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Viva imagen...

por Nina Avrova Raaben
En Rusia no se conocían los iconos de la Edad Media; se creía que no se habían conservado. La sorpresa llegó cuando al principio del siglo XX se descubrió que las obras originales estaban escondidas bajo las capas de pintura de los siglos posteriores.
La culpa la tenía el aceite secante con el que tapaban las imágenes para darles brillo; con el tiempo, esta capa se oscurecía. Entonces los pintores de épocas posteriores repintaban el icono por encima, lo «renovaban». Así se iban acumulando sobre la madera capas de pintura que reflejaban los gustos y modos de hacer de su tiempo. A veces la misma tabla contenía más de una obra maestra y algunas de estas pinturas desaparecieron porque los restauradores, llevados por el entusiasmo de nuevos descubrimientos, querían dejar visible el original. Más adelante se intentó llegar a un compromiso cuando los expertos se encontraban varias capas que les parecían igual de valiosas que la primera. Es por eso por lo que a veces en los museos podemos ver una imagen que combina, por ejemplo, una parte del siglo XIV y la otra del XVII. 

Podríamos comparar las obras literarias originales con los primeros iconos y las traducciones con las capas de pintura posteriores. Reproducen el «qué», pero varían el «cómo». Afortunadamente las traducciones no hacen desaparecer el original; pueden darse simultáneas en varios idiomas o en el mismo idioma, pero llevadas a cabo en épocas diferentes de acuerdo con los criterios y gustos de cada tiempo.

A partir de este símil podemos llegar a dos reflexiones. Por un lado, gracias a las traducciones realizadas en diferentes épocas en la misma lengua, podemos observar la evolución del idioma de llegada y de los gustos del país receptor. En Rusia, algunos clásicos como Alicia en el país de las maravillas acumulan decenas de traducciones. Desafortunadamente, no hay demasiadas publicaciones que den al lector la posibilidad de ver este proceso. Un buen ejemplo de libro de este tipo es Испанская поэзия в русских переводах 1792-1976 (‘Poesía española traducida al ruso entre 1792 y 1976’). En este volumen podemos encontrar hasta cuatro traducciones del mismo poema, que nos demuestran que los originales son eternos, pero que las traducciones deben renovarse porque el mundo no se detiene nunca.

Mis profesores del curso de traducción literaria de la Universidad Lomonósov de Moscú consideraban que cada cincuenta años debía hacerse una nueva traducción de las obras clásicas. Una de estas profesoras era Rita Rait-Kovaliova, que había traducido al ruso obras de J. D. Salinger y de Kurt Vonnegut. Pronto se cumplirán cincuenta años desde la primera edición de su traducción de El guardián en el centeno, y el lector ruso, además de su traducción, considerada «clásica», puede leer dos más. Estas nuevas versiones tuvieron críticos, pero también lectores, y seguramente a Rita Rait-Kovaliova le haría ilusión verlas. El mundo ha cambiado, han caído muchos muros y muchas prohibiciones. El lector ruso conoce mejor los detalles de la vida americana (los traductores no tienen que romperse la cabeza pensando cómo debe traducirse hamburguesa) y tampoco se escandaliza viendo tacos en la página impresa. Estas traducciones reflejan el nuevo estado del idioma ruso ―nos guste o no―, y son nuevos puentes que sirven para que Holden Caulfield pueda llegar a las nuevas generaciones de adolescentes incomprendidos.

Muchas veces vemos que las editoriales eligen reeditar las traducciones antiguas por un criterio puramente económico y, creo que hay que agradecer cuando se mojan y encargan una traducción nueva. De ningún modo la nueva elimina las anteriores, pero les aporta una nueva visión, una nueva lectura desde una posición diferente y expresa «el qué» del original con nuevos recursos de lenguaje. 

