Facebook Twitter

Àngel Guimerà

Visat núm. 9
(abril 2010)
por Anton Carbonell
La trayectoria literaria de Àngel Guimerà (1845-1924) se relaciona directamente con la consolidación del movimiento político y cultural de la Renaixença. Él fue uno de los protagonistas más remarcables, tanto por la faceta creativa en el campo, sobre todo, del teatro, como por el activismo en la reivindicación de la lengua y literatura catalanas. Se convirtió en un firme militante del catalanismo de su época, un hombre de paz y confraternización social –muy a menudo idílica- en unos años de fuertes tensiones colectivas. No rehuyó cuestiones discutidas, desde los atentados anarquistas hasta posturas más auténticamente cristianas que las defendidas por la Iglesia oficial de su tiempo. Siempre manifestó una preocupación por las injusticias y las hipocresías que condicionan la vida humana, y todo esto lo convirtió en un escritor popular, con un público muy amplio que lo admiraba.

Había nacido en Santa Cruz de Tenerife el año 1845, porque su padre, originario del Vendrell, se había instalado para arrancar los negocios familiares. No parece que el origen canario explique sus inicios poéticos en castellano. Más bien hace falta pensar que la situación social del catalán y las limitaciones de su uso público no facilitaban un acceso normal a la lengua del país. Pero, el estímulo de su amigo del Vendrell Jaume Ramon i Vidales y el entusiasmo compartido por los Juegos Florales, hacen que el joven Guimerà presente sus primeros poemas en la fiesta literaria. En el año 1875 recibe un accésit por “Indíbil i Mandoni”; la composición poética es conocida y recibida con fervor en una sesión pública que se hizo, el día siguiente de la Fiesta, en homenaje a los autores premiados. A partir de este momento, la carrera poética de Guimerà es imparable: gana la Flor Natural en el año 1876; finalmente, en 1877 se lleva todos los premios ordinarios y es nombrado Maestro en Gay Saber. La poesía guimeraniana se sitúa en el ámbito del romanticismo evolucionado de la segunda mitad del siglo XIX, que tiene un referente en el gran autor francés Víctor Hugo. Es una obra muy argumental y narrativa, nada abstracta, presidida por un dominio de la métrica y un tono vehemente que la hacen especialmente sonora. Su producción poética quedará recogida en dos libros – Poesies (1887) y Segon llibre de poesies (1920).

Sabemos que, alrededor de Guimerà, se va creando un ambiente favorable a su incorporación a la literatura teatral. Sus amigos, organizados en el grupo de “La Jove “Catalunya”, buscan incidir en el panorama literario de la Renaixença: creen que hace falta luchar por un teatro de calidad, con la tragedia como modelo, y con una intencionalidad propagandística catalanista que se exprese a través de una referencia a la historia propia. De entrada, la actividad literaria de Guimerà se centra en el terreno periodístico –es director de la publicación “La Renaixensa” (desde 1873 hasta 1904) y escribe artículos en consonancia con el ideario del catalanismo más exigente. Sin embargo, la influencia sobre todo del crítico e intelectual Josep Yxart, que hace valer los modelos de Shakespeare y Schiller, lo decanta por escribir su primera tragedia en verso, no mucho lejos de su mundo poético: se trata de Gala Placidia (1879), que centra la acción en el conflicto interno de los personajes y no en una manipulación interesada de la historia. Tanto Gala Placídia como la obra siguiente, Judith de Welp (1884), contarán con la complicidad de Josep Yxart y del grupo de “La Jove Cataluña” para conseguir ser representadas en el ámbito del teatro profesional en catalán, un sector que se encontraba bastante monopolizado por Frederic Soler y por un tipo de drama histórico muy efectista y melodramático.

La primera etapa del teatro de Àngel Guimerà se basa, pues, en la forma de la tragedia en verso y logra un punto culminante con el estreno de Mar y cielo (1888). En esta obra plasma su interés por los conflictos culturales y religiosos entre los pueblos  y, a la vez, presenta personajes sometidos a la tensión entre la fidelidad al colectivo al cual pertenecen y la apuesta por el deseo amoroso. Esta circunstancia problemática conduce a los protagonistas al desastre y al desenlace trágico. En Mar y cielo encontramos, también, un personaje que se volverá habitual en la obra teatral guimeraniana: la figura del marginado, en este caso un pirata morisco –en lleno siglo XVII, tras la expulsión de los moriscos por parte de la monarquía española.

