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Joan Maragall

Visat núm. 2
(octubre 2006)
por Heidi Grünewald
Carles Riba dejó bien claro que las traducciones catalanas que Joan Maragall realizó eran un honor para la lengua catalana. Casi toda su vida se dedicó a esta actividad, porque estaba convencido que las traducciones de otras lenguas tendrían un importante papel en el proceso de modernización de la cultura catalana a principios del siglo XX. Se trataba según Maragall, de recuperar aquel «comercio espiritual» con el resto del mundo, tan necesario como fermento civilizador y renovador lingüístico. Pero, además de ennoblecer de nuevo la lengua propia, las traducciones deberían de guiar la literatura catalana hacia los contenidos y los modelos de la literatura universal.

Por lo tanto, hacía falta abrir-se a la traducción de las mejores obras de la literatura extranjera, por un lado, para poder experimentar el material lingüístico que la expresión moderna de entonces necesitaba, y, por otro, para apropiarse los contenidos universales que el espíritu humano había estado acumulando a lo largo de su evolución. Para Maragall, la traducción es un elemento vivo, que ayuda a reprender la propia tradición, pero que sirve también para la formación espiritual y la educación de una cosmovisión y una cultura universales como camino único del progreso humano. Sin embargo, des de una perspectiva de perfeccionamiento de la cultura nacional, para nuestro poeta traductor, el esfuerzo de adaptación solo tiene un objetivo: encontrar el significado «propio» de lo que es «extranjero» y potenciar con la obra extranjera la propia cultura; es decir, la traducción se vuelve eficaz dentro de un discurso de identidad.

El canon de traducciones

Joan Maragall generó un canon amplio de traducciones con las obras de Wolfgang von Goethe, Novalis y Friedrich Nietzsche, así como de los clásicos Homero y Píndaro, sin olvidar la gran cantidad de otros textos, conocidos como, «canciones populares», «canciones corales» o «Lieder» de Robert A. Schumann, de Felix Mendelssohn, de Johannes Brahms y de otros, que él, muy a menudo, tradujo por encargo. Por eso, Maragall, se comprometió puntualmente con poesías de Joseph von Eichendorff, Alphonse Daudet, Alphonse de Lamartine o de los menos conocidos autores de lengua alemana Robert Reinick, Ferdinand Freiligrath y Friedrich Rückert (1788-1866) —este último autor consta, erróneamente, en las obras completas de Joan Maragall (Editorial Selecta, 1960, vol. I, p. 533) con el nombre de Franz Rückert. Además hizo una versión libre de una poesía muy popular del poeta y médico Ernst von Feuchtersleben (1806-1849): Si a Déu plau (musicalizado por per Felix Mendelssohn Bartholdy). Posiblemente, Maragall tenía a la vez un interés particular por Feuchtersleben, ya que encontramos en su biblioteca privada un ejemplar del libro Higiene del alma (Zur Diätetik der Seele, 1838) del mismo autor austríaco que, a finales del siglo XIX, era muy apreciado. Ahora bien, como traducción más destacada del canon de textos musicalizados tenemos el «Oda a la alegría» que Friedrich Schiller creó el 1785 para una logia en Dresden. Sin embargo, hay que recordar que Maragall no tradujo el original del texto schilleriano, sino el arreglo que Ludwing van Beethoven hizo para el final de su Novena Sinfonía. Los trabajos más intensos en este contexto, eran, por un lado, la traducción del librito de Tristán e Isolda en colaboración con Antoni Ribera y, por otro, su versión del librito Ton y Guida de Adelheid Wette, musicalizado por el compositor postwagneriano y hermano de la autora, Engelbert Humperdinck, mientras que, del Parsifal wagneriano, solo tradujo un pequeño fragmento de la escena de la consagración del Graal. Cabe recordar también una traducción suya en lengua española: Fisonomía de santos, del francés Ernest Hello. No obstante, por más que este canon de traducciones muestre una gran diversidad de traducciones, la actividad de traducción se centró, sin duda, en los textos alemanes.

La traducción: una gran fiesta lingüística y espiritual

En un artículo dedicado al traductor valenciano Teodor Llorente (1836-1911), su gran ejemplo, Maragall nos habla de la fascinación que siente hacia el lado creativo de la traducción; pero también se queja del hecho que el arte del traductor no es suficientemente querido. Hace falta experimentar el fuego de la traducción —afirma en el mismo artículo— para saber cómo se parece al fuego de la experiencia creadora. Aunque Maragall no formuló propiamente una teoría de la traducción, es significativo que, para él, la fuerza del acto creativo de la traducción fuera comparable con las actividades artístico-poéticas, ya que el momento de formulación de la palabra extranjera en la lengua propia revela un estado febril de creación verbal muy parecido al acto creativo del texto original. Además, este tipo de choque entre el ser humano y la palabra de que nos habla el poeta traductor recuerda el sentimiento originario del acto creativo en general. Traducir significa «crear», y la expresión formulada en lengua propia es traducción y original al mismo tiempo, porque nace de las emociones originales del traductor y, por lo tanto, tiene autenticidad. Sin embargo, parece que faltan palabras para poder aclarar del todo esta experiencia, ya que apoya, como explica Maragall, en el proceso de adquisición a través de la «confusión». Si bien, esta formulación implica tanto el significado de desconcierto como la idea de fusión de lo que es propio y lo que es extranjero; pero más allá de la mera vivencia traductora, Maragall imagina, en nuestro interior, una especie de germen colectivo de aquellas honduras creativas que resuenan en el proceso de formulación. Es a partir de la totalidad de la materia lingüística confusa y del ámbito más profundo de la lengua materna, de donde el traductor saca la nueva forma para lo que es extranjero. Además, la búsqueda de la expresión nueva genera una intensificación del sentimiento que, incluso, quiere convertirse un éxito, una experiencia voluptuosa que proporciona placer y que convierte el acto de traducir para el traductor inspirado en «una gran fiesta lingüístico-espiritual» (Traducciones, 1901), lleno de vitalidad. Ahora bien, las reflexiones de tipo más psicológicas alrededor del acto de traducir sintonizan, de alguna forma, con las teorías innovadoras de la traducción de finales del siglo XIX, como es el caso de Stefan George, poeta alemán y traductor de Charles Baudelaire, que se concentra en el proceso de recreación poética. Para resumir sus ideas, Maragall hace uso de la expresión «traducción viva», que, seguramente, quiere ser un concepto hermano de su teoría de la «palabra viva».