Por otra parte, la historia de los iconos medievales repintados nos puede llevar a pensar en las traducciones que no se hacen directamente desde el original, sino desde otra traducción. La traducción literaria no es un ejercicio mecánico; debe implicar una lectura en profundidad de la obra y la reflexión posterior. Esta lectura siempre resulta personal, y las decisiones concretas que toma un traductor son sus propuestas. Sin hablar de posibles errores (todos somos humanos) siempre hay pérdidas y hallazgos, soluciones válidas para un contexto cultural pero intransferibles a los otros, decisiones tomadas de acuerdo con los gustos literarios de una época determinada. En el caso de las traducciones hechas a partir de otras traducciones, cada vez nos alejamos más del original, como en el caso de los iconos «renovados». Es por eso por lo que, hoy en día, cuando hay más gente que nunca que estudia idiomas, se debería buscar y formar traductores de diferentes lenguas para que los lectores puedan disfrutar de las traducciones directas. ¿Y es aquí donde debemos preguntar qué conocimientos son obligatorios para un traductor? Es obvio que debe dominar a la perfección la lengua de llegada, porque es en esta lengua en la que tendrá a sus lectores. En este punto se ha insistido mucho últimamente, en detrimento de la insistencia en los conocimientos de la lengua del original y de todo el contexto cultural en que se crearon o bien se crean las obras literarias.
  
Hace unos cuantos años, cuando se presentaba la traducción de un best seller, vi en las noticias la entrevista con el traductor, que dijo dos cosas que me impactaron: por un lado, reconocía públicamente que no sabía el idioma del original; y, por otro, decía que no hizo una lectura previa antes de comenzar el trabajo. No sé hasta qué punto en este caso la traducción reflejaba el original, pero dudo mucho que sea un camino a seguir.

Aunque decimos que el conocimiento del idioma del original resulta imprescindible, a esta regla puede haber excepciones. Pasan a menudo en las traducciones de poesía y del teatro en verso, siempre que el autor de la traducción cuente con el apoyo de un conocedor de la lengua del original que le pueda proporcionar la versión literal correcta y completa, y describir con exactitud las características formales de la obra. Eso se da sobre todo en la poesía y en el teatro en verso. Así se crearon las traducciones de poemas de Federico García Lorca al ruso, de Marina Tsvétayeva, o las traducciones de la poesía de Miquel Desclot también al ruso, realizadas con la ayuda de Helena Vidal.

En el caso de la prosa, describir características formales de la obra resulta mucho más difícil; son más sutiles. La longitud de las frases, el ritmo, el uso (o abuso) de las oraciones subordinadas ―todo esto forma parte de la obra y el traductor debe saber valorar todos esos detalles antes de ponerse a escribir. Los textos en prosa suelen ser largos y presentan más dificultades diseminadas por toda la obra. Aparecen las alusiones a otras obras literarias ―así en la antiutopía de Zamiatin Nosotros, de repente suena una frase chejoviana, «La ciencia crece y ―si no ahora, pues dentro de cincuenta o cien años...», que un lector atento capta enseguida. Hay autores que suelen crear un juego con los conocimientos literarios del lector (podríamos tomar como ejemplo las obras de Boris Akunin, que están plagados).El traductor debe percibir tantos detalles de este tipo como pueda para decidir si traducirlos o evitarlos en lugares concretos, o para compensar más adelante al lector con un juego que le deje percibir la riqueza del texto. Un acierto da mucha satisfacción, cuando tienes la oportunidad de comprobar que el juego que tú has propuesto en otro idioma «funciona». Pero si un traductor del otro idioma hiciera su traducción a partir de tu texto, muy posiblemente tu maravilloso hallazgo no haría más que molestarlo y alejarlo del original.Estas reflexiones me llevan a defender la obligatoriedad de que los traductores del siglo XXI conozcan dos lenguas y dos culturas y la necesidad de volver a hacer de vez en cuando las traducciones de nuevo.
Traducido por Francesca Cerdà
Nina Avrova
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L’oncle Vània - Anton P. Txèkhov
Tres germanes - Anton P. Txèkhov
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