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Manuel de Pedrolo

Visat núm. 4
(octubre 2007)
por Alba Pijuan i Vallverdú
Manuel de Pedrolo, además de ser un escritor muy importante en la literatura catalana contemporánea, también fue un prolífico traductor, ya que publicó cuarenta y dos traducciones.

Su trayectoria como traductor se puede dividir en cuatro grandes bloques: desde sus inicios hasta 1963, año en que empezó a colaborar para Edicions 62; de 1963 a 1970, su época más prolífica, en que dio un empuje a la colección La Cua de Palla; de 1970 a 1976, una etapa de crisis en el mundo editorial catalán; y de 1976, año en que abandonó la traducción, hasta 1990, año en que falleció. Su faceta como traductor, como la de tantos otros traductores que tradujeron al catalán, ha sido, desgraciadamente, poco estudiada hasta ahora.

Las primeras traducciones de Manuel de Pedrolo fueron poesías que tradujo a modo de ejercicio en una época en la que él también cultivaba dicho género. Incluso hoy en día la mayoría de estas traducciones son inéditas; sabemos que existen por lo que dice en sus escritos más personales, especialmente en sus diarios y en el epistolario. En 1950, en una carta enviada a Gabriel Celaya –que en aquella época dirigía la colección de poesía Norte– aseguraba que tenía una traducción de Una temporada en el infierno de Rimbaud, que no podía publicar precisamente por el hecho de estar traducida al catalán. En junio de ese mismo año se dirigió a Ricardo Orozco, editor de El sobre literario, ya que éste le había pedido sus datos personales para escribir un artículo sobre su figura. Pedrolo le resumía la que había sido su producción hasta entonces, y ya aseguraba que había traducido poesía del francés (Rimbaud, Valéry, Eluard), del inglés (Eliot, Sitwell y Pound) y del italiano (Salvatore Quasimodo, entre otros), la mayoría de la cual no se ha publicado nunca.

En 1951 Manuel de Pedrolo empezó a trabajar en la editorial Albor de Ferran Canyameras, donde ejercía de asesor para las obras en inglés y, según parece, traducía novelas de Georges Simenon al castellano sin que apareciera nunca su nombre. También traducía novelas rosas, del oeste, de aventuras, policiacas… a 3000 pesetas el título, y corregía textos para la editorial Bruguera.

Ese mismo año conoció a Carles Riba que, por su parte, le presentó a Joan Triadú, a través del cual Pedrolo entró en contacto con el grupo de Ariel. Pedrolo llegó a colaborar en el último número de dicha revista (año 1952) con una selección y traducción de seis poemas de autores norteamericanos que eran desconocidos aquí y que sorprendió a todos los integrantes del grupo.

En agosto de 1952, en una misiva dirigida al mismo Triadú, adjuntaba la traducción al catalán de La siesta de un fauno de Mallarmé por si se podía publicar en Raixa, pero esta versión nunca salió a la luz y ha permanecido inédita. Finalmente, en 1962 la editorial Nova Terra publicó en la colección Actituds la que sería la primera traducción editada de Pedrolo, Dígale a la libertad, de Peter Abrahams.

El año 1963 marcó un antes y un después en la carrera de Manuel de Pedrolo en el mundo de la traducción. Empezó a trabajar en Edicions 62 como uno de los primeros colaboradores y como traductor de renombre; le encargaron la dirección de La Cua de Palla, que se presentaba como «la mejor colección de novelas de suspense del mundo» y que representó un punto y aparte en el ámbito de la edición en catalán. Los objetivos de esta colección eran básicamente tres: llegar a un público amplio, dignificar el género y promover la producción autóctona. Pedrolo expresaba de la siguiente manera el efecto que La Cua de Palla podía tener en la literatura catalana: «Intentamos conseguir nuestros objetivos de diferentes maneras. Primero se escogieron cuidadosamente las obras que se incluirían: clásicos de la novela negra, autores contemporáneos y autores autóctonos en un futuro. Además se eligieron novelas con un interés literario, no obras concebidas como un mero pasatiempo». Para llegar al máximo número posible de lectores se intentaba emplear un lenguaje relativamente sencillo en las traducciones. Finalmente debemos tener en cuenta que, además de seleccionar buenos autores, La Cua de Palla contó con un excelente grupo de traductores, entre los que se encontraban Maria Aurèlia Capmany, Ramon Folch i Camarasa, Josep Vallverdú, Joaquim Carbó, Rafael Tasis, Maurici Serrahima, Joan Oliver y el mismo Pedrolo.

