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Drames rurals. Caires vius

Víctor Català
Contraluz

[…]

—Yo tenía una hija, Margaritiña...; era vivaracha y lista como una ardilla. ¡A los diez años ya era una gran ayuda para su madre!... ¡No se ha visto moza como ella! ¡Sólo tenía una manía que me desagradaba: este huerto! Era su obsesión. No la podíamos sacar de aquí. ¡Siempre aquí, sembrando, regando y trasplantando flores, que las tenía de todas clases, como en el huerto de la rectoría!... Todavía me parece verlo... Aquí, rosas malvas más altas que yo... Al otro lado, claveles y guisantes de olor y viuditas y otras flores raras, que no sé cómo se llamaban ni de dónde las traía... No podía sufrir que yo pusiese mano en ellas. ¡Ay, señor, los hijos! Ya de pequeños tienen más fortaleza que nosotros y tienen gustos y placeres que no han heredado con la sangre y que no les enseñaron en la escuela! A mí lo mismo me importaba pisar una flor que un estiércol, porque, bien considerado, una flor es la cosa más inútil de la tierra... ¡Pues ella, aquel amor!... Siempre le teníamos que reñir porque volvía tarde a casa... Hasta que un día, cuando iba a cumplir los trece años, lo tengo muy presente, era cuando la romería de Fustes... mi mujer y yo aprovechamos un día de fiesta para ir a cambiar una yegua, y al volver, ya muy tarde, ella no estaba todavía en casa. Yo me enfadé. “¿Qué te apuestas que, sintiéndose dueña de casa, se ha ido a la romería?”—me dijo mi mujer—. Pero entonces entró ella, del todo horrorizada y mirando hacia atrás... “¿Estas son horas de volver de Fustes?”—le gritó su madre—. Ella echó a llorar y dijo que no había ido a Fustes. Y así era: vestía su ropa de diario y estaba despeinada y llena de barro. “¡Y ca!—salté yo enfadado—. ¿Que no ves de dónde viene? ¡Del huerto, mujer, del huerto! ¡Cría de topo, ya te desacostumbraré de una vez! ¡Mañana arranco las flores y las entierro, sin dejar una, como hay Dios!” La criatura, pobrecilla, no dijo una palabra; pero toda la noche se la pasó temblando, que oíamos la cabecera de la cama dar contra el tabique... Y amaneció con la cara triste como después de una pesadilla... Yo, pasada ya la turbonada, no volví a acordarme de las flores; pero creí que ella se había sentido por aquella reconvención, porque, por su gusto, no volvió jamás al huerto... Iba sólo cuando la llevaba su madre.

Y después creímos que el privarse de aquel gusto le hacía daño, porque fué perdiendo el color y fué volviéndose flaca y peluda como ratón de agua... Hasta me parecía sentir remordimiento... “¡Tu mal geniazo tiene la culpa! La criatura no estaba habituada a regaños, la asustaste, y veremos si tiene enfermedad en la sangre”... Pero mi mujer me decía que no me preocupase... “Es la edad, José, también; es la edad; sufren muchos cambios”... Hasta que yo llegué a creerlo... ¿Qué sabe un hombre de estas cosas?... Pero al cabo de un tiempo le salió un bulto en el cuello... Su madre le aplicó bálsamos y unturas. Pero en lugar de desaparecer, más grande, más grande, hasta que reventó..., lleno de postema; después, una costura y el nervio de la mejilla encogido... Al verse de aquella manera, se daba pena y no se atrevía a salir de casa; pero en cuanto le hablaban del médico, ¡que no, que no y que no! Llegó, al ver que yo insistía, a amenazar a su madre con que se tiraría al pozo... Y tuvimos que dejarlo correr, porque lo habría hecho... Y le salieron otros bultos bajo el brazo y en él cuello... Yo me aborrecía a mí mismo. “Así te hubieses muerto antes que decirle nada—pensaba—. Has desgraciado a tu hija, que nunca volverá a ser lo que era...” Y fuese adonde fuese, hiciese lo que quisiera, siempre sentía aquella espina en el magín, que no me dejaba sosegar… Hasta que un día—había llovido y yo estaba en la puerta componiéndome los zuecos—vi venir por el extremo de la calle al francés...

Una corazonada me advirtió que llegábamos al nervio del drama, e interrumpí:
— ¿Quién era el francés?
— ¿No ha oído usted hablar de él? Un buhonero gabacho que cada año se daba una vuelta por estos pueblos... Decían que era un Jan Fume..., y aun se dijo más, tiempo después, cuando desapareció sin dejar rastro, y la gente empezó a comentar que la Luna se lo había tragado...

Entonces recordé una antigua fábula del buhonero francés que me habían contado alguna vez de pequeño para hacerme estar quieto.

Pero la voz apagada del viejo volvía a sonar como el rumor monótono de un rezo lejano.

