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Drames rurals. Caires vius

Víctor Català
Agonía

[…]

Don Ramón le había dicho a Minguín que aun quedaba un poco de esperanza, pero Minguín veía que la “diñaba”. Así se lo dijo al mayor de los hijos hacía poco rato.

—Tu madre nos dará un disgusto, créeme; aquella agitación que se le nota en la caja del pecho no me gusta; parece que le están cazando el alma por todos los rincones.

Pero el hijo había apartado aquel presentimiento. A los jóvenes les cuesta entristecerse; aguardan siempre el postrer momento. En cambio, Minguín era otra cosa. Con Sabel se le iba al otro mundo la mejor alhaja de la casa, como decía él. El viento podía arrebatarle los pajares y desgajarle los sauces; hasta el Gobierno podía habérsele llevado un hijo a las Américas; pero con el estío rebrotarían los sauces y se alzarían pajares nuevos, y también, si había perdido un hijo, le quedaba otro a su lado para ayudarle. Con Sabel, en cambio, no había consuelo ni compensación posible, porque cuando la muerte se la llevara, ni volvería a rebrotar ni a él le quedaría otra Sabel a mano.
[…]

Ya en este punto de sus pensamientos, se preguntó por qué no había vuelto don Ramón; no se le había visto desde la noche anterior, a pesar de que Sabel estaba en peligro. Verdad es que no era cosa sencilla andar un cuarto de hora entre aquel vendaval; pero por Sabel ya podía hacerlo, que, para don Ramón, Sabel no era un enfermo como todos. Debía tenerle más consideraciones, porque había servido en su casa hasta que volvió para casarse con él, con Minguín, y después de casada siempre le había querido, y los huevos más hermosos, las mejores frutas y las longanizas más grandes, todo iba a parar a casa del médico. Y Minguín no se quejaba; al contrario: lo que Sabel hacía, bien hecho estaba, y consideraba muy puesto en razón que tuviese ley a la casa en que había servido.

Hasta él mismo le recordaba los días de santo y las festividades, para que no le cayeran en olvido. Pero, francamente, don Ramón no les había correspondido como merecían. Minguín no se atrevía jamás a decírselo a Sabel; pero era la verdad. Cierto que cuando la boda les había pagado la posta y las licencias. Pero aparte de esto, ¿qué otra cosa había hecho por ella? Les cobraba la iguala hasta en los años de mayor miseria, y cuando le pidieron dinero para librar de la quinta al heredero, les dijo que sólo podía prestarles veinticinco duros, porque se le había muerto la yegua y tenía que comprar otra; tanto, que el hijo hubiera tenido que ir a servir si no les deja los doscientos duros el secretario. Y fué el pobre Juanito, el pequeño, que Dios sabe cuándo volvería, si es que volvía, de aquellas malditas tierras...

[…]

—¿Qué... hora... es ?—articuló Sabel con esfuerzo.
—Son las cinco, poco más o menos... ¿Quieres algo?
—No...
Al cabo de unos segundos, la enferma añadió, tan lentamente que Minguín, todo oídos para recoger las palabras de su mujer, apenas las entreoyó:
—Mañana... a... esta hora ya... es... taré... fue... ra!
Sintió Minguín un puñetazo en el corazón y le temblaron las mejillas. Ahogando los sollozos a fuerza de heroísmo y disimulando como si echase la cosa a broma, dibujó una sonrisa que pareció una mueca, y dijo:
—¡Ah valiente! ¿Y dónde quieres ir mañana?
Sabel volvió de nuevo hacia él la verdosa cabeza descarnada mortecina. Después dijo:
—Al cielo..., si tú quieres.
A Minguín se le erizaron los cabellos.
—¿Yo?—preguntó; y e le anudó la voz como si le ahogaran con un lazo corredizo.
—Si... quieres... perdo... narme!
[…]

Minguín, nuevamente desatinado, se sentó a la vera del lecho.
—¿Qué me has de decir, Sabel?
—¿Me perdo... narás?
Minguín estalló en un sollozo que no pudo contener, abatió la cabeza en la almohada de Sabel y mordió la lana. La enferma se removió angustiada, y salió de la cama una vaharada fuerte de sudor, de orines, un insoportable hedor de cosa descompuesta. El estertor se hizo más fatigoso, y más largo el silbido.
—¿Me perdo... narás, Min... Minguín?
—¡Si no tengo nada que perdonarte, Sabel!... ¡Si has sido la mujer más buena del mundo!
—¡No, no!—repetía penosamente la cabeza de la enferma, y su voz apagada decía con insistencia:
—¡Perdó...name!
—Pero ¿de qué, Bel, de qué?
—Perdóname... y después... te... lo... diré. Y la enferma arañó la ropa con los dedos como garfios.
—Sí, sí—pronunció Minguín desesperado—. De todo te perdono, Bel; de todo lo que quieras, de todo...
—¡Júra... melo!
—¡Te lo juro...! ¡Tal como yo deseo ser perdonado por Dios Nuestro Señor!