Pese todo, La Cua de Palla se dejó de editar en 1970, tras 71 títulos publicados. Los motivos del fracaso fueron el bajo nivel de ventas, las dificultades para adquirir derechos a la hora de escoger las obras y los autores que se incluirían en la colección, la poca predisposición de los autores autóctonos a cultivar dicho género y el hecho de que los lectores consideraban que el precio de los libros era caro en relación con el tipo de literatura que ofrecían. Esta etapa de Manuel de Pedrolo se caracteriza también por la gran cantidad de obras que tradujo: 29 de las 42 que realizó a lo largo de su carrera.

En 1970 el régimen franquista endureció la censura de la publicación de obras en catalán, lo cual marcó el comienzo de una crisis en la edición, especialmente de las traducciones. Pedrolo, en un par de cartas dirigidas a Jordi Arbonés en 1970 y 1973, comentaba la precaria situación en que se encontraban las editoriales catalanas y afirmaba que tanto Aymà como Edicions 62 estuvieron una larga temporada sin dar trabajo ni tan siquiera a los traductores habituales, entre los cuales se encontraba él mismo; en esta etapa Pedrolo realizó únicamente cinco traducciones.

En 1976 Pedrolo decidió abandonar la actividad traductora por problemas de vista y de espalda. Tenía que escoger entre continuar escribiendo o traduciendo, y su afán de creación lo llevó a dejar la actividad que durante tanto tiempo le había dado de comer. No obstante, a partir de aquel momento y hasta su muerte en junio de 1990, fueron saliendo a la luz toda una serie de traducciones que ya había realizado con anterioridad. Póstumamente, en 1994, se editó La habitación. El Montacargas de Harold Pinter, traducción que Maria Ginés y Joaquim Carbó encontraron en su casa entre más material inédito.

A pesar de que Pedrolo se dedicó a traducir durante muchos años, nunca teorizó explícitamente sobre la traducción; no estaba interesado en la traducción como materia de estudio, sino en la traducción como una manera de ganarse la vida, complementaria a su tarea de escritor. También debe decirse que hace unas décadas esta disciplina no estaba tan reconocida como hoy en día. Aun así, tras haber analizado sus escritos, se puede llegar a sacar algunas conclusiones sobre lo que pensaba Pedrolo de la traducción. Por un lado consideraba que quien aprende conscientemente una segunda lengua extranjera logra un mejor dominio de la misma; es la diferencia respecto a un hablante bilingüe, ya que éste tiene dificultades a la hora de delimitar claramente la frontera entre ambas lenguas. Además Pedrolo pensaba que la traducción no implica un esfuerzo imaginativo como la escritura, sino un esfuerzo para no traicionar al autor, algo difícil de conseguir. Finalmente, afirmaba que al traducir se introduce en el texto el estilo del traductor y que, por tanto, no siempre es posible mantener el estilo original.

Por otro lado, Pedrolo nos dejó un modelo de lengua que en algunos casos –como por ejemplo en la novela policiaca– creó escuela. Pedrolo había aprendido el catalán de una manera autodidacta: pertenecía a una generación de escritores de la posguerra que no lo aprendió en la escuela y que no lo podía leer ni oír en los medios de comunicación. Los lectores se encontraban en la misma situación, lo cual implicaba que las obras en catalán tenían que servirse de un modelo que, además de ser normalizador y normativo, llegase a un público que no siempre estaba preparado para leerlo. Pedrolo era partidario de un uso pragmático de la lengua: la lengua no debía suponer un obstáculo de comunicación entre el autor y el lector. En sus primeros escritos tuvo que renunciar a expresiones propias de las tierras de poniente y ello le hizo perder cierta naturalidad. Su catalán contenía errores y barbarismos porque nunca lo había estudiado y porque además estaba obligado a seguir la normativa fabriana, cosa que no le acababa de convencer. A medida que mejoraba su conocimiento del idioma empezaba a emplear palabras y soluciones inusuales, especialmente en los diálogos, donde mezclaba formas muy coloquiales con expresiones características del lenguaje literario.

