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Diálogo de sordos: reflexiones irónicas y enfáticas sobre la relación entre los traductores y los redactores

por Amaranta Sbardella
Es curioso, si nos paramos a pensar, que dos profesiones nacidas bajo el estandarte y la égida de la palabra encuentren en ella su mayor obstáculo. Que de un lado al otro de la barricada traductores y redactores decidan enzarzarse en batallas indomables por un término o un signo de puntuación, orgullosos conquistadores del significado último de un juego o de un secreto misterioso.
Se hacen la pascua, se desafían a base de comentarios y mark up de pdf, de bolígrafos rojos y mayúsculas sobre la prueba. Como saben hacer buen uso de la palabra, detrás de una sugerencia a menudo se esconde una insinuación, una duda o una protesta: «yo no lo hubiera hecho de esa manera», «¡aun así la razón la tengo yo». Y llega el momento fatídico de la llamada, del enfrentamiento in situ, la lengua se calienta y se afila, los músculos de la cara se tensan, y el reto ha comenzado.

Porque ―habla alguien que desde hace algún tiempo vive desdoblado en la dicotomía traducir/revisar y, por suerte, de estas experiencias ha obtenido solo muchas anécdotas indirectas― ambos oficios nacen de varios instintos y exigencias: el traductor se inclina por el autor, el revisor lo hace precisamente por el lector. Ambos, por el amor de Dios, misioneros de una cultura cada vez más moribunda, actúan con buenas intenciones y pocos fondos, pero quizá a ambos les falta el conocimiento recíproco.

El traductor nace y se constituye primero como intérprete de un texto, y sobre este motivo se afana los meses que la editorial le concede. En una tarea solitaria y satisfactoria, pero también agotadora, examina, cambia, sustituye, compensa y teje los hilos de una lengua y de un discurso que lo hacen vibrar y sonreír. El traductor es consciente de que su nombre, en la gran mayoría de casos, aparecerá en la portada o en el pie de imprenta del libro, y a menudo trata de restituir, de tras-ducir, de aparecer y desaparecer tras una nueva versión de la narración.

El redactor corrige, ofrece una mirada más neutra, revisa las frases y sale de dudas. Ambos, tanto el traductor como el redactor, se mueven por amor al libro ―siempre que lo merezca, claro― pero ambos caen en una desconfianza mutua que a menudo desemboca en escenas grotescas. Hay uno que quisiera mantener la propia voz mientras que el otro quisiera insertarla en una pluralidad de voces y de problemáticas. Y esta divergencia de perspectivas, de visiones, nace de un solo y enorme interrogante: ¿qué es un texto traducido, un libro? ¿Es la representación fiel de un autor o de un producto que encuentra su razón de ser en su destinatario? Sean perdonadas de esta manera las banalidades y las superficialidades de tales reflexiones, porque, a pesar de todo, es precisamente este el casus belli de malentendidos y reproches recíprocos.

El traductor, si no tiene una formación específica, a menudo ignora los engranajes de la máquina editorial, a veces confusa: vive de la propia especificidad, precisamente, del trabajo intelectual, del mismo modo que el redactor, que sin embargo es aplastado bajo engranajes más potentes que él y que juzga el texto pensando en quién pasará las páginas del libro impreso. Alguien que, oprimido por las horas de trabajo, busca a veces un estilo más fluido y, en algunos casos, menos lleno de personalismos y sellos de traductor. Alguien que busca un equilibrio difícil y que se endurece ante fallos. Porque un error, humano y comprensible en tiempos menos cercanos, se convierte en una causa de retrasos y de presiones.

Y si el traductor se complace con una solución fértil, al redactor podría parecerle poco adecuada a la línea, al target, al público.

El redactor quizá no sabe las horas invertidas en exprimir el cerebro que hay detrás de un término, el mailing list de los colegas de oficio, las vigilias nocturnas, del mismo modo que el traductor no sabe los plazos internos de rondas de borradores ―no de la entrega, ¡se espera!―, los cambios de propietario entre editor y redactor, las prisas para las impresiones y paginaciones. Y, hay que admitirlo, a veces tampoco sabe cómo se envía una propuesta, cómo se ha de hacer valorar por un redactor/editor, cómo se elige una colección y una editorial. Un detalle que acentúa la incomprensión mutua.

Porque, ay, la editorial se ha convertido en un mundo a menudo de marketing y gadget, de tiempos comprimidos y ventas, dentro del cual el redactor y el traductor, en síntesis extrema, son sus víctimas más grandes: mal pagados, explotados, estresados y poco considerados. Quizá con eso bastaría para que se puedan poner de acuerdo y traten de ponerse en la piel del otro.

O quizá, por qué no, bastaría con puestas al día, seminarios, lugares de encuentro, pero también simplemente intercambios fuera del mundo laboral. 

En un mundo utópico, claro está, en que ambas profesiones fueran reconocidas como es debido. 

Y en el que la cultura, con todo, desarrollara un papel prestigioso, de encuentro y de diálogo.

[Traducido de la versión catalana del artículo.]
Traducido por Francesca Cerdà
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