 

El estudio de una lengua extranjera: el alemán

De buen principio había expresado su entusiasmo por los poetas y pensadores alemanes, de modo que, después de una lectura compulsiva del Werther de Goethe en versión francesa, empezó a aprender alemán seriamente alrededor del año 1882. Para estudiar esa lengua, utilizó un manual suizo, entonces bien conocido, de Eugène Favre: Premières leçons d’allemand ou grammaire élémentaire et pratique de la langue allemande. Pero los cuadernos de ejercicios que aún se conservan en el Archivo Maragall, no nos dan ninguna respuesta segura referente al nivel de alemán conseguido por nuestro poeta traductor. Maragall, al momento de aclarar su competencia traductora, se muestra sincero, pero no modesto. Destaca, aunque irónicamente, a su amigo Roura, su talento de intuición mediante el cual traducía cualquier palabra extraña. Poco antes de morir, Maragall seguía reconociendo que, respecto la lengua alemana hablada, «nunca en la vida podría entender más que palabras sueltas»; solo la lengua escrita le da una seguridad de comprensión porque «escrita […] puede descifrarse gracias a releerla repetidamente y con calma» (carta a Pere Bosch i Gimpera del 18 de Noviembre de 1911).  Sin embargo, consideraba que «el estudio de un idioma es un trabajo equilibrador, y su conocimiento una nueva fuente abierta en nuestro espíritu, sobre todo cuando la lengua que se aprende es la de Goethe y Schiller» (carta a Carles Rahola del 24 de octubre de 1905). Aunque en esta afirmación identifique la lengua alemana con el tándem de los clásicos Goethe y Schiller, como se hacía en Alemania a finales del siglo XIX para crear una especie de monumento literario nacional, Maragall diferenciaba claramente entre su interés por Goethe y el que tenía por Schiller, ya que de este segundo autor solo tradujo dos poesías: «Oda a la alegría» e «Himno a los artistas». Maragall subraya que más allá de la mera transmisión de contenidos, el estudio de una lengua extranjera y la traducción piden un compromiso intelectual y abren un nuevo espacio inagotable. Así pues, nuestro poeta se adentró plenamente en el mundo de la literatura y el pensamiento alemanes.

Cultura alemana y formación universal

A menudo, Maragall ensalzó mucho más los valores de otros países que no de Alemania. No le gustaban ni el autoritarismo de Bismark ni la sobrecarga teutónica de la obra de Wagner, mientras que se identificaba con la idea de la Bildung como modelo intelectual, tal como lo representa Goethe, que se basa en una formación y educación individuales y colectivas orientadas hacia valores estéticos y morales universales. En el artículo «Nuestra acción» (1905), Maragall opina que los pueblos con más grandeza crecieron moderadamente por el hecho de tener una cultura intensa, o sea, por la instrucción y la educación que les formó o resucitó. En Alemania, insiste, ya sabemos quien hizo el imperio: precisamente, el maestro de escuela. Ahora bien, Maragall razona siempre con mucha sutileza sobre el efecto o el impacto que puede tener el contenido extraño sobre lo que es propio y conocido. Como ejemplo negativo, hace referencia a una traducción de El crepúsculo de los dioses hecha por Jerónimo Zanné y Antoni Ribera y publicada por la Asociación Wagneriana. La traducción le pareció una tortura a la lengua catalana; por un lado, porque la traducción era casi una correspondencia literal con el texto wagneriano y, por otro, Maragall opinó que la razón de este faux pas se encontraba en la desmedida admiración hacia el compositor alemán; él, a lo contrario, se muestra crítico porque ve en Wagner, además de un lenguaje conceptuoso y abstracto, a menudo un espíritu excesivamente alemán que, para un carácter más bien plástico, resulta demasiado oscuro y opaco. El simbolismo de El anillo del Nibelung, pues, le parece incompatible con el espíritu latino.

La traducción como recepción productiva

Tanto si se trataba de dar ejemplos orientativos para la lengua y cultura catalanas, como de crear un nuevo espacio de experimentación poética, para Maragall la actividad de traducir representaba una gran tarea intelectual que era fruto de su interés por los autores extranjeros y, al mismo tiempo, que era determinante para su pensamiento. Es cierto que, para obtener más respuestas sobre la obra y el canon de traducciones de Joan Maragall, haría falta estudiar más a fondo los vehículos intermediarios que lo transportaban hacia el pensamiento de los autores que tradujo y que habían filtrado los pensamientos originales por el cerebro de sus inquietudes. Pero, si por un lado podemos decir que Maragall asumía un papel moderno porque sus traducciones abrieron una ventana para la lectura catalana, por otro podríamos añadir que, como intelectual, Maragall estuvo plenamente involucrado en la empresa de las corrientes europeas.

 

Barcelona, enero 2010

Traducido por Alba Duch
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