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La traducción del catalán al castellano: una tradición aleatoria

por Montserrat Bacardí
La historia de los intercambios traslativos entre estas dos lenguas tan próximas marcha en paralelo a las vicisitudes políticas, económicas, sociales, culturales… que han vivido. No es una relación continua, ni a menudo muy fluida y, por supuesto, tampoco es recíproca: si tuviésemos que cuantificar las traducciones que, a lo largo de los siglos, se han llevado a cabo del castellano al catalán en comparación con las que se han hecho del catalán al castellano, seguramente nos quedaríamos cortos si lo dejásemos, en números redondos, en una proporción de una a diez.
Al castellano se ha trasladado, a veces con un retraso enorme, cualquier tipo de texto literario que presentase algún tipo de interés, capital o azaroso, preeminente o anecdótico. Al revés, no cuesta mucho rastrear las versiones, los traductores, las editoriales, las fechas de publicación… y, sobre todo, resulta demasiado fácil ver los “motivos”: los móviles, la génesis, las circunstancias. Todo, muy concreto y eventual. La historia de la traducción del castellano al catalán es la suma de un puñado de iniciativas dispersas, que, además, a menudo ha tenido a favor los vientos de la oportunidad. No existe, pues, en sentido riguroso, ningún tipo de tradición.

 ¿Y del catalán al castellano?¿Se puede hablar de la existencia de una tradición, de una serie de versiones que, en las diversas épocas, han divulgado los autores y los títulos más relevantes de cada momento? ¿Han tenido eco suficiente en las letras castellanas? De qué escritores, de qué obras, quién se ha careado con ellas, cuando, por qué… son algunas de las muchas preguntas que surgen enseguida y que aquí sólo podremos tratar de un modo muy superficial, presentando más datos que conclusiones.


Las grandes obras de la literatura medieval catalana no despertaron demasiado interés entre los hombres de letras, los posibles traductores castellanos contemporáneos, como tampoco sucedió al revés, entre otros motivos por uno muy simple: la minoría culta que leía en una lengua normalmente lo hacía también en la otra, del mismo modo que no le costaba entenderse – por escrito o de palabra – con un lisboeta o un genovés. Justo es decir que en el plano de la oralidad pasaba más o menos lo mismo: san Vicent Ferrer, entre los siglos XIV y XV, predicaba en catalán tanto en su Valencia natal como en Zaragoza o Burdeos, y lo entendían en todas partes, al menos lo suficiente para congregar a multitudes deseosas de lecciones edificantes. En este estado de cosas influía un rasgo de predisposición psicológica que, por desgracia, se perdió más tarde. El hombre medieval del Mediterráneo y de los territorios cercanos –el hombre, en suma, de la Romania– se consideraba miembro de una comunidad de hablantes de lenguas vulgares hermanas y muy similares, hijas del latín. El nacimiento de los estados-nación en el paso de los siglos XV-XVI, y su progresiva consolidación en el siglo XVI, debilitó este vasto sentimiento de pertinencia y creó otros más reducidos: a partir de ahora los mercaderes de Marsella y los de Nápoles ya no podrían entenderse con la naturalidad con la que lo hacían sus abuelos. Recordemos, por otro lado, que las obras circulaban por medio de manuscritos escasos (la imprenta no apareció hasta el siglo XV) y que a veces hasta después de la muerte del autor no se tenía noticia de la existencia de los originales.