Al verle me acordé de que tenía roto el puño del paraguas, y sin moverme de la puerta doy una voz a la niña para que lo traiga y le indico a él que se acerque... ¡Maldita sea!... ¡Todo ello fué un querer de Dios! La chica aparecía en la puerta cuando él llegaba, y apenas le ve lanza un aullido de espiritada y se mete corriendo en casa; y él, que de repente se había sorprendido, quedó rojo como una amapola, y sin aguardar el encargo ni dar las buenas noche en cuatro zancazos cruzó la calle y desapareció... No sé lo que pasó por mí en aquel momento... Entré en casa, y mi hija, al verme, pareció más muerta que viva, temblando igual que aquella noche... ¡Voto a...! No quería hablar tampoco... ¡Claro, pobrecilla, la vergüenza! ¡Era tan joven! ¡Ah, sangre de perro judío!

Y el viejo jornalero, removido por una ráfaga de tragedia, amenazó al espacio con sus dos puños trémulos. Ante la explosión de aquel gran dolor recóndito, un manantial de piedad brotó de mi corazón, hasta entonces indiferente, como una fuente cálida de una roca viva.

La voz apagada había enmudecido de nuevo, absorbida por el sentimiento. Ansioso ya por saberlo todo, la espoleé con una ávida interrogación:
— ¿Y...?
Aquel gran dolor, como corriente subterránea, llevó a flor de tierra un nuevo atisbo del misterio.
—Y... ¿qué voy a decirle? Ya puede imaginarlo... La maldita romería... de Fustes... Ni un alma por las afueras... La criatura, sola en el huerto. El judío del infierno, más forzudo que un descargador de la ribera... ¡Hija de mi corazón! ¡Si me lo hubiese dicho!... ¡No estaría muerta!... Harto había yo oído decir que estaba lacrado de una peste fea, y tiempo después, cuando se lo conté al médico, a don Benito, me dijo que ya era tarde.... ¡Ah, que arda el cerdo!... ¡Mi perdón, jamás!
— ¿Murió también?—pregunté, presintiendo la respuesta.
— ¿Que si murió pregunta?—y echó a reír siniestramente—. Cuando acabó de llover, cogí la bufanda y la hoz y fui al mesón... No llegué a entrar; por la ventana pude ver que no estaba. “Has escapado por miedo pero no estás muy lejos; que la lluvia te habrá hecho esconder en algún lado...” Vuelvo a casa, y me llevo la luz para buscar caracoles... No llevaba prisa... El corazón me decía: “Ya le encontrarás... No te apresures...” Y recogía cuanto me salía al paso... Me acuerdo como si hubiese sucedido hoy... Soplaba el aire, y a cada ráfaga salía del farol un lengüetazo caliente que me quemaba la cara... Andando, andando, llegué hasta una barraca que había en los terrenos comunales del pueblo... “Está aquí...”, me dijo el corazón; y apenas asomo la cabeza, le veo tendido en tierra, con la caja de los paraguas por almohada.... Dormía como un tronco... Le desperté de una patada en los riñones... Se sentó, asustado:

“¿Qué hay? ¿Qué queréis?...” Ni me conocía... “Vengo a destrozarte... ¿No lo ves?...” Primero suplicó; después me amenazaba...; hasta probó sacarse algo del bolsillo... ¡Mal rayo! De un puntapié le dejé aturdido, y con otro le aplasté la cabeza... “¡Arre allá, cabrón pestífero!... ¡Aquí tienes el remedio!” Y cuando estuvo listo, hice de él una pelota, y envuelto en su propia blusa le llevé al huerto... Entonces, para mí un quintal era como una paja... Aquí la había hecho... y aquí le enterré... Y con él, la caja de los paraguas y mis zuecos... Las coles iban medianas; las replanté, para que nada se conociese, y cuando estuvieron en su punto, ¡con qué gusto las comía!... Y desde entonces, siempre... No hay mejor abono... ¡Después de cuarenta años, todavía su pudridura las hace crecer!
— ¿Y... nadie sospechó nada?
— ¿Quién quiere que sospechase, si de él no quedó ni una brizna sobre la tierra?... Ni una gota de sangre. Incendié la barraca, y en el pueblo creyeron que lo habían hecho los guardianes, en venganza por no dejarles acercar al Comunal... Por esto, pasado tiempo, al ver que no reaparecía, se dijo que se lo había tragado la Luna... Pero, aunque no hubiese sido así, si alguien hubiese dicho algo, también le habría matado como a él. Pues ¿qué? ¿No puede un padre hacer tales escarmientos?

El misterio estaba aclarado, y en la urna cristalina de aquel día plácido, y ante aquellas dos extremidades medio muertas, los pies morados y la cabeza de nieve, el drama vivo y punzante del padre me pareció desolador como una negra inmensidad. Y el peso del judío fallido, del judío eternamente errante, me hizo bajar la frente. Cero, col humana, lo mismo que la cifra más alta de la tabla, lo mismo que la flor más excelsa de la especie, eres un hombre, y hombre, tienen razón los demás hombres; eres un rey, un dios, un microcosmos, porque tienes... ¡un corazón!

Traduït per Rafael Marquina
Víctor Català, Contraluz. Madrid: Espasa Calpe, 1921, pp.149-162.
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