[…]

—¡Min…guín..., escucha!
Sabel se fatigaba al hablar, y Minguín, para que no tuviera que esforzarse tanto, casi metió la cabeza en la cama.
—Habla despacio, Sabel, que ya te oigo.
—¿Harás rezar por mí cuando haya... muerto?
—¿Por qué dices esas cosas? ¡Como si hubieras de morirte de ésta! Ya sabes lo que dijo, don Ramón.
—Déjale... decir... a don Ramón. ¡Yo... ya sé... cómo estoy! Aunque para... ti... sea una sangría..., hazme funerales..., Minguín..., para... que Nuestro Señor... también.... me perdone...
Minguín se abogaba y no pude contestar. Sentía que le ardía la cabeza y que se le helaban los pies. La enferma le tenía cogida la mano con la fuerza de unas tenazas.
—¡Y tú... no me maldigas… cuando... me muera!
Minguín levantó la cabeza y la miró asustado. En los lagrimales de la moribunda temblaba una lágrima, como una gota de lluvia en la cuenca de una calavera.
—¿Maldecirte a ti, Sabel? ¡Ave María Purísima! ¡Por qué había de maldecirte, triste de mí!
—¡Porque me casé!... Yo no era.., para ti...
—Ya lo sé, Sabel, que no eras para mí; yo tenía quince años más que tú. Tú eras como la Virgen del Rosario, y yo, feo como un mal espíritu y pobre como una rata. A ti te cortejaban todos los mozos, y a mí no me hubiera querido nadie. ¡Pero tú no te fijaste en estas cosas, y por eso te quiero tanto, Sabel!... Tú sólo quisiste, ver que tu primo Minguín era un hombre de bien, trabajador y que se moría por ti.

[…]

La moribunda se reanimó, asustada.
—No..., no; el señor rector me dijo... que si no... te lo decía.... me condenaría..., y quiero decírtelo..., Minguín... ¡Pero cuesta... tanto decir... estas cosas!...
Minguín juntó las manos desesperado.
—Pero ¡válgame Dios! ¿Qué es eso que me has ¿e decir y que tanta angustia te causa?
—Que... cuando... me casé...
Minguín se inclinó sobre la cama, escuchando ávidamente.
—… ya estaba encinta...
El primero que transcurrió en aquella alcoba después de la espantosa confesión fué un minuto trágico.

Minguín quedó como herido del rayo: inmóvil, los ojos vidriosos, abierta la boca. Se le helaron los pies, y todas las cosas se fundieron a sus ojos en la verdosidad de una niebla espesa. Al mismo tiempo, la muerte extendió una sombra morada par el rostro de la enferma. La lucecita de la mariposa se revolvió asustada, como si quisiese huir, y las negruras inquietas, como grandes fantasmas vaporosos, se arremolinaron agitándose en torno de la agonía, mientras fuera la tramontana gemía desesperadamente en su carrera desenfrenada hacia el Infinito.

[…]

Comprendió el mezquino egoísmo de aquella mujer, que había explotado hasta el último momento una confianza ciega no confesando nada hasta tener seguro el perdón que había de abrirle las puertas del cielo que ella misma se había cerrado por su culpa.

Pero la había querido tanto, que no halló fuerzas en su corazón para odiarla. Con la cabeza caída sobre el pecho, preguntó lentamente, con sorda pena:
—Es decir..., que el mayor...
—Es... suyo...
—¿Y el otro?
—Tuyo.
Minguín lo vió todo más claro. Ella no había parado hasta que habían librado de quintas al mayor, a la niña de sus ojos, aun con riesgo de arruinarse, como de hecho había ocurrido—aun pagaban veintidós duros anuales de rédito por aquellos doscientos que les había prestado el secretario, y que no podrían devolver nunca más—. Y, en cambio, no había hecho esfuerzo alguno para redimir al pequeño, al hijo de él, de Minguín, abandonándole, resignada, a la desgracia desde el primer momento. Y el hijo se había ido a morir en tierras extrañas, como un malquerido, y el otro..., el hijo de extranjis, el hijo de la vergüenza..., el forastero, era el heredero, el amo del amo y del caudal; vivía en la casa del desposeído, robaba el amor que correspondía al desposeído... ¡Rediós, qué pujo en el corazón, Minguín!... ¡Y aquella mujer lo había callado todo y no había declarado la injusticia hasta verse con un pie en la sepultura!... ¡Ah, si no estuviese tan en las últimas!

[…]

Minguín se vió entonces en la linde de la hoguera; podía retroceder o echarse a ella y abrasarse.

Le asaltó una gran cobardía que le helaba el corazón, y al mismo tiempo, un encendido deseo de saberlo todo.
—¿Quién era él?—preguntó por fin—. Y se le helaron las encías.
La mirada ya apagada y ciega de la moribunda volvióse de un lado a otro con asustado horror, con infinito miedo, como si viese abrirse de par en par las puertas del futuro y quisiese escapar a su destino. Con contracción furiosa y violenta arrebujó las ropas sobre el pecho, desabrigándose las piernas hasta las rodillas. Le faltaba la respiración. Casi inconscientemente y en voz baja, Minguín repitió la pregunta:
—¿Quién era él, Sabel?
La enferma volvió la cabeza y pareció entender.
—¿Él?... ¡Don... Ramón!

[…]

Traduït per Rafael Marquina
Víctor Català, Agonía. Madrid: Espasa Calpe, 1921, pp. 27-43.
Víctor Català
Comentaris sobre obres
Solitud (1905)
per Jordi Castellanos
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