Así, la primera traducción conocida de un libro de Ramon Llull, el Arbre de la ciència (Árbol de la ciencia), data de 1663 (hacía tres siglos y medio que el autor había muerto), y no es hasta casi un siglo más tarde que ven la luz, todas en Palma, la de Blanquerna(1749), la del Llibre d’Amic e Amat (Libro del amigo y el amado) (1749) y la del Fèlixo Llibre de meravelles (Libro de maravillas) (1750). De las grandes crónicas medievales, la primera que mereció una versión castellana fue la de Bernat Desclot, en 1616, y, dos siglos más tarde, el Llibre dels fets (Libro de los hechos) de Jaime I (1848) y la de Ramon Muntaner (1860), ambas traducidas por Antoni de Bofarull, uno de los intelectuales que destacó en la lenta recuperación del catalán literario. Tres traducciones distintas nos han llegado del Llibre dels àngels (Libro de los ángeles)  de Francesc Eiximenis: dos anónimas, de 1516 y de 1641, y la tercera, de 1865, de Francesc Pelai Briz, otro de los forjadores de la Renaixença. En cambio, de Lo somni (El sueño) de Bernat Metge conocemos tan sólo dos traducciones, muy recientes, que debemos a Martí de Riquer (1985) y a Alfredo Darnell Gascou (1987). Asimismo, L’espill (El espejo) de Jaume Roig no se tradujo, completo, hasta 1950, por Ramon Miquel i Planas, como tampoco lo fue la poesía de Jordi de Sant Jordi hasta 1955, de nuevo en versión de Martí de Riquer. Por el contrario, Ausiàs March, el escritor medieval más traducido al castellano –y, seguramente, el más imitado– mereció dos versiones diferentes ya en el siglo XVI, la primera de Baltasar de Romaní (1539) (abordada por encargo de Fernando de Aragón, el duque de Calabria) y la segunda del poeta portugués en lengua castellana Jorge de Montemayor (1560), que se reimprimieron varias veces hasta 1579. Después transcurrieron casi dos siglos hasta que volvieron a publicarse, en 1864, en Barcelona, por parte de Francesc Pelai Briz. Desde entonces Marc ha tentado aún a seis traductores más: Martí de Riquer (1941), Jesús Massip (1959), Juan Antonio Icardo (1973), Pere Gimferrer (1978), Rafael Farreres (1979) y Juan Ramón Masoliver (1985). Del Curial e Güelfa poseemos dos versiones modernas (la novela fue editada por Rubió i Lluch en 1901): de Rafael Marquina (1920) y de Pere Gimferrer (1982). Tirant lo Blanc (Tirante el Blanco) tuvo más fortuna. La primera versión, anónima, es antigua, muy temprana, de 1511 (el original apareció en 1490), y hay otra reciente, de 1969, de Joan Francesc Vidal Jové.


Las oscilaciones de las versiones de Ausiàs Marc resultan paradigmáticas de la evolución general de las traducciones del catalán al castellano. Cuando mengua el cultivo literario del catalán y, sobre todo, la lengua pierde prestigio, también menguan las traducciones. De hecho, prácticamente se interrumpen, fuera de algunas iniciativas aisladas, desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando los primeros renacentistas se dan cuenta de que pueden convertirse en un arma de divulgación poderosa para el enderezamiento de la lengua y de la literatura catalana.


De la producción literaria de los siglos XVI, XVII y XVIII, en gran parte redescubierta y divulgada estos últimos lustros, tenemos noticia de dos traducciones. Magí Pers i Ramona en 1862 dio a conocer en castellano la pieza teatral de Francesc Fontanella Amor, firmesa i porfia (Amor, firmeza y porfía). En 1860 Carlos Borromeo tradujo una selección de poemas de Francesc Vicent Garcia convoyada –parece que era inevitable– de “anécdotas y cuentos que se atribuyen a Vicente García, rector de Vallfogona”.


