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Epistolario entre Miguel de Unamuno y Juan Maragall y escritos complementarios

Joan Maragall
Carta a Miguel de Unamuno

Barcelona, 24 de abril de 1907

Sr. D. Miguel de Unamuno,

Muy querido amigo: Ya lo tengo, hélo aquí en mis manos, este deseado y querido libro; ya tengo a V. conmigo para siempre. Es un poeta, es el poeta castellano de nuestro tiempo, poeta al revés, o al menos, al revés nuestro; poeta de dentro a fuera. Porque, a nosotros, es la luz, son los campos, son los montes, son los actos y los gestos humanos los que se nos meten dentro y nos mueven, y vuelven a salir en palabras con el ritmo que ellos mismos han promovido en nosotros; pero en el poeta genuinamente castellano, en V., todo empieza dentro; allí está su luz, allí sus campos, allí sus montes, allí la humanidad toda y Dios mismo; u de allí sale originariamente el verbo inflamado para dominar, para hacer servir a su expresión, campos y montes y sol y estrellas, y los actos y gestos humanos, y al alma del universo. ¿Quién tiene razón? ¡Razón en poesía! La tiene V., la tenemos nosotros, cada uno tiene su razón: su razón poética, cuando se es poeta. Cuando hay emoción y potencia verbal se emociona a los demás; y esta es toda la preceptiva y toda la crítica que cabe en poesía. Pero la emoción de Vds. viene generalmente de la reflexión, y por esto a nosotros (intuitivos del alma universal a través del mundo) nos parece impura; y a Vds. la nuestra les parece sensual y vana. A nosotros, según Vds., nos ahoga la estética; a Vds. les consume la lógica, según nosotros. Pero cuando unos y otros llegamos a la mayor altura, nos encontramos abrazados, y nos preguntamos de donde venimos. Así en nosotros cuando la flecha disparada por el sentido llega a lo más alto, la emoción sensual puede volverse sublime concepto; así V. en un abstracto credo poético, hablando de la verdad, puede llegar a decir esa cosa de sublime plasticidad:

«La desnudas con tus manos, y tus ojos gozarán de su belleza»

puede evocar aquella visión de un objetivismo ético en cuatro versos, llenos, definitivos, inmortales, («Cataluña, Castilla, Portugal y Francia»)… («Francia dulce» me gustaba más que la «Dulce Francia». ¿Por qué? Quizás porque fue la impresión primera y, por tanto, definitiva)

«Cuando se acuesta el sol en el ocaso
deja tras su carrera
vibrando luminoso en la lata esfera
el áureo polvo de su augusto paso»

¡Oh, grandeza clásica! También dice V.:

«El dolor o la nada»
¿Por qué?

«Y en las serenas tardes
de los tranquilos días»

Veo aquí un inmenso paisaje que no es dolor, ni es la nada.

Pero lo más fuerte y de entonación más seguida, es lo que viene de dentro y domina toda imagen y apariencia: El último héroe, los Salmos, La vida es limosna, y también las que parecen venir de fuera, pero cuya exterioridad es sólo un punto de apoyo para la reacción interior, La Catedral de Barcelona, La Basílica de Santiago de Bilbao, La muerte del perro; y después, y quizás antes, los que V. dice incidentes afectivos, pero en cuya alteza muere la incidentalidad, aquel A sus ojos, lo más vivo quizás del libro, y aquel Cruzando un lugar, breve flor de eternidad.

Castilla ha de poner a V. sobre el trono de su decadencia. ¿Qué va a decir Dios mío, qué podrá decir la crítica madrileña sobre este libro austero? En aquel trono ideal o ya le he colocado, y le colocará todo el que sienta lo que es poesía en cualquier parte del mundo; pero yo lo pongo, además muy al lado de mi corazón.

Suyo,

Maragall

Joan Maragall, Carta a Miguel de Unamuno. Barcelona: Sala Parés Llibreria, 1930
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