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Elogi de la paraula i altres escrits

Joan Maragall
Elogio de la palabra

Señores:

¡Qué gloria para mí el haber llegado a sentarme en este lugar y el ser el primero en alzar la voz en el año! ¿Tanto me apreciáis, entonces, que os parece bien que presida toda esta asamblea? Yo quiero corresponder a vuestro amor y a la dignidad que sólo él me concede, hablándoos de nuestro amor común a la razón de ser de esta casa, haciéndoos el elogio de la palabra.

Dice Ramon Llull: «Todo cuanto se puede sentir por los cinco sentidos corporales, todo es maravilla; pero como el hom¬bre siente con frecuencia las cosas corporalmente, por eso no se maravilla. Y eso mismo sucede con todas las cosas espiri¬tuales que se pueden memorar o entender».

Así pues, yo creo que la palabra es la cosa más maravillosa de este mundo, porque en ella se abrazan y confunden toda la maravilla corporal y toda la maravilla espiritual de la Natura¬leza.

Parece que la tierra emplee todas sus fuerzas en llegar a producir como el más alto sentido de ella misma; y que el hombre emplee toda la fuerza de su ser en producir la pa¬labra.

Mirad al hombre silencioso todavía y os parecerá un ser animal más o menos perfecto que los otros. Pero, poco a poco, sus facciones van animándose, un comienzo de expresión ilumi¬na sus ojos con una luz espiritual, sus labios se mueven, vibra el aire en una sutil variedad y esta vibración material y materialmente percibida por el sentido, trae dentro de sí misma esa cosa inmaterial desveladora del espíritu: la idea. ¡Y cómo! Oiréis el rumor del viento, y el ruido del agua, y el fragor del trueno que dejarán en vuestro espíritu una gran vaguedad de sentimiento, ¿pero no habrá bastante con que un niño pe¬queño, que sólo se deja oír desde muy cerca, diga suavemente «Madre», para que, ¡oh maravilla!, todo el mundo espiritual vibre vivamente en el fondo de vuestras entrañas? Un sutil mo¬vimiento del aire os hace presente la inmensa variedad del mundo y ocasiona en vosotros el intenso presentimiento de lo infinito desconocido.

¡Oh, qué cosa tan sagrada! Dice San Juan: «En el prin¬cipio era la palabra, y la palabra estaba en Dios»; y dice que por ella fueron hechas todas las cosas; y que la palabra se hizo carne y habitó en nosotros. ¡Qué abismo de luz, Dios mío!

Así pues, ¡con qué santo temor deberíamos hablar! Estan¬do en la palabra todo el misterio y toda la luz del mundo, ten¬dríamos que hablar como encantados, como deslumbrados. Por¬que no hay palabra, por ínfimo que sea lo que represente, que no haya nacido en una luz de inspiración, que no refleje algo de la luz infinita que engendró el mundo. ¿Cómo podemos hablar fríamente y con tanta abundancia? Por eso sabemos escucharnos unos a otros con tanta indiferencia: porque el há¬bito del demasiado hablar y del demasiado oír nos enturbia el sentimiento de la santidad de la palabra. Deberíamos hablar mucho menos y solamente por un profundo anhelo de expre¬sión: cuando el espíritu se estremece de plenitud y las flores brotan una a una en primavera, y no en todas las ramas, sino como cuando sale una sola de una rama. Cuando una rama ya no puede más con la primavera que lleva dentro, entre las abundantes hojas brota una flor como expresión maravillosa. ¿No veis en la plenitud de las plantas su admiración por haber florecido? Así ocurre con nosotros cuando brota en nuestros labios la palabra verdadera.

¿No habéis oído nunca cómo hablan los enamorados? Pa¬recen unos hechizados que no saben lo que dicen. Tienen un habla quebrada, entre la abundante luz de las miradas y la palpitante plenitud del pecho. Y así, sus palabras son como flores. Porque, antes de que el amor hable, ¡qué hervor de vida en todas las ramas del sentido!, ¡cuánto querer decir en los ojos! Y cuando se cruzan ardientes las miradas, ¡qué si¬lencio! ¿No os habéis encontrado nunca, en un bosque muy grande, con aquella quietud llena de vida que parece una ado¬ración de toda la tierra? Pues así adoran los enamorados en el fulgor silencioso de las miradas. Y por fin brota una música animada, ¡oh, maravilla!, una palabra. ¿Cuál? Cualquiera; pero como lleva en sí toda el alma del terrible silencio que la engendró, sea lo que sea, tratad de sondear su sentido; será en vano; nunca llegaréis al fondo, y os asustaréis del infinito que lleva en sus entrañas.

Así hablan también los poetas. Son los enamorados de todo lo del mundo, y también miran y se estremecen mucho antes de hablar. Lo miran todo como encantados y después se sienten febriles y cierran los ojos y hablan en su fiebre: entonces dicen alguna palabra creadora y, semejantes a Dios en el primer día del Génesis, de su caos surge la luz.

Y de este modo la palabra del poeta surge con ritmo de sonido y de luz, con el ritmo único de la belleza creadora: ése es el hechizo divino del verso, verdadero lenguaje del hombre.

Dice Emerson: «No es que Dios haya creado las cosas bellas, sino que la belleza es la creadora del Universo». Así, parece que Dios crea en la palabra inspirada del poeta.

Pero, olvidados a menudo de la divinidad del mundo, y por aparentes necesidades de lo contingente, menospreciamos al poe¬ta pequeño o grande que hay en cada uno de nosotros y ha¬blamos interminablemente, sin inspiración, sin ritmo, sin luz, sin música, y nuestras palabras fluyen insignificantes y fatigo¬sas, como planta que se disipa en hojas innumerables, ignoran¬do la maravilla de las flores que lleva inexpresadas en su seno.

Y vosotros mismos, sobre todo los que sois llamados poe¬tas, ¿cuándo vais a entrar profundamente en vuestras almas para no oír otra cosa que el ritmo divino de ellas al vibrar en el amor de las cosas de la tierra? ¿Cuándo llegaréis a desdeñar cualquier otro ritmo y hablaréis sólo con palabras vivas? En¬tonces seréis escuchados en el encantamiento de los sentidos, y vuestras palabras misteriosas crearán la vida verdadera, y seréis unos mágicos prodigiosos.

Porque yo he visto que, cuando habláis olvidados del ritmo vacío de vuestra vanidad corruptora y con toda la humildad de vuestra alma inspirada, yo he visto a las gentes que antes os escuchaban distraídamente, cómo se les iluminaban los ojos, cómo se les encendían las mejillas, cómo alentaban con sus boas más abiertas y cómo sonreían con beatitud entre lágrimas, rindiendo el cuerpo para que su espíritu fuese transportado a la divina esfera. He visto cómo se miraban los unos a los otros, maravillados y dichosos de verse juntos, redimidos de toda contingencia por el hechizo, desconocido para ellos, de la palabra absoluta; y repetírsela, balbuceando, los unos a los otros, y a los de más allá que no la oían; y de lejos y de más lejos aún volverse, iluminados, todos los ojos hacia el poeta que hablaba en la humildad de la fiebre creadora: y en todos los ojos había una gratitud amante, como de criatura a su creador. […]

Traduït per Enrique Sordo
Joan Maragall, Elogio de la palabra. Barcelona: Edicions del Mall, 1986, 19-25. Discurso leído por Joan Maragall en el Ateneo Barcelonés en la sesión inaugural de 1903. (15 de octubre)
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