En 1842 Pers i Ramona editó el poema anónimo Lo temple de la glòria (El templo de la gloria)acompañado de una traducción castellana, y cuatro años después, cuando sólo hacía cinco que había aparecido, una versión de Lo gaiter del Llobregat (El gaitero del Llobregat) de Joaquim Rubió i Ors –manifiesto, tal vez involuntario, a favor de la importancia literaria de Cataluña. El mismo año Francesc Pelai Briz se tradujo a si mismo el poema popular La masia dels amors (La masía de los amores), como también hizo Víctor Balaguer con el drama de éxito Los Pirineus (Los Pirineos) (1892) y Lo romiatge de l’ànima (La romería de mi alma) (1897). Años atrás, en 1878, Núñez de Arce y Ruíz de Aguilera, entre otros, ya habían traducido sus reputadas Tragèdies (Tragedias).
Al final del siglo XIX, la irrupción de tres escritores –Narcís Oller, Àngel Guimerà y Jacint Verdaguer– de un talento considerable –o excepcional, en el caso de Verdaguer– y, a la vez, popularísimos invirtió esta tendencia más o menos azarosa. En las postrimerías del siglo empezaron a despertar la curiosidad de los escritores castellanos, se relacionaron con ellos y de esa relación surgieron unos vínculos fecundos en cuanto a las versiones de sus obras. De Narcís Oller conocemos ocho, la mayoría contemporáneas (menos la de su obra más extensa y ambiciosa, La febre d’or (La fiebre del oro), aparecida en 1986), y, de Pilar Prim, dos: de Fernando Weyler (1916) y de Carlos Povo (1951). De Àngel Guimerà, dieciocho, algunas reimpresas más de una vez desde 1890 hasta 1924, el año de su fallecimiento. La de Terra baixa (Tierra baja) de José Echegaray (que también abordó La filla del mar (La hija del mar) y Maria Rosa), aparecida en 1986 –algunos meses antes que el original–, llegaba en 1948 a la treintena edición; y se carearon con ella, además, Nogueras Oller, en 1909, que hizo una versión novelada, y Francisco Madrid, en 1943. La eclosión de Jacint Verdaguer se avanzó un poco a la de sus coetáneos, a raíz de la traducción de Melcior de Palau, en 1878, de un largo poema que, un año antes, había obtenido los honores de los Juegos Florales: L’Atlàntida. Seis versiones más hemos descubierto de esta obra, la más traducida de todos los tiempos, desde el mismo 1878, en que vio la luz otra, hasta 1967. Del conjunto del corpus verdagueriano hemos encontrado treinta y tres traducciones distintas y, de un buen número de obras, más de una versión: cuatro de la famosa oda A Barcelona, tres de Idil·lis i cants místics (Idilios y cantos místicos) y de Canigó, dos de Lo somni de Sant Joan (El sueño de San Juan), de San Francesc (San Francisco) y de Dietari d’un pelegrí a Terra Santa (Dietario de un pelegrino en Tierra Santa). Verdaguer es uno de los pocos escritores catalanes –con Rusiñol, Pla y Espriu– que ha merecido una colección de obras completas –más o menos completas– trasladadas al castellano: “Colección de obras de Mosén Jacinto Verdaguer, con sus versiones castellanas”, con el texto bilingüe, publicada en la primera década del siglo XX.


Pasada la admiración por estas tres grandes figuras de la Renaixença, se inicia una nueva época, que se alarga hasta bien entrada la posguerra, de contactos esporádicos entre las dos literaturas. Viven, de hecho, bastante de espaldas en lo referente a la producción contemporánea, con algunas excepciones. Como la de Santiago Rusiñol, del que conocemos once obras traducidas, la mayoría aparecidas en las dos primeras décadas del siglo; y de Fulls de la vida (Hojas de la vida), dos versiones en sólo once años (1904 y 1915). Asimismo, hay que destacar siete traducciones de la obra de Víctor Català, casi todas coetáneas a la publicación del original. Además, Solitud (Soledad) ha sido traducida dos veces: en 1907 por Francisco Javier García y en 1986 por Basilio Losada. Pero, por ejemplo, de Joan Maragall, prototipo del intelectual comprometido con la fraternidad de los pueblos hispánicos, sólo hemos podido encontrar cuatro traducciones (como libros, se entiende, otra cosa son las antologías), y todas muy recientes: tres de los reivindicativos años sesenta y el Elogi de la paraula (Elogio de la palabra) de 1986. Otros valiosos literatos modernistas y novecentistas  –o neonovecentistas–  apenas se tradujeron. Son una pequeña excepción de ello Les ales d’Ernestina (Las alas de Ernestina) de Prudenci Bertrana (1910), Per la vida (Por la vida) de Pous i Pagès (1911), Servitud de Puig i Ferreter (s.a.) y Jacobé  de Joaquim Ruyra (en una versión de Josep Carner, de 1909). Carner, Gaziel, Adrià Gual, Miquel Llor, Carles Soldevila o Francesc Trabal no  se pudieron leer en castellano antes de la guerra. Sí, en cambio, Eugeni d’Ors, que despertó, como en Cataluña, fervores y recelos en los cenáculos de las letras castellanas, y de quien Enrique Díez Canedo muy pronto tradujo una selección de prosas, en 1905, mientras que Rafael Marquina se encargó de La ben plantada (La bien plantada) (en 1911, el mismo año en el que aparecieron los artículos en La Veu de Catalunya) y La vall de Josafat (El valle de Josafat) (1921). Además hemos descubierto nueve versiones más, contando las más recientes, algunas de las cuales son obra del mismo Eugeni d’Ors.


