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Lo somni

Bernat Metge

No ha pasado mucho tiempo desde que, estando yo preso, no por deméritos que quienes me persiguen y me envidian pudieran usar en mi perjuicio –según lo que más tarde claramente y para su vergüenza se ha demostrado–, sino o bien por mera maldad suya contra mí, o bien por algún secreto juicio de Dios, un viernes, en torno a media noche, mientras estudiaba en la habitación donde acostumbraba hacerlo (testigo espacio de mis cuitas), me embargó un intenso deseo de dormir. Tratando de vencerlo, me puse en pie y paseé un rato por la habitación. Pero, sorprendido por un gran sueño, me fue preciso tumbarme en la cama, y súbitamente, sin desvestirme, me dormí: no como de costumbre, sino del modo en que los enfermos o los hambrientos suelen hacerlo.

En tales condiciones, tuve la impresión de que se me aparecía alguien de mediana estatura y de venerable rostro, con un traje de erizado terciopelo carmesí sembrado de coronas dobles de oro, cuya cabeza estaba cubierta por un birrete rojo. Y lo acompañaban dos hombres de gran estatura: uno era joven y muy bello, con una lira en las manos; el otro, muy viejo, de larga barba, vacíos los ojos, empuñaba un largo bastón. Alrededor de ellos había multitud de halcones, azores y canes de razas diversas, que gritaban y aullaban de manera muy desagradable.

Y cuando hube mirado con atención, especialmente al de mediana estatura, me pareció que reconocía al rey don Juan de Aragón, de gloriosa memoria, que recientemente se había despedido de esta vida y a quien yo había servido durante años. Y dudando de si era él, me asusté terriblemente. Entonces él me dijo:

–Aleja de ti cualquier temor, porque soy quien tú crees.

Al oírlo hablar, supe de inmediato que era él; y trémulo dije:

–¡Oh, señor! ¿Cómo es que aquí estáis? ¿No moristeis poco tiempo atrás?
–No morí –dijo él–, sino que le dejé la carne a su madre la tierra y le restituí mi espíritu a Dios, quien me lo había concedido.

–¿Cómo: el espíritu? –dije yo–. No puedo creer que el espíritu, si algo es, pueda recorrer camino distinto al de la carne.

–Entonces, ¿qué entiendes –me preguntó– que sea yo? ¿No sabes a ciencia cierta que el otro día abandoné mi vida corporal?

–Admito que lo oí –respondí–, pero ahora no lo creo, porque si estuvierais muerto no estaríais aquí; entiendo por tanto que estáis vivo. Mas la gente, ora porque lo desearía, porque siempre se alegra de las novedades (especialmente las de un cambio de señor), ora por alguna artimaña que trama, alimenta el rumor de que estáis muerto.

–El rumor –dijo él–, es cierto: he pagado mi deuda con la naturaleza y mi espíritu es con quien estás hablando.

–Vós, señor, me podéis decir cuanto os plazca; pero, con el debido respeto, no voy a creer que estéis muerto, porque todo el mundo sabe que los muertos no hablan.

–Cierto es –dijo él–, lo que afirmas; mas el espíritu no muere, y por tanto no le es imposible hablar.

Traduït per Jorge Carrión
Bernat Metge, . El sueño, traducción y prólogo de Jorge Carrión, Barcelona: Barcino; DVD Ediciones, 2006, 23-24.
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