Todo ello quedó reflejado en su obra y en las 42 traducciones que publicó. Si echamos una ojeada a las obras traducidas nos daremos cuenta de que la mayoría se puede incluir en alguno de los cinco siguientes bloques: poesía, novela norteamericana, teatro existencialista, teatro del absurdo y novela policiaca. Estos campos son los que más le influyeron tanto en su faceta de traductor como en la de escritor. La poesía fue el primer género que empezó a traducir y también el primero que cultivó como literato. Las traducciones que realizó de la poesía, la mayoría de las cuales continúan inéditas, pertenecen a poetas franceses o norteamericanos. Dentro de la poesía francesa tradujo, entre otros títulos, Una temporada en el infierno de Rimbaud (1950) y La siesta de un fauno de Mallarmé (1952), ambos inéditos; La noche se agita de Henri Michaux –volumen publicado en 1966– y Los cantos de Maldoror de Isidore Ducasse, que se publicaron en 1978. En 1986 también tradujo el poema «Femmes damnées / Delphine et Hippolyte» de Las flores del mal de Baudelaire cuando, tras comprar la traducción al catalán de Xavier Berenguel, se dio cuenta de que no estaba completa y decidió traducir dicho poema por su cuenta. En cuanto a la poesía norteamericana, tradujo «Burnt Norton» de T. S. Eliot (1954), media docena de poemas de Ezra Pound en 1960 y «mon vieil etcetera doux» de Cummings en 1963, aparte de los seis poemas publicados en el último número de Ariel en 1951 –poemas de Sewlyn Schwartz, Jay Smith, Ray Zorn, Doris Blanch, Robin Holzhauer y John Williams–.

Pedrolo fue un gran apasionado de la novela norteamericana. Se introdujo en ella alrededor de 1940 leyendo a William Faulkner y llegó a decir que había escritores superiores a los europeos. Tradujo autores del modernismo norteamericano como William Faulkner, Henry Miller, Erskine Cadwell, John Steinbeck y John Dos Passos; Norman Mailer, impulsor de la filosofía hipster; y Jack Kerouac, máximo exponente del movimiento beat. Pedrolo, además, fue el introductor de todos estos autores y de sus obras –excepto en el caso de Norman Mailer– en la literatura en catalán.

El existencialismo fue una de las corrientes literarias que más admiraba Pedrolo; decía que era la reflexión más integrada y coherente de nuestro siglo. Era un apasionado de Jean-Paul Sartre, de quien tradujo, en un solo volumen, seis de las piezas teatrales más reconocidas. Una de ellas, Las moscas, fue representada por primera vez en catalán por la compañía Adrià Gual el 8 de marzo de 1968, año en que se tradujo,.

El teatro del absurdo fue otra de las influencias de Pedrolo; no en vano se considera que fue él quien lo introdujo en Cataluña a través de su propia obra. En cuanto a las traducciones, tenemos La habitación. El montacargas de Harold Pinter, publicada póstumamente en 1994.

Finalmente nos queda hablar de la novela policiaca, género que Pedrolo introdujo en la literatura catalana a través de la colección La Cua de Palla, que él mismo dirigió y dentro de la cual tradujo cinco volúmenes: Trampa para Cenicienta de Sébastien Japrisot y Un extraño en mi tumba de Margaret Millar en 1963; y El cartero siempre llama dos veces de James M. Cain, La mort t’assenyala de Ross MacDonald y Qui mana de Mickey Spillane en 1964.

Además de las 42 traducciones publicadas hasta la actualidad debe decirse, como ya hemos mencionado anteriormente, que hay unas cuantas todavía inéditas. En poesía, Una temporada en el infierno de Rimbaud, La siesta de un fauno de Mallarmé, «Femmes damnées / Delphine et Hippolyte» de Las flores del mal de Baudelaire, media docena de poemas de Ezra Pound y algunos de Valéry, Eluard, Sitwell y diversos autores italianos. En teatro, dos piezas que Maria Ginés y Joaquim Carbó descubrieron junto con la obra de Harold Pinter y que no se han publicado: Los dados de Forbes Brambles y ¿Cuándo viste a mi madre por última vez? de Christopher Hampton.

La labor traductora de Manuel de Pedrolo merece ser reconocida no sólo por la gran cantidad de traducciones que realizó sino también, y sobre todo, por el hecho de que en la mayoría de los casos fue el introductor en nuestra literatura de autores y géneros que en su momento representaban una gran innovación y que él conocía gracias a su afán de estar al corriente de todo aquello que se publicaba más allá de nuestras fronteras.

 

Traducido por Adriano de Mata
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