Carles Riba, J.V. Foix, Josep M. de Sagarra o Josep Pla prácticamente empezaron a ser traducidos en la posguerra, en los años cincuenta. Riba, en esta década, vio trasladadas las Elegies de Bierville (Elegías de Bierville), Salvatge cor (Corazón salvaje) y una colección de su Obra poética por parte de Alfonso Costafreda, Paulina Crusat y Rafael Santos Torroella. Las Elegías fueron reescritas otra vez por Ramón Gallart en 1982, y en 1987 José Agustín Goytosolo tradujo Del joc i del foc (Sobre el juego y el fuego). De los años sesenta datan las primeras traducciones de Foix: una antología de Enrique Badosa (1963), reimpresa y ampliada varias veces. Jaime Ferrán publicó otra en 1987. En esta década, la de los ochenta, salieron a la luz nuevas versiones de algunos de sus libros, de Juan Ramon Masoliver y de José Agustín Goytosolo; la última, la de Sol, i de dol (Solo y dolido) de Manuel Longares (1993). La prosa de Sagarra ha tenido más fortuna en lengua castellana que su teatro o su poesía. En 1929 la aparición de All i salobre (Ajo y salobre) provocó un auténtico alboroto en el mundo literario catalán, y al año siguiente salió impresa la traducción de Rafael Marquina. Posteriormente, ya bajo la dictadura franquista, la de La ruta blava (El camino azul) (1942), Els ocells amics (Los pájaros amigos) (1953), las Memòries (1957) y Vida privada (1966), esta última por dos intérpretes de lujo: José Agustín Goytosolo y Manuel Vázquez Montalbán. En cuanto al teatro, sólo tenemos noticia de una adaptación de José María Pernán de La ferida lluminosa (La herida luminosa) (1964); y, en cuanto a la poesía, de una compilación de C. Martí Farrerras (1973). El número de traducciones de Josep Pla ha aumentado mucho estas últimas décadas ya que en 1988 empezó a editarse la “Biblioteca Josep Pla” de versiones castellanas. De Vida de Manolo contada per ell mateix (Vida de Manolo contada por él mismo), ya había salido una en 1930 de Juan Chabás, y nos consta otra del mismo Josep Pla (1946) y una del poeta Joan Vinyoli (1989). La primera de la posguerra, no de él mismo, fue la de Néstor Luján de El carrer estret (La calle estrecha) (1952). En los años cincuenta aparecieron tres más, una tan sólo en los años sesenta, tres más en los setenta, diez en la década de los ochenta e incontables reediciones a lo largo de la de los noventa –muchas alrededor de 1997, al coincidir con el centenario del nacimiento.


