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Gabriel Ferrater

Visat núm. 5
(abril 2008)
por Joan Manuel Pérez i Pinya
Gabriel Ferrater, el goloso aprendiz de lenguas autodidacta, tradujo muchos libros a lo largo de su vida. Muchos más de los que nunca llegaremos a saber de lo cierto salvo que demos crédito a suposiciones —como las de una traducción de la Biblia encargada por Herder, por ejemplo, que se pagaba, dicen, por página entregada, cosa que a nuestro autor, siempre con el agua al cuello, le contrariaba seriamente.

Parece que ha traducido algún título más de Dahiel Hammett, a parte de los que aquí se repertorean, y quizás unas versiones de novela policiaca, traducidas del castellano al inglés, para la casa editorial Weidenfeld & Nicolson [CABRÉ, María Ángeles, 2002]. Quizás. O que de vez en cuando se recupere otra más —como la versión de unos versos del alemán Christian Morgenstern puestos sobre un catálogo de 1966 sobre la pintura de Todó, anunciada por el testamentario literario del legado. De modo que su tarea encontraría un encaje normal entre la larga tradición del país de poetas traductores por gusto, a la vez que por escasez notoria de recursos.

Tradujo para vivir. Y tradujo en toda época de esa vida suya de ritmo intelectual frenético. «Esta vida me la gano traduciendo [...] Para poder ir comiendo necesito traducir siete u ocho horas diarias, si soy capaz de resistirlo.» [PORCEL, Baltasar, 1967]. Seguramente, pues, tuvo también que traducir muchísimos textos que, si se supieran, parecerían del todo excéntricos a los ámbitos de interés en los que le tenemos encajado en las diferentes etapas de su biografía, a veces, incluso hasta profundidades de conocimiento entonces aún insólitas para el país. Es decir, que con tantos años de dedicación, a la fuerza deben existir muchos más títulos que los que hoy por hoy se le atribuyen, ya que, como él mismo sugiere vagamente en las pocas entrevistas que concedió a finales de su vida, poco a poco, se profesionalizó.

Sin embargo, si repasamos detenidamente todos los que se planteó de ligar a su nombre, no es difícil descubrir vínculos con aquellos pedazos de curiosidad intelectual que lo hacían levantarse cada mañana bien pronto para trabajar: pintura, literatura, lingüística. Así pues, en el repertorio, no es raro encontrar de su mano versiones de narrativas occidentales del siglo XVIII, de ensayo historicocrítico sobre literaturas; entre otras traducciones de historia, teoría y crítica del arte; o de incursiones en testimonios de la historia política del siglo XX o en algún candente documento sociológico, demasiado obsceno todavía para las costumbres de un país de opereta bajo una dictadura fundamentalista. Incluso tradujo al catalán textos de divulgación científica o manuales matemáticos que, en su momento, no rechazó firmar en calidad de coautor cuando Eduard Bonet se lo propuso, de modo tan competente como se mostró.

De modo que además de ser traductor para ganarse el pan de cada día, fue también uno de esos lectores que traducen en cuanto sienten el impulso de contagiar libros a muchos más lectores. Por su dominio del inglés, del francés, del alemán —con el tiempo, muy perfeccionado—, o por el conocimiento de lenguas que entonces sonarían muy exóticas, como por ejemplo el polaco o el sueco. Así pues, todo parece concebir la tarea bajo un doble prisma: el de la necesaria manutención —¿y todas las versiones que olvidó firmar? — y el del trabajo como acto de actualización cultural sistemática, propia de su personalidad inclinada a mostrarse formativamente al día, de una talla cultural remarcable.

Algunas veces, con una puntualidad sorprendente. Un ejemplo: el año 1964 en Nueva York, la Charles Scribner’s Sons publicó póstumamente A Moveable Feast; y el septiembre de ese mismo año, en los obradores de Seix Barral, se acababan de imprimir los primeros cinco mil ejemplares en castellano bajo el famoso título París era una fiesta, traducción que todavía existe y es objeto de numerosísimas ediciones hasta la actualidad. Por supuesto que Hemingway ya deleitaba lectores en castellano des de los cincuenta y tantos; ahora, más bien, seguramente imposible.

En definitiva, dejó de firmar mucho más que todo su trabajo reconocido: ¿los casos en que buscaba dejar huella de su nombre en títulos que significarían aportaciones sensibles, o verdaderos estrenos en determinados terrenos de la cultura hispánica? Un observador puede llegar a pensar esto: que las firmaba cuando ciertamente significaban una irrupción sin precedentes o un golpe de autoridad sobre un terreno yermo, muy a menudo como sugerencia propia o en función de coyunturales intereses lingüísticos —en especial, cuando actuó como lector profesional y como director editorial de la Seix Barral—, y a veces, además, añadiendo prolijas introducciones debidas a su genio instructivo (recordémoslo: para Chordelos de Laclos, Manfred Bierwisch o Franz Kafka, entre otros). Por eso nos luce tan auroral su nombre, cerca, pongamos por caso y para hacer breve la cita, de los de Witold Gombrowicz, Dashiel Hammett, Samuel Beckett, Peter Weiss, Werner Heisenberg, Ernest Hans Gombrich, Hans Sedlmayr, Noam Chomsky o Leonard Bloomfield, mucho antes que fueran referencias de uso común dentro la sociedad ilustrada del país.

Si tradujo tanto al castellano fue solamente por una mera cuestión de mercado y laboral. Sin embargo, de cuando ya se sentía profesor universitario, aquí quedan las impagables versiones catalanas de los aludidos Chomsky y Bloomfield. O de antes, también al catalán, la versión de una obra de referencia de Franz Kafka, de la cual se ha dicho, refiriéndose al oficio tratado, que significa toda una apuesta para «un nuevo modelo de lengua literaria, moderna y libre de artificios» [COROMINAS y CALDERS, 2007].

Los estudios translémicos, pues, tienen aquí un campo entero abonado.

Ahora, el observador, por si a caso, se extrañará que casi tantas veces tan solo recordado por su poesía, Gabriel Ferrater lector —especialmente de poesía anglosajona—, no dejara, en su legado traductor, más que algunas piezas de Gottfried Benn medio perdidas en una revista de época (algunas de las cuales después rehechas y mejoradas dentro de un manual de historia de literatura alemana), o fragmentarios esbozos manuscritos, como tentativas domésticas a partir de unos poemas de Bertold Brecht. Dicen que no tiraba nunca un papel. Veremos que nos desvelarán todavía los baúles heredados.

Traducido por Alba Duch
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