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Drames rurals. Caires vius

Víctor Català
El calvario de «Mitus»

Jaimito Payol, alias Mitus, por fin se había salido con la suya, casándose con la Maca. Crca de tres años de pleitear costóle granjearse la novia de Quim Rossell, pero no dolían; harto poco le parecía al considerar la prenda que se llevaba. Sólo que él no era vanidoso ni le cegaba el triunfo; demasiado veía que éste era debido más que á otra cosa, á los padres de ella, ó mejor dicho á la bendición de Dios de su heredad:
pues si los viejos no llegan á deslumbrarse con la casa, el huerto y lo demás de casa Payol, no habrían mentado tanto la gandulería de Quim, ni le hubiesen hecho aquella contra tan furiosa, hasta lograr que la Maca perdiese el entusiasmo que por él sentía, y diese el sí a Mitus.
Cierto que alguien había cuidado de hacerle presente que la Maca decía á voz en cuello que se casaba á la fuerza, que jamás podría ver con buenos ojos á aquel tísico ni á sus onzas, y que su querer, hasta la hora de la muerte, sería para Quim y para nadie más. Pero Mitus se reía del cotorreo de la gente. El caso era que la Maca, aquella bendita Maca que le tenía completamente perdido, aunque antes hubiese dicho lo que hubiese dicho, ahora se casaba con él, dejando al otro plantado y con un palmo de narices. Además, no era posible que lo hiciese á disgusto, como suponían, si es que tenía una miajita de juicio. ¿Podía esperar un golpe de tanta suerte, ella, una muchacha vistosa cual rosa de mayo, esto no podía negarse, pero más pobre que las ratas, ya que si sus padres le daban media docena de camisas como dote, harían un verdadero esfuerzo, pues al cabo eran unos pobres jornaleros? Cierto que Mitus no era guapo ni buen mozo como Quim, pero él decía que la belleza no hace el puchero graso, y que la Pepa podía cambiar la de su antiguo novio por su hacienda que la convertiría en una reina, librándola de correr de amo en amo por un triste salario, ó de marchitarse inclinada todo el día sobre la tierra.
Y para que no sintiese el cambio, el hechizado joven contaba y repetía á la Maca que en cuanto acabase el refresco del casamiento, marchaban ocho días ó más á Barcelona, y allí la llevaría á todas partes y le compraría lo que ella quisiese.
Y dicho y hecho: se casaron á las cuatro de la madrugada, y á las siete ya estaban en el tren, que corría como el rayo, cual si quisiera acercar á Mitus, bien deprisa, su ventura.
Y Mitus estaba contento, tan locamente contento, que no veía ni entendía, no acertando á decir nada á derechas á su mujer.
Pero él no sabía un detalle. Los padres de ella, sí, lo habían sabido a última hora; pero tomaron toda clase de precauciones para que el muchacho no llegase á sospecharlo.
El detalle era el siguiente: la tarde antes de la boda, mientras el novio estaba en Gerona comprando los confites, hubo un gran escándalo en casa de la Pepa, porque ésta quería romper de todos modos la palabra empeñada. Los viejos la llenaron de improperios y amenazas, la maldijeron y su padre llegó á hacerle una descalabradura pegándole con la horca; hasta que ella pidió clemencia, y prometió de nuevo su misión absoluta... Pero en cuanto la dejaron en paz, rabiosa y desesperada, escapóse: ¿y adónde marchó? Acaso de una tía de Quim Rossell, que vivía sola en un extremo del pueblo, suplicándole que fuese á decir á su sobrino que quería tener una entrevista con él, pasase lo que pasase.
La tía de Quim, que en aquel momento se iba á escardar; cogió un azadón, entornó la puerta y marchóse hacia el campo, dando de paso el recado de la Maca. Quim que, como de costumbre, estaba muy á placer bajo techado, no tuvo plomos en los pies y en dos saltos plantóse en casa de su tía.
Cuando los dos amantes salieron de allí, primero uno y después el otro, ya era noche cerrada.
Dos vecinas que les habían visto entrar y estaban al acecho, cruzando las manos y alargando la cara con mueca de lástima, se dijeron una á otra:
—¡Alabado sea Dios! ¡Al pobre Mitus se los ponen antes de casarse!
—Pues ya se lo podía figurar, con aquella cara de pan de centeno y el achaque del ahogo. ¡Si hasta es un caso de conciencia que un hombre así, por cuatro puñados de tierra, pueda desbaratar la mejor pareja del pueblo!
Y empezaron á comparar.
Jaimito Payol era un buen muchacho, de los mejores herederos del término y sin que otras bocas le mermaran los yantares, pues no tenía familia alguna, pero estaba al ras con ras de los treinta, era delgaducho y tenía quebrado el color, hundidos los ojos y las mejillas chupadas cual si padeciese de algún mal oculto.
En cambio Quim, sin más bienes que su gandulería y madre y abuela que mantener, tenía la ventaja de la figura: una figura que ni hecha con molde. Alto, lozano sin crasitud, de maneras airosas, tierno como un requesón y con el cutis de un blanco- dorado, que lo resistía todo sin alterarse ni estropearse. Tenía el pelo crespo y, lo mismo que las cejas, de un rubio casi blanco, rubio de un polvillo, que, de lejos, le daba un as- aspecto pálido y nebuloso, como si acabase siempre de salir de una trilla.
A las chicas les parecía más bonito que el nuevo San Sebastián do la iglesia, y decían que le sentaría mejor que al Secretario vestir á lo señor. Quizás no era muy donoso en la conversación, pero tenía una voz dulce, sin brusquedades ásperas como las de los domas payeses, y un modo de mirar tristón y enternecedor que robaba el corazón de las muchachas más ariscas.
Pero él, desde que se puso en relaciones con la Maca, no había vuelto á mirar á ninguna chica, y los dos estaban tan prendados uno de otro, que todo el mundo creía que pronto comerían pan de bodas.
Pero la gente se había equivocado; pues al fin y á la postre Pepa se casaba con Mitus y no con Quim.
—¿Crees tú que después de lo de hoy se atreverá?—preguntó una de las vecinas.
—¿No comprendes que los viejos la obligan?—contestó la otra.
—¡Pues esto no debía consentirse, porque así les hacen sufrir á ellos, y engañan á un buen muchacho!
Y la vecina, herida por un repentino escrúpulo de conciencia, fue á contárselo todo á los padres de la Maca, para ver si desbarataban la boda. Pero los padres, lejos de ello, procuraron que Mitus no viese á nadie en toda la noche, y á la mañana siguiente no le dejaron á sol ni á sombra, hasta que se metió, con su mujer, en la tartana que debía llevarles al tren. Y cuando la tartana arrancó, los dos viejos se metieron en casa, y como si acabasen de quitarse un gran peso de encima, exclamaron á una:
— ¡Gracias á Dios!
Y mirándose enternecidos, añadieron:
— ¡Ya no nos faltará pan en la vejez!

* * *

[…]

Traduït per M. Domenje Mir
Víctor Català, El calvario de «Mitus». Barcelona : A. Domenech, 1910, pp.73-82.
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