Llorenç Villalonga, nacido el mismo año que Pla, pero de obra más tardía, tampoco empezó a ser conocido en castellano regularmente hasta los años ochenta, a raíz de la publicación de la obra catalana, si bien algunos títulos, como el mítico Bearn, antes habían sido redactados en castellano. Un caso similar es el de Sebastià Juan Arbó, autotraducido a menudo, pero en fechas más tempranas, en los años cuarenta y cincuenta, y con frecuencia bajo los auspicios de la casa editora de su amigo Josep Janés. Xavier Benguerel también se tradujo más de una vez a si mismo, sobre todo en la década de los setenta, en la que alcanzó, con su versión de Icària, Icària (Premio Planeta 1974), unas cifras de ventas remarcables (veintisiete ediciones en 1988).  Aloma, de Mercè Rodoreda, ha sido objeto de dos traducciones (1971, 1982).


En cuanto a la poesía de esta generación “sacrificada”, según la designación de Joan Fuster, vale la pena considerar los casos de Agustí Bartra y Salvador Espriu. Bartra casi siempre fue intérprete de su propia obra (en nueve de las diez traducciones que conocemos) y gran parte la publicó en México, donde se exilió y permaneció treinta años. De Espriu hemos localizado veintidós versiones diferentes, aparte de los cuatro volúmenes de prosa completa, en edición bilingüe (1985), y de los tres de poesía (tenían que ser cinco) (1980-1981). Ariadna al laberint grotesc (Ariadna en el laberinto grotesco) ha merecido dos trasposiciones, muy próximas la una a la otra (1986 y 1987), como también el gran poema de la guerra civil española La pell de brau (La piel de toro) (1964 y 1968), leído a menudo en clave antifranquista.


Hacia el final de los sesenta se abrió un resquicio valioso para las traducciones del catalán al castellano: la editorial Polígrafa inició una colección destinada sólo a este tipo de obras, “La Senda”. Dos más vieron la luz en los años ochenta: “Biblioteca de Cultura Catalana”, coeditada por Alianza Editorial y Enciclòpedia Catalana, y “Marca Hispánica”, bajo las Edicions del Mall. Justo es decir que ninguna de las tres sobrepasó la veintena de títulos, pero sirvieron de tribuna para la difusión de una literatura ceñida hasta entonces, después de treinta años de dictadura, a círculos restringidos.


Lo corrobora, en parte, la eclosión que se produjo en la década de los ochenta y gran parte de los noventa. Además de los casos aludidos, desde entonces el público de habla castellana ha tenido acceso a una parte considerable de la obra de Pere Calders, Avel·lí Artís-Gener, Joan Perucho, Jordi Sarsanedas, Joan Brossa, Miquel Àngel Riera, Baltasar Porcel, Terenci Moix, Robert Saladrigas, Montserrat Roig, Jesús Moncada, Carme Riera, Jaume Cabré, Josep M. Benet i Jornet, Quim Monzó, Miquel de Palol, Sergi Pàmies, Imma Monsó o Sergi Belbel. Por otra parte, la llamada literatura de género ha gozado de una aceptación ventajosa y ha sido bastante traducida la novela negra (Manuel de Pedrolo, Jaume Fuster, Ferran Torrent…) y la novela erótica (Ofèlia Dracs, Josep Bras, Maria Jaén…). Igualmente, resultan casi incontables las traducciones de libros infantiles y juveniles: algunos autores, como Josep Albanell o Mercè Company, entre muchos otros, han sido traslados al castellano sistemáticamente.


Fuera de algunos casos concretos, no disponemos de demasiada información –ni estudios de ningún tipo– sobre la tirada y la difusión de las traducciones, sobre la repercusión que han tenido entre el público castellano o sobre si han ejercido el papel de “puente” para las versiones a otras lenguas que les correspondería. Por el contrario, muchos de los traductores, sobre todo los más alejados en el tiempo, han sobresalido en algún campo de las letras, aunque tampoco ha sido lo suficientemente examinada su aportación en este ámbito. En cualquier caso, estamos frente a un material ingente que reclama investigaciones de muchos tipos. Aquí apenas hemos podido presentar una sinopsis deshilachada. 

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Isabel Banal: Llapis trobats, sèrie iniciada el 1999.

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