
Ocho siglos de traducciones y versiones, de rescrituras, que han permitido importar modelos culturales y leer en catalán obras esenciales de la literatura universal.
De la misma manera que resulta difícil precisar el momento exacto en que se empieza a cultivar una lengua literaria medieval, lo es también delimitar cuándo se empieza a traducir de otras lenguas. Parece que las primeras traducciones al catalán obedecieron necesidades o demandas, concretas: hacia la segunda mitad del siglo XIII se trasladaron, del latín, algunos textos jurídicos, históricos, médicos, científicos y religiosos. Era el preludio de la labor ingente que, ya en el siglo siguiente desarrolló la Cancillería Real. Los funcionarios de la Cancillería, que tenían que dominar el latín y el catalán y que tuvieron que ejercitarse en la traducción de los textos clásicos, contribuyeron a difundir el espíritu del Renacimiento.
Al mismo tiempo, no se puede omitir la poderosa influencia que ejercitaron las letras itálicas, principalmente mediante el humanista Petrarca que vindicaba el estudio —i el ejemplo— de los clásicos, traducido al catalán por Antoni Canals i Bernat Metge. Del 1429 fecha la versión anónima del Decamerón y la primera traducción en verso de la Divina Comedia, obra del poeta Andreu Ferrer. A lo largo del siglo XV, lentamente, fue apareciendo una percepción de la autonomía del catalán, y de sus peculiaridades y exigencias frente al latín, que nunca dejó de ser considerada una lengua más perfeccionada.
Quien quizás supo expresar con más exactitud este nuevo concepto de la traducción fue Arnau d’Alfarràs en el prólogo en su versión de la Regla de sant Benet (1457). Como último hito de una Edad Media esplendorosa, cabe señalar que el 1478 fue imprimida en Valencia una edición completa de la Biblia, perseguida y destruida por la Inquisición por el miedo a la heterodoxia; era la cuarta lengua que emprendía una traducción entera, después del alemán, el italiano y el neerlandés.
A lo largo de los siglos XVI y XVII, en mermar el prestigio de la lengua autóctona, cada vez más menospreciada por el esplendor de la lengua de la corte, disminuyó la necesidad de traducir a una lengua infravalorada, fuera de los ámbitos populares y menestrales, en los cuales era necesario si se quería llegar a un público amplio y rigorosamente monolingüe.
En el siglo XVIII unas nuevas condiciones sociales, culturales y políticas hicieron posible un cambio de rumbo en los dos territorios catalanes fuera del dominio de la corona española: el Rosellón y Menorca, donde proliferaron las traducciones teatrales del francés i del italiano. Sin embargo, el grado de desconfianza hacia la lengua autóctona como instrumento literario no había dejado de crecer durante la primera mitad del siglo XIX. Las traducciones se resintieron de este desprestigio y son escasas hasta la última década del siglo. Destaca Lo Nou Testament de Josep Melcior Prat, imprimido en Londres el 1832 bajo los auspicios de una entidad protestante.
A finales del siglo XIX se produjo una «modernización» cultural sin precedentes, con la voluntad de levantar una tradición sólida, y las traducciones se convirtieron en un puntal de las letras catalanas. Por varias razones, el Quijote, Shakespeare y Wagner despertaron verdaderas fiebres literarias. En cuanto a iniciativas editoriales, destacan la Biblioteca Popular de l’Avenç (1903-1905), deleitosa de publicar todo lo que despuntaba de procedencias y de varias épocas.
Durante las siguientes épocas hasta la guerra civil, se añadieron muchas más, y los escritores (Josep Carner, C. A. Jordana, Marià Manent, Carles Riba, Josep M. de Sagarra…) continuaron responsabilizándose del trabajo de traducir: al no existir el traductor profesional, y teniendo en cuenta la importancia que se confería a esta actividad, parecía reservada a las élites intelectuales más preparadas y reconocidas. Durante la década de los veinte apareció la Fundació Bernat Metge, de traducciones de los clásicos griegos y latinos, y los primeros volúmenes de tres versiones de la Biblia diferentes: del Monasterio de Montserrat, de la Fundación Bíblica Catalana y del Fomento de Piedad Catalana.
Hasta el 1936, y desde la reanudación literaria moderna, habían aparecido cerca de un millar de traducciones. La situación se volvió fatalmente el 1939 con la victoria franquista y la larga dictadura. La prohibición de editar traducciones en lengua catalana fue rigorosa durante la década de los cuarenta y cincuenta. La aparición de Edicions 62, el 1962, significó un revulsivo para la publicación de libros traducidos, que aún eran firmados por escritores relevantes: M. Aurèlia Capmany, Ramon Folch i Camarasa, Joan Oliver, Manuel de Pedrolo, Josep Vallverdú… De todas formas, algunos nombres empezaban a adquirir prestigio por sus versiones: Jordi Arbonès, Josep M. Güell, Carme Serrallonga, Bonaventura Vallespinosa…
Talmente como si siguiera la ley del péndulo, después de la frenada de la década de los setenta, en la de los ochenta la edición de traducciones experimentó un nuevo despertar. En el año 1981 nacieron las colecciones Textos Filosóficos i Las Mejores Obras de la Literatura Universal y Joaquim Mallafrè publicó Ulises de Joyce, versión que es el origen el estudio Llengua de tribu i llengua de polis: bases d’una traducció literària (1991), la primera monografía académica consagrada íntegramente a la traducción. Con pequeñas oscilaciones, estos últimos lustros la práctica de la traducción se ha profesionalizado, a cubierto de una estabilización del mercado editorial y, probablemente, de la existencia de varios centros universitarios donde se enseña traducción.