A diferencia de la poesía, la obra teatral se va convirtiendo en el centro dinamizador de las inquietudes artísticas de Guimerà. Se da cuenta de que tanto la ambientación histórica como el recurso retórico del verso lo alejan de la realidad de su tiempo. Vive en un mundo convulsionado por problemas políticos y sociales, y necesita expresarse a través del teatro. Ahora bien, antes de hacer este paso hacia la sociedad contemporánea, le hace falta acercarse a los personajes y al lenguaje de la realidad. En este sentido, son muy valiosas obras como La sala d’espera (1890) y La Baldirona (1892) de tipo costumbrista, evidentemente en prosa, muy inspiradas por el costumbrismo literario de Emili Vilanova y que lo acercan tanto a la lengua coloquial como a personajes caracterizados por una cierta comicidad. De este modo, ensaya una lengua en prosa, verosímil, y, también, introduce un humor inédito en su obra, que le permitirá enriquecer la tipología de sus personajes.

 Situados en este punto, Guimerà se aproxima a la fórmula del melodrama naturalista-sentimental, una versión suavizada y efectista -de gran éxito, en castellano, en los teatros de Barcelona- del realismo-naturalisme de la obra del escritor francés Émile Zola. El acierto de Guimerà consiste en el hecho de saber articular una forma nueva de drama en prosa de ambiente contemporáneo, en la que los trabajadores –ya sean obreros, labradores o marineros- aparecen en su dura realidad, como trasfondo social, aunque el conflicto central gire alrededor de las complejas relaciones y pasiones humanas, sin dar protagonismo a las actitudes de rebeldía o de reivindicación laboral. Consigue incorporar tanto aspectos románticos y realistas como elementos poéticos, que singularizan dramas como María-Rosa (1894), La festa del blat (1896), Tierra baja (1897) y La hija del mar (1900). De estas obras, no olbstante, resalta la creación de personajes de psicología desquiciada,  atormentados por pasiones intensas y por deseos irreprimibles, presentados con toda la fuerza y sin ninguna idealización o contención moralista.

El periodo de los años noventa es muy importante en Guimerà: el escritor se convierte en un referente del catalanismo político y cultural con el discurso que hace en el  Ateneu de Barcelona (1895) al ser nombrado presidente de la institución; es la primera vez que se utiliza el catalán en una sesión académica, no sin suscitar cierto escándalo, y así la lengua propia consigue salir del reducto de los Juegos Florales. No obstante, también es una época en qué consolida su colaboración profesional con la compañía madrileña de la actriz María Guerrero. Sus obras son conocidas en Madrid y en toda España, pero a la vez se lo representa en teatros de Europa y América. El contacto con María Guerrero es un estímulo y una presión continuada para escribir nuevas obras, aunque también condiciona la insistencia en unas formas teatrales que facilitan el seguimiento de las modas y el éxito comercial. Durante el periodo de los años noventa había conseguido dar forma a dramas renovadores como Tierra baja , pero también había querido deslumbrar los espectadores con propuestas dramáticas como Jesús de Natzaret (1894), un teatro de contenido religioso crítico, o el monólogo Mestre Oleguer (1892), con la intencionalidad política de valorar negativamente el pactismo de la burguesía. Estas obras, junto con el resto de su producción más brillante, favorecen la denominada popular del escritor y hacen posible el homenaje público que recibe el 23 de mayo de 1909.

A partir del año 1900, en la trayectoria de Guimerà como autor dramático, se puede encontrar al dramaturgo que insiste en los estilos teatrales que lo habían caracterizado. Por un lado, devuelve al verso y a la temática histórica, con una pincelada de la nueva tragedia de De Annunzio o de la modernidad simbolista – Andrónica (1905), La santa espina (1907). De la otra, recupera el drama de ambiente realista y popular – L’Eloi (1906), L’aranya (1908). También intenta nuevas aventuras teatrales en sus últimos años, pero no acaba de conseguir un tipo de creación dramática que dé forma, con la ambición y la fuerza que lo distinguían, a su mundo personal. Muere rodeado del fervor popular en el año 1924.

Traducido por Miguel Ángel Muñoz Zammit
Àngel Guimerà
Ressenyes
El joc de Guimerà (i de Shakespeare)
por Josep Maria Benet i Jornet
Buscador de autores
A-B-C-D - E-F-G - H - I
J - K - L - M - N - O - P - Q - R
S-T-U-V-W-X-Y-Z
Con el soporte de: