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Josep Palau i Fabre

Visat núm. 4
(octubre 2007)
por Natàlia Barenys
Josep Palau i Fabre nació en Barcelona, en el seno de una familia burguesa. Su abuelo materno era de origen francés, concretamente de la Provenza, y su madre poseía una nutrida biblioteca donde el joven Palau pudo leer a los principales autores de la literatura francesa (Baudelaire, Vigny, Musset…), así como de la catalana (la poesía de Maragall tenía una fuerte presencia) y de la castellana. Palau recordaba haber asistido, cuando todavía no había cumplido los veinte años, a las lecturas que Paul Eluard y Federico García Lorca realizaban de sus propios poemas en las sesiones que organizaba el grupo Els Amics de la Poesia antes de la guerra en los sótanos de la librería Catalònia. En casa de los Palau se recibían cada día Le Journal, La Vanguardia y La Publicitat.

Desde el principio su idea fue trabajar indistintamente con los tres idiomas que conocía, que eran la expresión de las tres culturas de las que formaba parte. Pero cuando en 1936 ocurrió el gran desastre decidió jugárselo todo a favor del idioma más débil, es decir, del catalán. La imposición del castellano en todos los ámbitos de la vida cotidiana le hizo sentir con mayor intensidad la libertad interior –cuando «las alas le nacían y le crecían», como dijo un día de Josep Maria de Sagarra– en el hecho de utilizar el catalán para escribir poesía.

Entre 1944 y 1945 Palau ideó y llevó a cabo hasta el último detalle la revista Poesia, donde la poesía era el único objetivo y la buena poesía el único criterio de publicación. Palau no hacía distinción de culturas y se publicaban indistintamente poemas pertenecientes a las tres literaturas mencionadas anteriormente, aunque demostraba especial predilección por los modernistas, simbolistas y vanguardistas franceses, razón por la cual publicó fragmentos de Mallarmé, Eluard, Rimbaud, Aragon, Breton, Cocteau, Apollinaire y Colette.

Insatisfecho y descontento con el escenario de posguerra que se dibujaba tanto en su propia casa como en toda Cataluña, en 1945 aprovechó una beca del Instituto Francés y marchó a París. Durante su estancia en Francia Palau consumiría todo lo que la cultura francesa ofrecía en aquel momento, que era mucho comparado con el triste panorama catalán. Calmaría su sed de buena literatura, de cine y de teatro y ya no volvería a casa hasta pasados quince años.

La poesía de Palau subsiste en su narrativa, en su teatro, en sus ensayos, en sus libros picasianos y también en sus traducciones. Como él mismo decía, no puede haber auténtica traducción sin inspiración, es decir, el traductor de poesía también debe ser poeta.

Palau realizaba las traducciones del catalán al francés impulsado por su inquietud de reparar una carencia evidente. En cuanto consideraba que un determinado autor era un símbolo de la idiosincrasia catalana, corría a traducir sus poemas, actuando como un escrupuloso embajador cultural en el extranjero. ¿Y quiénes eran los autores que él identificaba con la mentalidad catalana más profunda, los que representaban a los catalanes como grupo humano ante los demás terrestres? Los malditos, los incomprendidos, los que caminan solos, que precisamente caminan solos porque están más adelantados. En primer lugar los medievales: Ramon Llull, Ausiàs March y Jordi de Sant Jordi. A continuación los contemporáneos: Joan Salvat-Papasseit (que tradujo al castellano para una revista mexicana), Bartomeu Rosselló-Pòrcel y Carles Riba.

En cuanto a la influencia del trabajo de Palau en Francia, por mucho que sea valorado sobre todo como picasiano, debe decirse que como poeta es conocido por un breve periodo surrealista y por la posterior invocación de su lírica a Sade, Rimbaud y Artaud. En el ámbito francófono es fácil dar con sus traducciones de Salvat-Papasseit y Ausiàs March. Además, las traducciones que realizó de Jordi de Sant Jordi, Ramon Llull y Ausiàs March fueron durante muchos años las únicas existentes en francés. En la obra Patrimoine littéraire européen: Anthologie en langue française de 1993, Jean-Claude Polet emplea las traducciones de Ausiàs March; también las ha utilizado por doquier la directora del Centre d’Études Catalans, Marie-Claire Zimmerman. En cambio está menos difundido el hecho de que Palau, gracias a su conocimiento del castellano, ayudó –al igual que André Breton– al poeta y crítico de arte Jean-Clarence Lambert en su primera traducción al francés de la poesía de Octavio Paz cuando éste se encontraba en la embajada de México de París en los años cincuenta; dicha traducción se reeditó en 1966 en la editorial Gallimard con el título Liberté sur parole.

Palau traducía únicamente aquello que le había cautivado y eso fue precisamente lo que le ocurrió con Antonin Artaud, a quien conoció durante los últimos años de su vida en el manicomio. Tras leer sus versos se identificó tan fuertemente con ellos que exclamó: «me daba la impresión de que me estaban forzando, como si me hubiesen robado con antelación algo que yo creía exclusivamente mío». Algo parecido le ocurrió con Arthur Rimbaud, a quien conoció con dieciocho años, en una conferencia en el Instituto Francés de Barcelona. Al igual que Llull, March o Salvat-Papasseit, Rimbaud y Artaud también pertenecían a aquel conjunto de autores malditos y la obra de Palau coincidía plenamente con su línea poética. Era precisamente por dicha alienación en el otro que se veía capaz de traducir a su idioma la misma esencia del original.

Palau traducía más bien ateniéndose a la resonancia que los versos despertaban en su interior y no tanto ateniéndose a la pura letra impresa. Por eso abordaba la traducción como si se los supiera de memoria, confiando más en dicha repercusión interior que en la gramática. Las infidelidades que suponía este método era preferibles, a su juicio, a las infidelidades tal vez más científicas pero carentes de sentimiento. Lo que Palau valoraba por encima de todo en cualquier obra creativa, tanto si se trataba de una traducción como de una creación original, era la expresión de la inspiración, del genio, de aquel momento tan extraño y tan determinante que es el hecho de abandonarse, de dejar libres todas las fabricaciones mentales, todos los conocimientos sobre el idioma, sobre la vida y sobre nosotros mismos que podamos tener acumulados debido a todos nuestros años de experiencia y estudios. Únicamente de esta manera puede fusionarse el poeta –es decir, el ser humano– con el todo, con el cosmos entero, y dar la razón a aquella frase de Marià Manent: «toda poesía auténtica es, en el fondo, religiosa». Pocos poetas y traductores han realizado este paso tan sutil y decisivo y Palau era, en este sentido, inflexible con cualquiera. «En la poesía de Salvador Espriu siento demasiado las fichas, el diccionario, la gramática, pero me falta inspiración», se lamentaba en una carta a Rosa Leveroni. El conocimiento de la lengua es imprescindible, sí, pero insuficiente, y este paso más allá del lenguaje es, sin duda, el más importante. Cabe destacar que en este aspecto Palau coincidía con las técnicas orientales de meditación. Por tanto, no debe extrañarnos que se sintiera motivado para traducir a Lao-Tsé.

El método de traducción de Palau era, trasladado a la pintura, el que él mismo observaba en Picasso: una actividad vampírica transformable en creatividad pura. Picasso, que un día dijo «copier les autres est nécessaire, mais se copier soi même, c’est lamentable», no imitaba, sino que interpretaba la obra de los demás pintores (Cranach, Velázquez, El Greco, Van Gogh, etc.): se introducía en la piel del otro y lo traducía a su propio lenguaje; de esta manera realizaba una obra siempre original, siempre nueva.

Tanto para crear un poema como para traducir un poema escrito por otro, Palau sentía la gran satisfacción de reencontrarse con el uso del idioma materno, satisfacción reflejada en la expresión maragalliana de la palabra viva. Y de esta manera, decía, trasladaba el original a su propio idioma, como si lo trasladara a una nueva matriz que tenía que volver a parirlo. Para Palau el placer de traducir consiste en sentir que cada idioma es capaz de expresar, a su manera y de acuerdo con su propia idiosincrasia, aquello que el original expresa en su idioma. Y no podemos terminar sin aquella sentencia suya, tan propia del epicúreo que fue, sin declarar que no puede haber una gran traducción si no ha habido antes un gran placer.

Traducido por Adriano de Mata
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