribert se dedicó a limpiar los champiñones y el apio. Pensaba que la llamada de esa mañana debía haber sido de Hipòlita, para prevenir a Helena de que él había llamado ayer y ella no había sabido qué contestar a preguntas que no esperaba y que, por consiguiente, había quedado bastante claro que no habían cenado juntas. ¿Era posible que Helena hubiera pensado que no tenía importancia? Si había hablado con Hipòlita, era evidente que Helena debía suponer que Heribert sospechaba algo. ¿Por qué, en tal caso, no se disculpaba y daba una mentira suficientemente buena que lo enmascarara todo hasta el punto de llevarle a dudar de si las suposiciones que se formulara eran correctas? (Mentir mal, sin embargo, no era disimular: era mostrar las cosas aún con mayor claridad; ¡era peor que decir la verdad!) ¿O no le importaba? ¿O pensaba que no había qué disimular? ¿Por qué no le preguntaba en qué había trabajado aquel día? Cada hora que pasaba veía con mayor claridad que, o se decidía a pintar sin parar y con una energía que era evidente que no poseía, ni tenía ganas de sacar de ninguna parte, o llegado el día de colgar los cuadros se encontraría con las manos vacías, y no descorcharía ninguna botella de champán en ningún vernissage.

–¿Sabes? –dijo Helena, mientras mondaban unas naranjas–. Ayer fui al teatro con Hester, y vimos una obra tan buena que incluso a ti (que dices que no te gusta el teatro y que nunca quieres ir), incluso a ti te gustaría. Nos divertimos muchísimo.
Aquella manera de informarle de que no había salido con Hipòlita, sacándose a Hester de la manga, le molestó profundamente. Era como si le tomara por idiota. Supuso que Helena esperaba que él dijera: «–¿Hester? ¿No habías quedado con Hipòlita?» Y ella diría: «–¿Hipòlita? No.» Y si él insistía con suficiente convicción, no pasaría de añadir: «–¿Te dije que iba con Hipòlita? Puede que te lo dijera, pero me equivoqué de nombre.» Incluso (con lo lista que era Helena) preveía un final más detallista, para hacerlo más verosímil: «–Siempre me equivoco y confundo un nombre con otro, y digo Hester cuando quiero decir Hipòlita e Hipòlita cuando quiero decir Hester. No es la primera vez que me ocurre.» Heribert tenía, sin embargo, otra solución: no sorprenderse en absoluto y preguntarle, completamente tranquilo: «–Ah, ¿y qué fuisteis a ver?» Si, diciendo eso, no entendía que había pescado la mentira, como mínimo la intrigaría. ¿O pensaría que había olvidado por completo el episodio? ¿O que se había tragado el engaño? Telefonear a Hester con cualquier excusa, para interrogada sutilmente, no resolvería nada y sólo serviría para hacerle quedar en ridículo, porque estaría mas que advertida de que precisamente ella era la coartada de la noche anterior. ¿Qué salida le convenía más? Sin saber qué decir, y sin haber contestado todavía, abandonó el cuchillo y la naranja ya mondada sobre la mesa, se levantó de la silla y se excusó yendo al lavabo.

Traduït per Joaquín Jordá
Quim Monzó, Gasolina. Barcelona: Anagrama, 1984.
Quim Monzó
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